Capítulo XXVII
XXVII
Era un autobús desvencijado. El más cochambroso, renqueante
y sucio vehículo de transporte público que hubiese intentado correr
jamás sobre carretera alguna, aunque en verdad aquél no intentaba
en modo alguno correr, sino que se limitaba a avanzar asmáticamente
a una máxima de cincuenta kilómetros por hora a través de
llanuras de matojos, contrafuertes rocosos e infinitos pedregales.
Aproximadamente cada dos horas, se veía obligado a detenerse
por culpa de un reventón o porque las ruedas se atascaban en una
trampa de arena, y entonces, conductor y cobrador obligaban a
descender a los pasajeros, cabras, perros y cestas de gallinas incluidas,
incitándoles a empujar o señalándoles que se sentaran a esperar
al borde del camino mientras cambiaban la rueda.
También, cada cuatro horas, se hacía necesario rellenar el depósito
del combustible por el primitivo procedimiento de empalmar
una goma a un bidón firmemente amarrado al techo, y en las cuestas,
cuando encaraban una pendiente pronunciada, los hombres
estaban obligados a realizar a pie el recorrido.
Así durante dos días y dos noches, apretujados como dátiles en
una bolsa de piel de conejo, sudorosos y asfixiados por el bochorno
irresistible, incapaces de predecir cuánto faltaba para concluir
con semejante suplicio, o si llegarían alguna vez a distinguir los confines
del monótono desierto.
En cada parada Gacel experimentaba el impulso de abandonar
el mugriento vehículo y continuar a pie su camino por largo que
éste fuese, pero en cada parada comprendía que tardaría meses en
alcanzar por sus propios medios la capital, y cada día, cada hora que
perdiese, podía resultar esencial para Laila y sus hijos.
Continuó por tanto, sufriendo lo indecible por el encierro, él que
amaba la soledad y la libertad por encima de todo, soportando a
comerciantes parlanchines, mujeres histéricas, chiquillos ruidosos y
gallinas pestilentes, incapaz como lograra hacerlo en la “tierra
vacía”, de convertirse en piedra, aislarse de cuanto le rodeaba, conseguir
que su espíritu abandonara momentáneamente su cuerpo.
Allí cada bache, cada bamboleo, cada reventón o cada eructo de
un vecino le devolvía a la realidad, y ni aun en lo más oscuro de la
noche conseguía descabezar un corto sueño que le permitiera reponer
fuerzas o regresar, imaginariamente, junto a los suyos.
Por último, en el turbio amanecer del tercer día, cuando un
viento insistente y pegajoso que arrojaba al rostro nubes de polvo
gris y asfixiante, impedía distinguir los contornos de los objetos a
más de cincuenta metros, atravesaron un conjunto de casuchas de
adobe, un barranco seco, y una plazuela maloliente y fueron a detenerse
en el centro mismo de lo que había sido un viejo zoco a la
sazón abandonado.
—¡Fin del trayecto! —gritó el cobrador mientras se apeaba estirando
brazos y piernas y observándolo todo a su alrededor como
si le costara trabajo admitir que una vez más había coronado con
éxito la insensata odisea de bajar hasta El-Akab y regresar con
vida—. ¡Alabado sea Dios!
Gacel descendió en último lugar, contempló las derruidas paredes
del zoco que amenazaban con derrumbarse sobre su cabeza en
cuanto el viento arreciara, y se aproximó, desconcertado, al conductor.
—¿Esto es la capital...? —quiso saber.
—¡Oh, no! —fue la divertida respuesta—. Pero hasta aquí llegamos
nosotros. Si pretendiéramos meter este trasto en la carretera
general, nos encerrarían por locos.
—¿Y qué tengo que hacer para llegar a la capital?
—Puedes coger otro autobús, pero te recomiendo el tren, es
más rápido.
—¿Qué es el tren?
Al otro no pareció sorprenderle la pregunta, ya que no se trataba,
desde luego, del primer beduino que transportaba en sus casi
veinte años de dar tumbos por el desierto.
—Será mejor que vayas a verlo tú mismo... —fue la respuesta—.
Sigue por esa calle y a tres manzanas, cuando veas un edificio
marrón, allí es...
—¿A tres qué...?
—Tres manzanas, tres cuadras... —Hizo un amplio ademán con
la mano—. Bueno, supongo que donde vives no existe nada de
eso... Sigue adelante hasta que veas el edificio. No hay otro.
Gacel hizo un gesto de asentimiento, tomó su fusil, la espada y la
bolsa de cuero en que había guardado municiones, algo de comida y
todas sus pertenencias, y echó a andar en la dirección que le habían
indicado, pero el cobrador le gritó desde el techo del autobús.
—¡Eh...! ¡Aquí no puedes pasearte con esas armas...! Si te ven,
te vas a meter en un lío... ¿Tienes licencia?
—¿Qué?
—Permiso de armas... —Le rechazó con la mano—. ¡No! Ya
veo que no la tienes... ¡Esconde eso o acabarás en la cárcel!
Gacel permaneció muy quieto en el centro del zoco, desconcertado
y sin saber qué actitud adoptar, hasta que uno de los pasajeros
que se alejaba en dirección opuesta con una maleta al hombro, otra
en la mano y un rollo de alfombras bajo el brazo, le dio una idea.
Corrió hacia él.
—Te compro las alfombras —dijo mostrando una moneda de oro.
