Capítulo XXVIII
XXVIII
En cuanto sonó el teléfono supo de quién se trataba, pues era
aquélla una línea directa que únicamente el Presidente utilizaba.
—¿Sí, señor?
—El general Al Humaid, Alí... —La voz luchaba por mantener
la calma, pero se la advertía claramente alterada— acaba de llamarme
rogándome, “respetuosamente”, que convoque elecciones a la
mayor brevedad para evitar derramamiento de sangre.
—¡Al Humaid! —Alí Madani comprobó que su voz se alteraba
igualmente, y que igualmente trataba, sin éxito, de fingir una calma
que no sentía—. Pero si Al Humaid se lo debe todo a usted... Era
un oscuro comandante que jamás...
—¡Lo sé, Alí, lo sé...! —le interrumpió la voz impaciente—.
Pero ahora está ahí, de gobernador militar de una plaza clave y con
nuestra mayor fuerza de tanques a sus órdenes...
—¡Destitúyalo!
—Eso precipitaría las cosas... Si él se alza, la provincia le sigue.
Y una provincia en rebeldía es todo lo que necesitan los franceses
para apresurarse a reconocer a un “Gobierno Provisional”. Esos
cabileños de las montañas nunca nos han querido, Alí. Tú lo sabes
mejor que yo.
—¡Pero no puede aceptar sus imposiciones...! —le hizo notar—.
El país no está preparado para unas elecciones...
—Lo sé... —fue la respuesta—. Por eso te he llamado... ¿Qué
hay de Abdul?
—Creo que lo hemos localizado... Lo tienen en un pequeño chateau
en el bosque de Saint-Germain, en la zona de Maison-Laffitte...
—Conozco el lugar. Una vez estuvimos tres días escondidos en
ese bosque, preparando un atentado. ¿Cuál es tu plan?
—El coronel Turki salió anoche para París, vía Ginebra. A estas
horas debe estar poniéndose en contacto con su gente. Espero su
llamada de un momento a otro.
—Que actúe cuanto antes.
—No quiero que lo haga hasta que esté completamente seguro
del resultado —fue la respuesta—. Si fallamos, los franceses no nos
darán una segunda oportunidad.
—De acuerdo... Tenme al corriente.
Colgó. El ministro del Interior Alí Madani lo hizo a su vez, y
permaneció un largo rato quieto en su sillón, ensimismado, meditando
en lo que podía ocurrir si el coronel Turki no alcanzaba el
éxito en su intentona y Abdul-el-Kebir continuaba soliviantando a
la nación. El general Al Humaid era el primero, pero, conociéndolo
como lo conocía, dudaba que hubiera tenido el valor de tomar la
iniciativa y dirigirse al Presidente si no abrigaba el convencimiento
de que otras guarniciones se le unirían de inmediato. Repasando
nombres, calculaba que al menos siete provincias, lo que significaba
una tercera parte de las Fuerzas Armadas, se inclinarían desde el
primer momento del lado de Abdul-el-Kebir. De ahí, a la guerra
civil declarada, no había más que un paso, en especial, si los franceses
se empeñaban en que esa guerra civil estallase. Aún no les
habían perdonado la humillación de veinte años antes, y aún soñaban
con volver a poner las manos sobre unas riquezas que durante
un siglo consideraron propias.
Encendió uno de sus hermosos cigarrillos turcos bellamente
emboquillados, se puso en pie, y se aproximó a la ventana desde
donde contempló el mar tranquilo, la playa vacía en aquella época
del año y el ancho paseo marítimo, preguntándose si habría llegado
el momento de abandonar definitivamente aquel despacho que
tanto amaba.
Había recorrido un largo camino para llegar hasta él; un camino
que pasaba por el encarcelamiento de un hombre al que, en el
fondo, admiraba, y el total sometimiento a otro al que, también en
el fondo, despreciaba. Difícil camino, en verdad, pero que había
dado como fruto que la mayor fuerza y poder del país se concentrara
a la larga en sus manos, y nadie —nadie exceptuando quizás a
aquel maldito targuí— fuera capaz de dar un solo paso sin que él
lo consintiera.