El otro ni respondió siquiera. Tomó la moneda, levantó el brazo
dejando que se apoderara de su carga, y continuó su camino, apresurando
el paso, temeroso de que aquel estúpido targuí cambiara de
idea.
Pero Gacel no cambió de idea. Desenrolló las alfombras, envolvió
en ellas sus armas, se las colocó a su vez bajo el brazo y se encaminó
a la estación.
Desde lo alto, del autobús el cobrador movió repetidamente la
cabeza de un lado a otro, divertido.
***
El tren era aún más sucio, incómodo y ruidoso que el propio
autobús, y aunque tuviera la ventaja de que no se le reventaban las
ruedas, tenía el inconveniente de llenar de humo y carbonilla a los
pasajeros y detenerse con desesperante regularidad en todas las ciudades,
pueblos, villorrios y simples caseríos del camino.
Cuando lo vio aparecer en la estación brillante, rugiendo y despidiendo
chorros de vapor como un monstruo más propio de las
historias del negro Suílem que de la realidad, Gacel experimentó
una incontrolable sensación de pánico y tuvo que echar mano a
todo su valor de guerrero y toda su serenidad de inmouchar del glorioso
“Pueblo del Velo”, para dejarse arrastrar por la marea de
pasajeros y trepar, atropelladamente, a uno de los destartalados
vagones de duros bancos de madera y ventanas sin cristales.
Intentó comportarse como vio que los demás lo hacían, dejó sus
alfombras y su bolsa de cuero en el portaequipajes, y se sentó en el
rincón más apartado, tratando de hacerse a la idea de que aquello no
era, en realidad, más que una especie de gran autobús que marchaba
sobre barras de acero, evitando las pistas polvorientas.
Pero cuando escuchó el silbato, y la locomotora se puso en
movimiento con un brusco tirón, entre bufidos, entrechocar de
hierros y gritos del maquinista, el corazón le dio un nuevo vuelco
y tuvo que aferrarse con fuerza al asiento para no lanzarse de cabeza
al andén.
Y en los descensos, a casi cien kilómetros por hora, con el aire
y el humo penetrando libremente por la ventana, viendo pasar a su
lado, vertiginosamente, postes de luz, árboles y casas, Gacel creyó
morir de la impresión y mordió con fuerza el borde de su velo para
no romper a gritar pidiendo que detuvieran la máquina infernal.
Luego, a media tarde, aparecieron ante sus ojos las montañas, y
creyó estar soñando, pues nunca imaginó que pudieran existir
moles semejantes, que se alzaban como una barrera impenetrable,
escarpadas, altivas y con las cumbres tapizadas de blanco.
Se volvió a una gorda que se sentaba tras él y que pasaba la
mayor parte de su tiempo amamantando a dos niños idénticos, e
inquirió:
—¿Qué es aquello?
—Nieve —replicó la mujer dándose aires de superioridad y
profunda experiencia—. Y abrígate, porque pronto empezará a
hacer frío.
Y en efecto hizo un frío como el targuí no había conocido
jamás, porque un aire gélido que arrastraba a veces microscópicos
copos de nieve se apoderó poco a poco del vagón, obligando a los
sufridos viajeros a envolverse, tiritando, en todo cuanto encontraban
a mano.
Cuando, ya casi oscureciendo, se detuvieron en una minúscula
estación de montaña, y el revisor anunció que disponían de diez
minutos para comprar la cena, Gacel no pudo evitar la tentación,
saltó a tierra, y corrió hasta las afueras del andén a tocar la blanca
nieve con sus propias manos.
Le asombró su consistencia. Más que el frío fue el tacto, aquella
indescriptible blandura levemente crujiente que se deshacía
entre sus dedos, ni como arena, ni como agua, ni como piedra, distinta
a todo cuanto hubiera palpado hasta ese instante, lo que le
impresionó, desconcertándole, y era tanta su sorpresa, que tardó en
advertir que sus pies, casi desnudos en el interior de las ligerísimas
sandalias, se estaban congelando.
Regresó muy despacio, pensativo, casi horrorizado por su descubrimiento,
compró a una vendedora una pesada y gruesa manta,
a otra una honda escudilla de caliente cuscus y regresó a su asiento,
a comer en silencio contemplando la noche que caía, el paisaje
nevado que desaparecía tragado por las sombras, y la pintarrajeada
pared de madera del vagón, en la que aburridos pasajeros habían
matado largas horas de viaje grabando a cuchillo toda clase de ins
cripciones. Allí, en la estación, de pie sobre la nieve, Gacel Sayah
había descubierto, de improviso, que la predicción de la vieja
Khaltoum llevaba camino de cumplirse.
El desierto, el amado desierto en que había nacido, quedaba
atrás, al pie de aquellas altas montañas cubiertas ahora de verdes
praderas y gruesos árboles y él se encaminaba, ciego, e ignorante,
hacia lejanas tierras desconocidas y hostiles, en las que pretendía
enfrentarse a los dueños del mundo, con la única ayuda de una vieja
espada y un triste fusil.
***
Le despertó un chirriar de frenos, una brusca sacudida, y voces
de ultratumba, voces somnolientas, devueltas por el eco de lo que
parecía una inmensa cueva vacía.
Asomó el rostro por la ventanilla y le maravilló la altura de la
cúpula de hierro y cristal, que parecía mayor aún iluminada apenas
por mortecinas bombillas y polvorientos anuncios luminosos.
Los pasajeros que habían permanecido fieles al largo viaje descendían
ya con sus ajadas maletas de cartón, y se alejaban con paso
cansino, maldiciendo el horario absurdo de aquel tren matusalénico
que llegaba siempre a su destino con más de seis horas de retraso.