Pero ahora advertía que ese poder comenzaba a desmoronarse
y se le escurría entre los dedos como barro reseco por el sol que se
desmigaja en polvo, y cuanto más apretaba el puño en su afán por
conservarlo, más rápidamente se deshacía. Se negaba a aceptar que
el monolítico estado que habían levantado con tanto sudor y tanta
sangre ajena, hubiera resultado en definitiva tan frágil, y que el simple
eco de un nombre: Abdul-el-Kebir, bastara para resquebrajarlo
hasta sus cimientos, pero los acontecimientos se empeñaban en
demostrarle que era cierto y tal vez había llegado la hora de enfrentarse
a la verdad y aceptar la derrota.
Regresó a la mesa, levantó el teléfono y marcó el número de su
casa aguardando a que el criado avisase a su esposa, y cuando ésta se
puso al aparato, su voz sonó extrañamente ronca, casi avergonzada:
—Prepara las maletas, querida —pidió—. Quiero que te vayas
unos días a Túnez con los niños... Te avisaré cuándo debes volver.
—¿Tan mal están las cosas...?
—Aún no lo sé —admitió—. Todo depende de lo que Turki
consiga en París.
Colgó y meditó largamente con la vista fija en el gran retrato del
Presidente que dominaba la pared del fondo. Si Turki fracasaba o
decidía pasarse al enemigo, podía darse todo por perdido.
Siempre había tenido una fe absoluta en su eficacia y fidelidad,
pero le asaltaba la angustia de si tal fe en el coronel estaba, en verdad,
plenamente justificada.
Capítulo XXIX
XXIX
Pasó la mayor parte del día recorriendo una y otra vez el camino
entre el Palacio Presidencial y la casba, pues a esta última ya
había logrado acostumbrarse, y se sentía capaz de ir y venir de ella
a su refugio sin desorientarse, pero no conseguía habituarse a las
calles de la ciudad moderna, rectas e idénticas entre sí, calles que
tan sólo se diferenciaban por los comercios o por unos letreros que
no se sentía capaz de interpretar.
Adquirió más tarde en un mercadillo abundante cantidad de
dátiles, higos y almendras, pues ignoraba el tiempo que tendría que
mantenerse oculto en lo alto de la palmera, y consiguió también
una ancha cantimplora que llenó a rebosar en la fuente más próxima.
Por último, regresó a la iglesia en ruinas, comprobó una vez
más el estado de sus armas, y aguardó paciente, recostado contra la
pared, procurando no pensar más que en el camino que tenía que
recorrer para llegar a Palacio.
No había nadie en la casba en tinieblas cuando la atravesó en
silencio, espantando a los gatos, y un reloj desgranó lentamente tres
sonoras campanadas cuando desembocó en la primera de las calles
asfaltadas. Alzó el rostro hacia la esfera luminosa que le observó
como el gran ojo de un cíclope, y la negrura de la noche no le permitió
distinguir siquiera los contornos de la torre, por lo que la
esfera se le antojó una gran luna llena flotando apenas sobre el
horizonte.
Las avenidas aparecían solitarias, sin la presencia de autobuses
trasnochadores ni camiones de basura, y le inquietó la calma, anormal,
pese a lo avanzado de la hora.
Luego, esa calma se rompió súbitamente por la aparición de un
negro automóvil de la Policía que cruzó a lo lejos haciendo girar en
lo alto una luz intermitente, y en la distancia, calculó que por el lado
de la playa, aulló una sirena.
Apresuró el paso, cada vez más inquieto, pero tuvo que aplastarse
contra el quicio de un portal cuando un nuevo automóvil
negro surgió a unos doscientos metros de distancia, se detuvo al
borde de la acera y apagó las luces.
Aguardó paciente, pero se diría que sus ocupantes habían decidido
escoger aquel punto, la estratégica confluencia de dos calles,
para montar guardia tal vez toda la noche, y tras meditarlo unos
minutos, optó por introducirse por la más próxima de las bocacalles,
buscando rodear el obstáculo y salir más tarde a sus espaldas.