Bajó el último, cargando con sus alfombras, su bolsa de cuero y
la pesada manta, y encaminó sus pasos tras los que desaparecían
más allá de una gran puerta de cristal opaco, impresionado por la
grandiosidad de la alta estación por la que volaban bandadas de
murciélagos, y en la que no se escuchaba ya más que el resoplar de
la locomotora que parecía respirar profundamente recuperando el
aliento después de un fatigoso esfuerzo.
Cruzó luego la gran sala de espera, de sucios mármoles y largos
bancos en los que dormían familias enteras aferradas a tristes equipajes,
y franqueó por último la puerta de salida, deteniéndose en lo
alto de la ancha escalinata a contemplar la amplia plaza y los macizos
edificios que la circundaban.
Le anonadó el muro de ventanas, puertas y balcones que cerraban
casi herméticamente el recinto, y sacudió la cabeza incrédulo
ante la diversidad de hediondos olores absolutamente desconocidos
que le asaltaron como mendigos hambrientos que aguardaban
ansiosos su llegada.
***
No era olor a sudor humano, a excrementos o a bestia muerta
y putrefacta. No era tampoco el olor del agua corrompida, en viejos
pozos, o de macho cabrío en celo. Era más suave, menos notorio,
pero igualmente desagradable y profundo para su olfato de
hombre de los espacios libres; olor a gente hacinada, miles de
comidas diferentes guisadas las unas junto a las otras, cubos de
basura desparramados por las aceras por famélicos perros callejeros,
y cloacas que dejaban escapar su hedor a través de las alcantarillas,
como si toda la ciudad estuviera —y de hecho lo estaba—
edificada sobre un profundo mar de heces.
Y el aire era denso. Quieto y denso en la noche caliente.
Húmedo, salado, quieto y denso. Aire con sabor a azufre y plomo,
a gasolina mal quemada; a aceite mil veces refrito.
Permaneció muy quieto, dudando entre adentrarse en la ciudad
dormida o retroceder y buscar también refugio en uno de aquellos
largos bancos a la espera de la luz del día, pero un hombre de gastado
uniforme y roja gorra abandonó la estación, cruzó a su lado, y
cuando ya se encontraba en el último peldaño, se volvió a mirarle.
—¿Te ocurre algo? —quiso saber, y ante la muda negativa hizo
un gesto de comprensión—. Entiendo... —señaló—. Es la primera
vez que vienes a la ciudad... ¿Tienes donde dormir?
—No.
—Conozco un sitio cerca de casa... Tal vez te acepten... —Advirtió
que no se decidía a moverse, e hizo un amplio gesto con el
brazo, animándole a que le siguiera—. ¡Vamos! —señaló—. No tengas
miedo... No soy marica ni pienso robarte.
Le agradó el rostro del hombre, cansado, marcado por las arrugas
de una vida difícil, casi amarillento por las horas de trabajo nocturno
y con los ojos ribeteados de rojo y un bigote lacio, sucio de
nicotina.
—Ven... —insistió—. Sé lo que es sentirse solo en una ciudad
como ésta. Yo llegué de la cábila hace quince años con menos equipaje
que tú y un queso bajo el brazo... —rió burlándose de sí
mismo—. Y ahora ya me ves... Tengo hasta uniforme, una gorra y
un silbato...
Gacel se había colocado a su altura y atravesaron la plaza en
dirección a la ancha avenida que se abría al otro lado, y por la que,
de tanto en tanto, cruzaba un solitario automóvil.
Casi en el centro mismo, el hombre se volvió y le observó con
atención.
—¿Realmente eres targuí? —quiso saber.
—Sí.
—¿Y es verdad que no enseñas el rostro más que a la familia y
a los íntimos?
—Sí.
—Pues aquí vas a tener problemas... —sentenció—. La Policía
no acepta que andes por ahí con la cara tapada... Les gusta tenernos
controlados... Todos con nuestro carnet de identidad, nuestra
foto y nuestras huellas dactilares. —Hizo una pausa—. Imagino
que nunca has tenido un carnet de identidad... ¿O sí?
—¿Qué es un carnet de identidad?
—¿Lo ves...? —Habían reiniciado la marcha, y el hombre andaba
sin prisas, como si no tuviera demasiado interés por llegar a su
destino y le agradara el paseo nocturno y la charla.
—Dichoso tú... —continuó—. Dichoso, si has podido vivir sin
él todo este tiempo. Pero dime, ¿qué diablos se te ha perdido a ti en
la ciudad?
—¿Conoces al ministro? —inquirió de improviso.
—¿Ministro? ¿Qué ministro?
—Alí Madani.
—¡No! —fue la rápida respuesta—. Por suerte para mí, no
conozco a Alí Madani... Y espero no tener que conocerle nunca.
—¿Sabes dónde puedo encontrarle...?
—En el Ministerio, supongo.
—¿Y dónde está el Ministerio?
—Bajando por esta avenida, todo recto. Cuando se llega al
paseo marítimo, a la derecha. Un edificio gris de toldos blancos.
—Sonrió divertido—. Pero te aconsejo que no te acerques por allí.
Dicen que por las noches se escuchan los gritos de los presos que
torturan en los sótanos. Aunque hay quien asegura que se trata de
los lamentos de las almas de todos cuantos han asesinado allí abajo.
Al amanecer sacan los cadáveres por la puerta trasera en un furgón
de repartos.