Pronto comprendió, sin embargo, que al verse obligado a abandonar
el camino que con tanto esfuerzo había memorizado, se
encontraba perdido. Todas las calles se le antojaban idénticas, y, en
la semipenumbra de tristes farolas también idénticas entre sí, no
descubrió rastro alguno de cada uno de aquellos minúsculos detalles
en los que se había ido fijando durante el día.
Comenzó a angustiarse, porque cuanto más avanzaba, más perdido
se sentía, y no había allí viento que le sirviese para encararse a
él, ni estrellas que pudieran marcarle el rumbo.
Un coche policial cruzó atronando la noche con su sirena, y se
arrojó bajo un banco, para tomar luego asiento en él y concentrarse
en un vano intento de ordenar sus pensamientos y ser capaz de discernir
hacia qué lado de aquella ciudad gigantesca, pestilente y
monstruosa, se encontraba el Palacio Presidencial, y hacia qué lado
la casba y los lugares que le resultaban hasta cierto punto familiares.
Por último, comprendió que había perdido la partida, y resultaba
más prudente emprender el regreso e intentarlo de nuevo al día
siguiente.
Volvió sobre sus pasos, pero tan complejo era el problema a la
ida como a la vuelta, y continuó perdido largo rato, hasta que llegó
hasta sus oídos el retumbar del mar, alcanzó el ancho paseo marítimo,
y desembocó, al fin, frente al conocido Ministerio del
Interior.
***
Respiró tranquilo. Desde allí sabía llegar a su escondite, pero
cuando apresuró el paso y estaba a punto de penetrar en la sinuosa
callejuela que ascendía hacia el barrio indígena, los faros de un
coche aparcado junto a la acera se encendieron, deslumbrándole, y
una voz autoritaria gritó:
—¡Eh, tú...! ¡Ven aquí!
Su primer impulso fue salir corriendo, calle arriba, pero se contuvo
y se aproximó a la ventanilla delantera buscando escapar al haz
de luz que le hería en los ojos.
Tres hombres de uniforme le observaron, severos, desde la
penumbra interior.
—¿Qué haces en la calle a estas horas? —inquirió el que le había
llamado, y que se sentaba junto al conductor—. ¿No te has enterado
de que hay toque de queda?
—¿Toque de qué...? —repitió estúpidamente.
—Toque de queda, idiota. Lo han dicho por la Radio y la
Televisión. ¿De dónde diablos sales?
Gacel señaló vagamente a sus espaldas.
—Del puerto...
—¿Y adónde vas?
Hizo un gesto con la barbilla hacia la calleja.
—A casa...
—Está bien... A ver: la documentación.
—No tengo.
El individuo que se sentaba en el asiento trasero abrió la puerta
y salió al exterior llevando en la mano, al parecer sin ánimo de
utilizarla, una corta metralleta, y se aproximó al targuí con paso
lento y aire displicente.
—Vamos a ver... ¿Cómo es eso de que no tienes documentación?
Todo el mundo tiene documentación.
Era un hombre fuerte, de grandes mostachos y alta estatura,
con aspecto de sentirse seguro de sí mismo, pero de improviso se
dobló en dos soltando un aullido de dolor, a causa del tremendo
culatazo que Gacel le había propinado en la boca del estómago con
la culata de su fusil.
Casi al instante, el targuí lanzó las alfombras sobre el parabrisas
del auto y echó a correr doblando la esquina e internándose en la
calleja.
Segundos después una sirena atronó la noche alarmando al
vecindario, y cuando el fugitivo se encontraba ya a mitad de la calle,
uno de los policías hizo su aparición en la esquina y sin apuntar
siquiera disparó una corta ráfaga.
El impacto de la bala lanzó a Gacel hacia delante, de bruces
contra los anchos escalones de la callejuela, pero se revolvió como
un gato, disparó a su vez, y alcanzó en el pecho al policía tumbándole
de espaldas.