—¿Por qué los matan?
—Política... —replicó con gesto de hastío—. En esta maldita
ciudad todo es política. En especial desde que Abdul-el-Kebir anda
suelto. ¡Se va a armar una...! —exclamó, y luego indicó con la mano
una callejuela lateral hacia la que se encaminó cruzando la calzada
principal—. ¡Ven! —señaló—. Es por aquí.
Pero Gacel negó con la cabeza, y señaló hacia la parte baja de la
avenida.
—No... —dijo—. Voy al Ministerio.
—¿Al Ministerio? —se asombró el otro—. ¿A estas horas?
¿Para qué?
—Tengo que ver al ministro.
—Pero él no vive ahí. Sólo trabaja. De día.
—Le esperaré.
—¿Sin dormir?
El ferroviario fue a decir algo, pero de pronto observó detenidamente
a Gacel, reparó en el largo bulto del rollo de alfombras,
que apretaba contra su cuerpo, advirtió la decisión en sus oscuros
ojos, más allá de la rendija que marcaban el turbante y el velo, y
se sintió repentinamente incómodo sin saber exactamente a qué
atribuirlo.
—¡Es tarde! —dijo de pronto, asaltado por una súbita ansiedad—.
Es muy tarde y mañana tengo que trabajar.
Cruzó la calle a toda prisa, aun a riesgo de que un pesado
camión de basura lo atropellase y desapareció en las sombras de la
calleja tras volver repetidamente el rostro para comprobar que el
targuí no le seguía.
Este ni se inmutó siquiera. Aguardó a que el camión y su pestilencia
se perdieran de vista, y continuó solo por la ancha avenida
pobremente iluminada, con su alta figura y sus ropajes al viento,
absurdo y anacrónico frente a aquel paisaje de pesados edificios,
oscuras ventanas y cerrados portones, dueño absoluto de la ciudad
dormida que tan sólo un perro vagabundo parecía pretender disputarle.
Más tarde pasó un coche amarillo, y luego una mujer le chistó
desde el quicio de un portal.
Se aproximó respetuoso y le desconcertó su escote y la rajada
falda que enseña una pierna, pero más se desconcertó ella cuando
la luz de un farol le permitió distinguirlo con absoluta claridad.
—¿Qué quieres? —inquirió con cierta timidez.
—No, nada... —se disculpó la prostituta—. Te confundí con un
amigo. ¡Buenas noches!
—¡Buenas noches!
Continuó su camino y dos calles más abajo un sordo rumor que
iba ganando en intensidad a medida que avanzaba llamó su atención,
ya que se trataba de un ruido monótono y constante que no
alcanzaba a reconocer, pero que recordaba el rítmico golpear de
una gigantesca piedra contra un suelo de tierra apisonada.
Cruzó un amplio paseo en el que parecía concluir la ciudad, y
cuando atravesó la línea de altas farolas que se elevaban al borde
mismo de la arena, pudo distinguir a su luz la ancha playa, al fondo
de la cual reventaban con furia enormes olas que alzaban a la noche
blancos penachos de espuma.
Se detuvo estupefacto. De la negrura nacía de pronto una
monstruosa masa de agua como nunca pudiera imaginar que existiera
en este mundo, se rizaba en su cresta, ganaba altura, y se precipitaba
contra el suelo provocando el sordo estruendo y retirándose
con un susurro para reiniciar el ataque con renovados bríos.
¡El mar!
Comprendió que allí estaba el portentoso mar del que tanto
hablaba Suílem y al que se referían con respeto los más aventurados
viajeros que pasaron alguna noche en su jaima, y cuando una
larga ola, más osada, avanzó impetuosa por la arena a punto casi de
empapar sus sandalias y lamer el borde de su gandurah, fue tal el
espanto que se apoderó de su ánimo, que no supo siquiera dar un
salto atrás para escapar corriendo.
El mar del que nacieron un día sus antepasados garamantes;el
mar que bañaba las costas senegalesas y al que iba a morir el gran
río que delimitaba el desierto por el Sur; el mar donde concluían las
arenas y todo universo conocido, más allá del cual tan sólo habitaban
los franceses.
El mar que jamás soñó conocer algún día, tan lejano para él como
la más lejana de las estrellas de la última galaxia, frontera infranqueable
que el propio Creador había impuesto a los “Hijos del Viento”,
eternos vagabundos de todas las tierras y todos los arenales.
Había llegado al término de su camino y lo sabía. Aquel mar era
el confín del universo y el estruendo de su furia la voz de Alá que le
llamaba advirtiendo que había ido más allá de sus fuerzas y más alláde lo que Él permitía a los imohag de la llanura, y se aproximaba el
momento de rendir cuentas por la magnitud de su insolencia.
“Morirás lejos de tu mundo”, había predicho la vieja Khaltoum,
y no acertaba a imaginar nada más ajeno a su mundo que la rugiente
barrera de espuma blanca que se alzaba furiosa ante sus ojos, al
otro lado de la cual tan sólo alcanzaba a distinguir la profundidad de
la noche.
Tomó asiento en la arena seca fuera del alcance del oleaje y permaneció
allí, muy quieto, recordando su vida y pensando en su
esposa, sus hijos y su paraíso perdido, dejando que las horas siguie
ran su camino a la espera de la primera claridad del alba, una luz
glauca e imprecisa que comenzó a extenderse por el cielo para permitirle
admirar la inmensidad de la extensión de agua que se abría
ante él.