Cargó de nuevo el arma, se protegió en una esquina, y aguardó
respirando fatigosamente aunque no sentía dolor alguno, pese a
que la bala le había atravesado limpiamente, y la pechera de la camisa
comenzaba a teñirse de sangre.
Una cabeza asomó en la esquina, dispararon sin apuntar y las
balas se perdieron en la noche o rebotaron contra los edificios
haciendo saltar los cristales de algunas ventanas.
Comenzó a ascender lentamente protegido por el muro lo que
le faltaba de la escalera, y un solo disparo le bastó para hacer comprender
a sus perseguidores que se enfrentaban a un tirador privilegiado
y no resultaba prudente correr el riesgo de que les volara la
cabeza.
Cuando, pocos segundos después, el targuí desapareció en las
tinieblas y en el dédalo de callejones y recovecos de la casba, los dos
policías que quedaban en pie se consultaron un instante con la
mirada, alzaron al herido depositándolo en el asiento trasero, y se
alejaron en la noche, rumbo a un hospital.
Ambos sabían que se necesitaba un ejército para tratar de localizar
a un fugitivo en el tenebroso e intrincado mundillo del barrio
indígena.
***
La negra Khalhoum había acertado una vez más en sus predicciones,
se iba a morir allí, en un sucio rincón de destruidos restos
de un templo rumi, en el corazón de una ciudad superpoblada, escuchando
el retumbar del mar, lo más lejos que imaginar cupiese de
la abierta soledad de un desierto por cuyas silenciosas llanuras
corría el viento libremente.
Trató de taponar la herida en sus dos limpios agujeros, de entrada
y salida, se vendó fuertemente el pecho con ayuda del largo turbante,
y se arrebujó en la manta, temblando de frío y fiebre, recostándose
contra un rincón para quedar sumido en una inquieta duermevela,
sin más compañía que el dolor, los recuerdos y el gri-gri de
la muerte.
No cabía ya el recurso de convertirse en piedra o intentar que la
sangre se espesase hasta el punto de impedir que continuara empapando
el mugriento turbante y no dependía tampoco de su fuerza
de voluntad o su entereza de espíritu, puesto que su voluntad se
había quebrantado bajo el impulso de una pesada bala, y su espíritu
no era el mismo desde que había perdido toda esperanza de
recuperar a su familia.
“...Ved cómo las luchas y las guerras a nada conducen, porque
los muertos de un bando con los muertos del otro se pagan...”
Siempre las enseñanzas del viejo Suílem; siempre el regreso a la
misma historia, porque la realidad era que podían cambiar los siglos
e incluso los paisajes, pero los hombres continuaban siendo los
mismos, y se convertían al fin en los únicos protagonistas de la
misma tragedia mil veces repetida por más que variase el tiempo o
el espacio.
Una guerra empezó porque un camello aplastó a una oveja de
otra tribu.
Otra guerra semejante empezó porque alguien no respetó una
antigua tradición. Podía tratarse del enfrentamiento de dos familias
de fuerzas equilibradas, o, como en su caso, de un hombre contra
un ejército. El resultado era el mismo: el gri-gri de la muerte se apoderaba
de una nueva víctima y la iba empujando, lentamente, al abismo.
Y allí estaba ahora, al borde de ese abismo, resignado a caer a
él, aunque triste porque quienes descubrieran algún día su cadáver
advertirían que la bala le había entrado por la espalda, cuando él,
Gacel Sayah, siempre había sabido dar la cara al enemigo.
Se preguntó si con sus acciones habría ganado el paraíso prometido,
o, si por el contrario, se vería condenado a vagar eternamente
por las “tierras vacías” y sintió una profunda pena por su
alma que tal vez acabaría por reunirse con las de los componentes
de “La Gran Caravana”.
Soñó luego con ella, y vio a los camellos momificados y a los
esqueletos envueltos en jirones reiniciar la marcha por la silenciosa
llanura, para cruzar más tarde la estación y adentrarse en la ciudad
dormida, y negó con la cabeza, golpeándose contra los muros, porque
tuvo la certeza de que venían a por él y pronto penetrarían en
la gran nave vacía, para acampar allí pacientemente, a la espera de
que se decidiera a acompañarles.
No quería regresar con ellos al desierto; no quería vagar por los
siglos de los siglos a través de la “tierra vacía” de Tikdabra y les
susurró quedamente, porque no tenía fuerzas para gritar, que se
marchasen sin él.
Por último durmió tres largos días.
Al despertar, la manta aparecía empapada en sudor y sangre, pero
ésta había dejado de manar, y el vendaje se había convertido en una
dura costra, pegada a su piel. Trató de moverse, pero el dolor resultó
tan insoportable que tuvo que permanecer durante horas completamente
estático antes de atreverse e iniciar siquiera el gesto de
tocarse la herida. Más tarde consiguió arrastrarse penosamente hasta
la cantimplora, bebió hasta saciarse y se durmió de nuevo.
Cuánto tiempo permaneció entre la vida y la muerte, entre la
lucidez y la inconsciencia o entre el sueño y la realidad, nadie, y él
menos aún, sabría decirlo. Días, tal vez semanas, pero cuando al fin
despertó una mañana y advirtió que respiraba plenamente sin sentir
dolor, y que todo se le aparecía como sabía que en verdad era,
tuvo la impresión de que la mitad de su vida había transcurrido
entre aquellas cuatro paredes, y hacía ya años —o siglos— que
había llegado a la ciudad.
Comió con apetito nueces, dátiles y almendras, y consumió los
últimos restos de agua. Se puso luego en pie, penosamente, y apoyándose
en la pared logró dar unos pasos aunque se mareó y tuvo
que recostarse de nuevo, pero buscó a su alrededor, llamó en voz
alta, y tuvo la seguridad de que el gri-gri de la muerte no dormía ya
junto a su lecho.
“Tal vez la negra Khaltoum se equivocó —se dijo feliz de su descubrimiento—.
Tal vez en sus sueños me vio herido y derrotado,
pero no alcanzó a imaginar que fuera capaz de vencer a la muerte”.
A la noche siguiente logró alcanzar, a medias caminando, y a
medias arrastrándose, la cercana fuente en la que se lavó a duras
penas, y consiguió desprenderse los vendajes que parecían haber
formado un solo cuerpo con su piel.
Cuatro días más tarde, cualquiera que hubiera osado aventurarse
en el interior de la vieja iglesia calcinada, se habría horrorizado
ante la presencia de un alto fantasma esquelético y vacilante, que
arrastraba los pies por la nave vacía venciendo a la fatiga y los
vómitos, empeñado, con una fuerza de voluntad sobrehumana, en
conseguir recuperar el equilibrio y volver a la vida.
Gacel Sayah sabía que cada uno de aquellos pasos le alejaba un
poco más de la muerte, y le acercaba un poco más al desierto que
amaba.
***
Aún dejó pasar otra larga semana recuperando fuerzas, hasta
que no le quedó ya nada que comer, y comprendió que había llegado
el momento de abandonar para siempre su refugio.
Lavó su ropa en la fuente, se lavó él también casi por completo
aprovechando las tinieblas y la soledad del barrio, y a la mañana
siguiente, cuando el sol estaba alto, guardó en su bolsa de cuero el
pesado revólver que había pertenecido al capitán Kaleb el-Fasi y
abandonando con pena su espada, su fusil y sus ya destrozadas gandurahs,
emprendió, despacio, el camino de regreso.
Se detuvo en la casba, donde comió hasta hartarse, bebió un té
hirviente, fuerte y dulce, que hizo circular con fuerza la sangre por
sus venas, y se compró una camisa nueva, de un color azul eléctrico,
que le hizo sentirse feliz por un momento.
Ya reconfortado reanudó la marcha para detenerse brevemente
en la escalinata en que había sido herido, y observar la marca que
dejaran las balas en las viejas paredes.
Desembocó de nuevo en la ancha avenida, le sorprendió el gentío
que se arremolinaba en una y otra acera, y cuando quiso atravesar
la calzada en dirección a la estación, un policía de uniforme se
lo impidió:
—No puedes cruzar —dijo—. Espera.
—¿Por qué?