Si imaginó que la nieve, la ciudad y las olas habían agotado para
siempre su capacidad de asombro, el espectáculo que el amanecer
descubrió ante sus ojos le sacó nuevamente de su error, ya que el
gris plomizo y metálico de un mar encrespado y amenazador tuvieron
la virtud de hipnotizarle, sumiéndole en un profundo trance
que le mantuvo inmóvil y absorto, como una estatua inanimada.
Luego, el primer rayo de sol descompuso el gris en un azul
luminoso y un verde opaco, con lo que el blanco de la espuma pareció
ganar intensidad, contrastando con el negro amenazante de una
nube de tormenta que se aproximaba por poniente, y fue un estallido
de formas y luces como no hubiera concebido jamás por
mucho que se lo propusiera, y hubiera permanecido allí clavado
durante horas, si un insistente rumor de vehículos, a sus espaldas,
no le hubiera sacado de su abstracción.
La ciudad despertaba.
Lo que en la noche no eran más que altos muros de cerradas
ventanas y confusas manchas oscuras de vegetación, con el día se
transformaba en un derroche de color, donde el rojo violento de los
autobuses contrastaba con el blanco de las fachadas, el amarillo de
los taxis, el verde de los copudos árboles y la mezcolanza anárquica
de los chillones carteles que cubrían por miles las paredes.
Y la gente.
Podría creerse que todos los habitantes de la Tierra se habían
dado cita aquella mañana en el ancho paseo marítimo, entrando y
saliendo de altos edificios, tropezando y evitándose, yendo y
viniendo en una especie de danza del absurdo en la que de pronto
todos se detenían al borde de una acera, para lanzarse luego de
improviso, al unísono, sobre la amplia calzada en la que autobuses,
taxis y cientos de vehículos de distintas formas se habían detenido
bruscamente, como si los frenara una mano invisible y poderosa.
Luego, al cabo de un rato de observarlos, Gacel llegó a la conclusión
de que esa mano pertenecía a un hombre regordete y apopléjico
que se agitaba continuamente alzando y bajando los brazos,
como si la estupidez y la locura se hubieran apoderado de él,
haciendo sonar un largo silbato con tanta insistencia y furia, que los
transeúntes se detenían como si su sonido proviniese de la misma
boca del Altísimo.
Era un hombre importante aquél, no cabía duda, pese a su rostro
enrojecido y las manchas de sudor de su uniforme, pues hasta
los más pesados camiones se detenían cuando alzaba la mano y tan
sólo cuando él concedía de nuevo su permiso, se atrevían a reanudar
la marcha.
Y justamente a sus espaldas, alto, macizo y recargado, protegido
por una gruesa verja y un pequeño jardín de mustios árboles, se alzaba
el edificio gris de toldos blancos que el ferroviario le indicara.
Allí vivía, o por lo menos allí trabajaba, el ministro del Interior,
Alí Madani; el hombre que se había apoderado de su mujer y de sus
hijos.
Tomó una decisión, recogió sus pertenencias, cruzó la calle con
gesto decidido y se aproximó al gordo apopléjico, que le dirigió una
larga mirada de asombro sin dejar por ello de agitar las manos y
hacer sonar su silbato.
Se detuvo frente a él:
—¿Vive ahí el ministro Madani? —inquirió con voz grave y profunda
que impresionó al guardia tanto o más que su extraña apariencia,
sus vestidos y su rostro cubierto hasta los ojos por un velo.
—¿Cómo dices?
—Que si vive o trabaja ahí el ministro Madani...
—Sí. Ahí tiene su despacho, y dentro de cinco minutos, a las
ocho en punto, llegará. ¡Y ahora vete!
Gacel asintió en silencio, cruzó de nuevo la calle seguido por el
desconcierto del guardia que había perdido, momentáneamente, su
ritmo de trabajo, y se detuvo al borde de la playa, aguardando.
Exactamente cinco minutos después se escuchó el aullar de una
sirena, hicieron su aparición dos motoristas a los que seguía un largo
y pesado automóvil negro, y toda la circulación de la avenida se interrumpió
en el acto, para que la comitiva avanzase sin obstáculos y
penetrara, majestuosa, en el pequeño jardín del edificio gris.
Desde lejos, Gacel pudo distinguir la alta silueta de un hombre
elegante y altivo que descendía entre inclinaciones ceremoniosas de
porteros y funcionarios, y subía, sin prisas, los cinco peldaños de
mármol de la amplia entrada, a cuyos costados dos soldados armados
de metralletas montaban guardia.
En cuanto Madani desapareció, Gacel cruzó de nuevo la calle
ante el manifiesto nerviosismo del guardia, que no había cesado de
observarle de reojo:
—¿Era ése el ministro? —quiso saber.
—Sí. Ese era... ¡Y te he dicho que te vayas! ¡Déjame en paz!
—¡No! —el tono del targuí era seco, decidido y amenazante—.
Quiero que le digas algo de mi parte: si pasado mañana, no ha dejado
en libertad a mi familia, aquí mismo, en el punto en que te
encuentras, mataré al Presidente.
El gordo le miró absolutamente asombrado. Tardó en reaccionar
y al fin balbuceó estúpidamente:
—¿Qué has dicho? ¿Que matarás al Presidente...?
—Exacto —asintió, y señaló con el dedo hacia el interior del
edificio—. ¡Díselo así! Yo, Gacel Sayah, que liberé a Abdul-el-Kebir
y he matado ya a dieciocho soldados, mataré al Presidente, si no me
devuelven a mi familia. ¡Recuérdalo! ¡Pasado mañana!