—Va a pasar el Presidente.
No necesitaba verlo para adivinar que el gri-gri de la muerte le
acompañaba una vez más. De dónde había salido, o dónde se había
ocultado aquel tiempo, no podía saberlo, pero allí estaba, aferrado a
su camisa nueva y riéndose por lo bajo de que, en algún momento
hubiera podido abrigar la estúpida esperanza de ser libre.
Había olvidado al Presidente. Había olvidado su juramento de
matarle si no le devolvía a su familia, pero ahora, cuando el edificio
de la estación aparecía ya ante sus ojos y cien metros le separaban
de él y del regreso a su desierto y su mundo, el destino parecía querer
burlarse de sus buenas intenciones, el gri-gri de la muerte le gastaba
una trágica broma, y el hombre que era el origen y el fin de
todos sus males y desgracias, se cruzaba en su camino.
“¡Insh.Alah...!”
Si era ésa su voluntad y debía cumplir su promesa y matarle, lo
mataría, porque él, Gacel Sayah, por más que fuera noble e imohag
del bendito pueblo del Kel-Talgimus, nada podía hacer contra la
voluntad del cielo.
Si éste había dispuesto que aquel día, a aquella hora, su enemigo
se interpusiera una vez más entre él y la vida que había elegido,
debía ser porque el Altísimo había decidido que ese enemigo debía
ser destruido y era él, Gacel Sayah, el instrumento elegido para aniquilarle.
“¡Insh.Alah...!”
Dos motoristas pasaron haciendo sonar su sirena, y casi al instante,
en la parte alta de la avenida, las gentes comenzaron a gritar
y aplaudir.
Ausente de cuanto no fuera su misión, el targuí introdujo la
mano en el bolso de cuero y buscó la culata de su arma.
Nuevos motoristas, ahora en pelotón, hicieron su aparición en la
curva y diez metros más atrás avanzó, muy despacio, un gran coche
negro, cerrado, que ocultaba casi por completo a otro descubierto en
cuya parte trasera un hombre saludaba alzando los brazos.
Los policías contenían a la multitud que vociferaba y aplaudía, y
desde las ventanas de los edificios mujeres y niños arrojaban flores
y papelillos de colores.
Apretó con fuerza el arma y esperó.
El reloj de la estación dejó escapar dos campanadas como si le
invitara una vez más a olvidarlo todo, pero su eco se perdió entre
el aullar de las sirenas, los gritos y los aplausos.
El targuí sintió deseos de llorar, los ojos se le nublaron, maldijo
en voz alta al gri-gri de la muerte, y el policía que abría los brazos
ante él se volvió a mirarle, sorprendido por una frase cuyo significado
no había comprendido.
El pelotón de motocicletas cruzó acallándolo todo con el
estruendo de sus máquinas, llegó luego el gran auto negro, y en ese
instante, Gacel arrojó a un lado el gran bolso de cuero, apartó de
un brusco empujón al policía y dio un salto colocándose, en dos
zancadas, a tres metros del coche descubierto con el revólver amartillado
y listo para disparar.
El hombre que respondía a los vítores y aclamaciones con los
brazos en alto le descubrió casi al instante, el terror se dibujó en su
rostro y adelantó las manos abriendo las palmas para protegerse
mientras dejaba escapar un grito de espanto.
Gacel disparó por tres veces, comprendió que la segunda bala le
había atravesado el corazón, le miró a la cara para comprobar por
su expresión que lo había matado, y fue como si un rayo divino le
fulminara, paralizándole de asombro.
Sonó una ráfaga de metralleta, y Gacel Sayah, inmouchar más
conocido por el sobrenombre de “el Cazador”, cayó de espaldas,
muerto, con el cuerpo destrozado y el desconcierto pintado en el
rostro.
El auto aceleró su marcha bruscamente, y las sirenas aullaron
abriendo paso a la búsqueda de un hospital, en un vano intento por
salvar la vida al Presidente Abdul-el-Kebir en el glorioso día de su
triunfal regreso al poder.
***
Fin del volumen Iv y de la obra
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