Dio media vuelta y se alejó abriéndose paso entre los autobuses
y camiones que se habían detenido, y que hacían sonar insistentemente
sus bocinas porque el encargado de dirigir el tráfico parecía
haberse convertido en estatua de sal contemplando con ojos de
vaca muerta el punto por el que un beduino de alta estatura desaparecía
tragado por la multitud.
Durante los diez minutos que siguieron, el guardia se esforzó
por recuperar el control de sus nervios y reorganizar a duras penas
la fluidez de la circulación, tratando de convencerse a sí mismo de
que nada de lo ocurrido tenía sentido, y se trataba de una estúpida
broma o una simple alucinación producida por el exceso de trabajo.
Pero había algo en la seguridad de las palabras de aquel loco que
le mantenía inquieto, al igual que le inquietaba el hecho de que
hubiera mencionado a Abdul-el-Kebir y su libertad, cuando era
público ya que el ex presidente había conseguido escapar y se
encontraba en París, desde donde lanzaba constantes llamamientos
para la reorganización de sus partidarios.
Media hora después, incapaz de concentrar la atención en su
trabajo y consciente de que estaba a punto de provocar un colapso
circulatorio o un grave accidente, abandonó su puesto, cruzó el
paseo y el pequeño jardín del Ministerio y penetró, casi temblando,
en la amplia recepción de altas columnatas de mármol blanco.
—Quiero hablar con el jefe de Seguridad —pidió al primer
bedel que se cruzó en su camino.
A los quince minutos, el propio ministro Alí Madani le observaba
atentamente con gesto preocupado y el entrecejo cómicamente
fruncido desde el otro lado de una bellísima y casi etérea mesa de
caoba lacada.
—¿Alto, delgado y con el rostro cubierto por un velo? —repitió
queriendo cerciorarse de que el otro no se equivocaba—. ¿Está
seguro?
—Completamente, Excelencia... Un targuí auténtico, de esos
que únicamente se ven ya en las postales. Hace unos años aún pululaban
por la casba y el zoco, pero desde que se les prohibió usar el
velo no había vuelto a ver ninguno...
—Es él, no cabe duda... —admitió el ministro que había encendido
un largo cigarrillo turco emboquillado y parecía absorto en
sus propias ideas—. Repítame, lo más exactamente posible, lo que
le dijo —pidió luego.
—Que si no le devuelven pasado mañana a su familia, dejándola
libre, en la esquina, matará al Presidente...
—Está loco...
—Eso es lo que me dije yo, Excelencia... Pero a veces esos locos
son peligrosos...
Alí Madani se volvió al coronel Turki, que cumplía la función de
director general de Seguridad del Estado, y al que podía considerar
como su auténtica mano derecha, y cruzó con él una mirada de
profundo desconcierto.
***
—¿A qué demonios de familia se refiere...? —inquirió—. Que
yo sepa, ni siquiera hemos tocado a su familia.
—Tal vez no se trate del mismo individuo...
—¡Vamos, Turki...! No hay muchos tuareg en este mundo que
puedan saber lo de Abdul-el-Kebir y la muerte de esos soldados.
Tiene que ser él. —Se volvió al guardia e hizo un gesto con la mano
pidiéndole que se retirase—. Puede marcharse... —señaló—. Pero
ni una palabra de esto a nadie.
—¡Descuide, Excelencia...! —contestó nervioso—. En cuestiones
de secretos del servicio, soy una tumba.
—Más le vale —fue la seca respuesta—. Si cumple lo que dice,
le propondré para un ascenso. En caso contrario, me encargaré de
usted personalmente. ¿Está claro?
—Desde luego, Excelencia. Desde luego.
Cuando hubo abandonado la estancia, el ministro Madani se
puso en pie, se aproximó al amplio ventanal y apartó los visillos
deteniéndose a contemplar largamente el mar sobre el que descargaba
a lo lejos una negra nube provocando un hermoso efecto de
luces y sombras.
—De modo que ha llegado hasta aquí... —comentó en voz alta,
para que el otro le oyera, pero hablando en realidad para sí
mismo—. Ese maldito targuí no se da por contento con el millón
de problemas que nos ha causado, y ha sido capaz de presentarse
ante nuestra propia puerta, a provocarnos... ¡Es inaudito! ¡Ridículo
e inaudito!
—Me gustaría conocerle.
—¡Rayos! Y a mí —exclamó convencido—. Un tipo con tales
cojones no se encuentra a menudo... —Aplastó el cigarrillo contra
el cristal de la ventana—. ¿Pero qué diablos busca...? —inquirió
súbitamente malhumorado—. ¿Qué historia es ésa de su familia?
—No tengo ni la menor idea, Excelencia.
—Ponte al habla con El-Akab —ordenó—. Averigua qué ha
pasado con la familia de ese loco. ¡Mierda! —masculló al tiempo
que arrojaba la colilla al aire y observaba cómo iba a caer sobre su
propio auto, aparcado en un extremo del jardín—. ¡Como si no
tuviera bastante con Abdul...! —le miró de frente—. ¿Qué diablos
hace tu gente en París?
—No pueden hacer nada, Excelencia —se disculpó el coronel—.
Los franceses lo tienen perfectamente protegido. Ni siquiera
hemos podido averiguar dónde lo esconden.
El ministro acudió de nuevo a su mesa y alzó un puñado de
documentos mostrándoselos acusadoramente.
—¡Mira esto! —dijo—. ¡Informes de generales que desertan, de
gente que cruza la frontera para unirse a Abdul, de reuniones secretas
en las guarniciones del interior...! Lo que me falta es un targuí
loco intentando cazar al Presidente... ¡Búscalo! —ordenó—. Ya
conoces la descripción: un tipo alto, vestido de fantasma, con un
velo que le tapa la cara y que no deja ver más que los ojos. No creo
que haya muchos así en la ciudad.
***
Encontró lo que buscaba bajo el aspecto de un viejo templo
rumi: una de aquellas curiosas iglesias que los franceses habían desparramado
por todo el territorio nacional aun a sabiendas de que
jamás conseguirían convertir a un solo mahometano al cristianismo.
Alzada en lo que estuvo a punto de ser un arrabal elegante de la
capital, urbanización de superlujo al borde mismo de la playa y
unos altos acantilados, había sido de las primeras en sufrir los efec
tos de la revolución, y alcanzada por las llamas una medianoche
oscura, ardió hasta el amanecer sin que vecinos ni bomberos se
atrevieran a acudir a sofocar el fuego, sabedores de que en las tinieblas
de los bosques vecinos se apostaban los francotiradores nacionalistas
decididos a abatir, a la luz de las llamas, a quien cometiera
la imprudencia de aproximarse.
Se había convertido por tanto con el tiempo en un esqueleto
renegrido y polvoriento, refugio de ratas y lagartos que incluso los
vagabundos evitaban supersticiosamente desde que uno de ellos
apareció muerto, de forma harto misteriosa, la noche en que se
cumplía casualmente el décimo aniversario de su destrucción.
La gran nave central había perdido la techumbre, y el húmedo
viento que llegaba del mar la convertían en un lugar desapacible,
pero al fondo, tras lo que debió constituir en su época el altar
mayor, se abría una puerta que daba a pequeñas estancias abrigadas,
dos de las cuales aún conservaban, casi intactos, la mayoría de los
cristales de sus ventanas.
Era un lugar solitario y tranquilo, lo que Gacel necesitaba tras
los días más agitados de su existencia, confuso y mareado como se
sentía después de recorrer la ciudad aturdido por la multitud, el tráfico
y el escándalo insufrible de un mundo cuya principal preocupación
parecía ser la de tratar de romper los tímpanos de quienes,
como el targuí, estaban acostumbrados desde siempre a la paz y el
silencio.
Agotado, extendió la manta en un rincón y se durmió abrazado
a sus armas, asaltado por monstruosas pesadillas en las que trenes,
autobuses y multitudes vociferantes parecían querer abalanzarse
constantemente sobre él, aplastándole y convirtiéndole en una
masa informe y sanguinolenta.
Le despertó el amanecer, temblando de frío pero sudando a
chorros a causa de sus sueños, y en un principio sintió como si el
aire le faltara y una mano gigante pugnara por asfixiarle, porque,
por primera vez en su ya larga vida, había dormido bajo un techo
de cemento y entre cuatro paredes.
Se asomó al exterior. A cien metros de distancia el mar estaba
azul y en calma, muy distinto al monstruo espumoso y embravecido
del día anterior y al que un sol brillante y fuerte confería reflejos
plateados.
Con parsimonia, casi ceremoniosamente, abrió el paquete que
contenía cuanto había adquirido en las tiendas de la casba, y lo
extendió sobre la manta. Colocó un pequeño espejo en el quicio de
la ventana y se afeitó en seco, como venía haciéndolo desde que
tenía uso de razón con la ayuda de su afiladísima gumía, y luego
tomó unas tijeras y se recortó el encrespado cabello negro y áspero
hasta tal punto de que casi no se reconoció a sí mismo cuando
se contempló de nuevo largamente. Por último fue al mar y se bañó
a conciencia con ayuda de una olorosa pastilla de jabón, sorprendiéndose
por el sabor amargo del agua, por la sal que dejaba sobre
su piel, y por la escasa espuma que conseguía al lavarse.
De regreso a su refugio se enfundó en unos ceñidos pantalones
azules y una blanca camisa y se sintió ridículo.
Contempló con pena sus gandurahs, su turbante y su velo, y a
punto estuvo de volver a ponérselos, pero comprendió que no
debía hacerlo, porque tenía plena conciencia de que incluso en la
casba había llamado la atención con sus ropas de siempre.
Había amenazado al hombre más poderoso del país, y a aquellas
alturas la Policía y el Ejército andarían a la búsqueda de un targuí
cubierto con un lithan que tan sólo dejaba ver sus ojos. Debía
aprovechar por lo tanto la ventaja que le daba el hecho de que nadie
conociese, ni aun remotamente, su verdadero aspecto, y le constaba
que, con la nueva apariencia, que acababa de adoptar, ni siquiera
la mismísima Laila sería capaz de reconocerle.
Le repugnaba la idea de que extraños pudieran ver su rostro y
se sentía tan avergonzado como si tuviera que salir desnudo a la
calle y pasearse de ese modo por entre la multitud porque un día,
muchos años atrás, cuando dejó de ser un niño, su madre le proporcionó
su primera gandurah y más tarde, cuando se convirtió en
hombre y en guerrero, fue el lithan el que proclamó que se había
hecho por completo acreedor al respeto ajeno. Despojarle de
ambas prendas, era como devolverle a la infancia, a los tiempos en
que podía mostrar sus vergüenzas al mundo sin que nadie se escandalizara
por ello.
Caminó por la estancia, y salió después a la amplia nave descubierta
tratando de habituarse a sus nuevas ropas a base de largos
paseos, pero el pantalón le apretaba y le impedía también acuclillarse
para permanecer así durante horas en una posición en la que se
sentía cómodo, y la camisa le rozaba causándole una desazón y un
picor que no sabía si atribuir a la tela o a la sal del mar.
Por último, se desnudó de nuevo y se envolvió en la manta,
dejando pasar así, acurrucado e inmerso en sus pensamientos, sin
comer ni beber, el resto del día.
Cerró los ojos en cuanto la oscuridad se apoderó de la estancia,
y volvió a abrirlos con la primera claridad. Se vistió venciendo su
repugnancia ante las nuevas ropas, y cuando la ciudad comenzaba a
despertar, se encontraba ya frente al gris edificio del Ministerio.
Nadie reparó en su aspecto, ni le miró como si anduviera desnudo,
pero pronto advirtió la presencia de policías armados de
metralletas que parecían ocupar puntos estratégicos, mientras el
gordo del uniforme sudado continuaba en su puesto agitando los
brazos, aunque se le notaba más nervioso que de costumbre, lanzando
furtivas miradas a su alrededor.
“Me busca... —se dijo—. Pero jamás me reconocerá con estas
ropas...” más tarde, a las ocho en punto, con precisión cronométrica,
la comitiva del ministro hizo su aparición en el extremo del
paseo, y Gacel observó cómo Alí Madani ascendía rápidamente por
la escalinata, para adentrarse de inmediato en el edificio, sin detenerse
en esta ocasión a saludar a nadie.
Tomó asiento en uno de los bancos del bulevar, como un desocupado
más de los muchos que pululaban por la ciudad, confiando en
que, de un momento a otro, Laila y sus hijos aparecieran saliendo por
aquella misma puerta, pero, en lo más profundo de su fuero interno, y
aunque trataba por todos los medios de acallarla, una odiosa voz le gritaba
que estaba perdiendo el tiempo.
Al mediodía Madani salió nuevamente acompañado de su
estruendo de motoristas para no regresar más, y al caer la tarde,
cuando no le cupo duda ya de que no tenían intención de devolverle
a su familia, Gacel abandonó el banco y se alejó sin rumbo, consciente
de que, por más que lo intentara, ninguna posibilidad tenía
de encontrar allí, en la confusión de la gran ciudad, a los seres que
amaba.
Su amenaza al Presidente no había servido de nada, y se preguntó
—sin encontrar respuesta— para qué necesitaban retener a los
suyos, si ya Abdul-el-Kebir estaba libre. No podía tratarse más que
de una venganza estúpida y cobarde, porque ni siquiera encontrarían
placer en causar daño a seres indefensos, que ningún mal habían
hecho.
—Tal vez no me han creído —razonó—. Tal vez imaginan que un
pobre targuí ignorante no podrá nunca aproximarse al Presidente.
Y tal vez tenían razón, porque en el transcurso de aquellos días,
Gacel había tomado conciencia de su pequeñez frente al complejo
mundo de una capital en la que de nada le valían sus conocimientos,
su experiencia o su decisión.
Un bosque de edificios bañados por un inmenso mar salado, en
muchas de cuyas esquinas se alzaban fuentes de las que manaba
más agua dulce en un día de la que un beduino consumía en toda
su vida, y elevada sobre un pétreo suelo que únicamente servía de
madriguera a miles de ratas, se convertía, por lógica, en un lugar en
el que el más astuto, valiente, noble e inteligente imohag del bendito
pueblo del Kel-Talgimus, se sentía tan impotente para la lucha
como el más humilde de los esclavos aklis.
—¿Podría indicarme cómo puedo llegar al Palacio del Presidente...?
Tuvo que preguntarlo cinco veces y escuchar luego con suma
atención otras tantas respuestas, porque el dédalo de calles, todas
idénticas entre sí, se le antojaba indescifrable, pero, insistiendo, desembocó,
casi al filo de la noche, frente al amplio parque, rodeado
de altas verjas que circundaban, por los cuatro costados, el más
lujoso edificio que hubiera visto nunca.
Una Guardia de Honor de rojas casacas y vistosos cascos emplumados
desfilaba obedeciendo automáticamente las voces de mando,
y cuando al fin se retiró, fue para dejar en las esquinas altivos centinelas
que más parecían estatuas, que seres de carne y hueso.
Estudió con detenimiento el grandioso parque, y su vista recayó
en un apretado grupo de erguidas palmeras, que se elevaban,
dominándolo todo a menos de doscientos metros de la entrada
principal.
A menudo, allá, en su ya lejano desierto, Gacel había permanecido
encaramado durante días en la copa de una de aquellas palmeras,
durmiendo atado a los gruesos tallos de las hojas, al acecho de
una manada de ónix, cuyo finísimo olfato les prevenía siempre, en
cualquier otra circunstancia, de la presencia de un ser humano.
Recorrió con la vista la distancia de la verja al palmeral, y calculó
que si durante la noche lograba trepar sin ser visto a una de sus
copas, tenía muchas posibilidades de alcanzar de un disparo al
Presidente en el momento en que tratara de entrar o salir de
Palacio.
Sería tan sólo ya cuestión de paciencia, y paciencia era algo que
siempre le sobraba a un targuí.
Fín del fragmento de hoy, puedes volver al blog si lo deseas:
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