Capítulo XXVI
XXVI
La puerta se abrió de golpe y el sargento Malik-el-Haideri saltó
del camastro abalanzándose sobre la pistola que descansaba sobre
la mesa, pero se detuvo al distinguir la silueta del teniente Razmán
recortándose contra la luminosidad violenta del exterior.
Semidesnudo como se encontraba, hizo un esfuerzo por mantener
su aire marcial, se cuadró rígidamente, saludando e intentando
entrechocar los tacones, lo que resultó en verdad ridículo aunque
el rostro del teniente mostró a las claras que no estaba de
humor como para captar la comicidad de la situación, y en cuanto
sus ojos se acostumbraron a la penumbra de la estancia, se aproximó
a una de las ventanas, abrió los postigos, y señaló con un gesto
de su fusta el barracón vecino:
—¿Quién es esa gente que está ahí encerrada, sargento? —quiso
saber.
***
Este advirtió que un súbito sudor frío emanaba de cada uno de
los poros de su cuerpo, pero luchando por mantener su entereza,
replicó:
—La familia del targuí.
—¿Cuánto hace que está aquí?
—Una semana.
Razmán se volvió a él, como si no quisiera dar crédito a lo que
estaba oyendo.
—¿Una semana...? —repitió horrorizado—. ¿Quiere hacerme
creer que ha tenido a mujeres y niños asándose de calor encerrados
en ese infierno durante una semana sin dar parte a sus superiores...?
—La radio está estropeada.
—Mentira... Acabo de hablar con el operador... Usted dio orden
de mantener silencio... Por eso me fue imposible comunicarle mi
llegada...
De pronto se interrumpió, pues su vista había recaído en la
figura de Laila, completamente desnuda, que se acurrucaba asustada,
en el más apartado rincón de la estancia, en el punto en que
había estado durmiendo sobre una raída manta. Sus ojos fueron,
alternativamente, de la muchacha a Malik-el-Haideri, y por último,
como si temiera hacer la pregunta, inquirió roncamente:
—¿Quién es?
—La esposa del targuí... Pero no es lo que usted piensa, teniente...
—intentó justificarse—. No es lo que usted piensa... Ella aceptó
de buena gana... ¡Aceptó...! —repitió extendiendo las manos en
ademán de súplica.
El teniente Razmán se aproximó a Laila, que trató de cubrir su
desnudez con una punta de la manta.
—¿Es cierto que aceptaste? —quiso saber—. ¿No te forzó?
La targuí le miró fijamente, y luego, volviéndose al sargento,
replicó con firmeza:
—Dijo que si no aceptaba, entregaría los niños a los soldados.
El teniente Razmán afirmó una y otra vez en silencio, se volvió
lentamente, y señalando la puerta ordenó a Malik:
—¡Salga!
El otro hizo ademán de tomar su ropa, pero el teniente negó
con firmeza:
***
—¡No! No es digno de volver a vestir ese uniforme... ¡Salga así!
Como está...
El sargento mayor Malik-el-Haideri lo hizo precediendo al
teniente y ya en el umbral de la puerta se detuvo, pues ante él se
encontraban, expectantes, todos los hombres del campamento
acompañados ahora por la esposa de Razmán y el gigantesco sargento
Ajamuk.
—¡Vaya hacia las dunas...!
Obedeció pese a que la arena ardiente le quemaba la planta de
los pies y avanzó en silencio, con la cabeza gacha y sin mirar a
nadie, hasta el nacimiento de las dunas.
Cuando comprendió que no podía avanzar más y resultaba
inútil intentar trepar por la inclinada pendiente, se volvió, y no le
sorprendió descubrir que el teniente había extraído de la funda su
pesada pistola de reglamento.
Bastó un solo disparo que le voló la cabeza.
Razmán permaneció unos instantes pensativo, contemplando el
cadáver, y luego, muy despacio, guardó de nuevo el arma, regresó
sobre sus pasos, y se enfrentó a los presentes que no se habían
movido de su sitio ni habían efectuado gesto alguno.
Los miró uno por uno, tratando de leer en el fondo de sus ojos,
y por último pareció como si se decidiera a sacar de lo más hondo
algo que le torturaba desde hacía tiempo:
—Sois la escoria de nuestro ejército... —dijo—. Los hombres
que siempre desprecié, y los soldados que nunca hubiera querido
mandar...: ladrones, asesinos, drogadictos y violadores... ¡Carroña...!
—Hizo una pausa—. Pero, en el fondo, quizá no sois más que víctimas,
un reflejo de aquello en lo que este Gobierno ha convertido
nuestro país... —Permitió que meditaran un instante en lo que estaba
intentando hacerles comprender, y subiendo de tono, continuó—:
Pero empieza a ser hora de que las cosas cambien... El
Presidente Abdul-el Kebir ha logrado cruzar la frontera y ha lanzado
un primer llamamiento a la lucha y la unión de cuantos desean
un retorno a la democracia y la libertad... —Hizo una nueva pausa,
esta vez más dramática aún, consciente de la necesidad que tenía de
una cierta teatralidad—. ¡Yo voy a reunirme con él...! —confesó al
fin—. Lo que he visto hoy ha acabado de convencerme y estoy dispuesto
a romper con el pasado y reiniciar la lucha junto al único
hombre en el que confío realmente... ¡Y voy a daros una oportunidad...!
Los que quieran seguirme, cruzar la frontera y unirse a
Abdul-el-Kebir, pueden acompañarme...
Los hombres se miraron incrédulos, incapaces de admitir que el
más acariciado de sus sueños, escapar del infierno de Adoras y huir
del país, les estaba siendo ofrecido en bandeja por el mismísimo
oficial encargado de mantenerlos encerrados.
Muchos de sus compañeros habían intentado la fuga y siempre
fueron capturados, fusilados, o encarcelados por el resto de sus vidas,
y de pronto, aquel joven teniente de cuidado uniforme que acababa
de llegar en compañía de una atractiva esposa y un mastodóntico sargento
de aspecto bonachón, trataba de convencerles de que, lo que
hasta ese mismo momento había sido considerado el peor de los delitos,
se convertía, como por arte de magia, en un acto heroico.
Uno estuvo a punto de soltar la carcajada, otro dio un salto de
alegría, y cuando Razmán, plenamente consciente de lo que hacía y
de cuáles eran los auténticos sentimientos de aquella cuadrilla de
facinerosos, pidió solemnemente que alzaran el brazo cuantos estuvieran
dispuestos a seguirle, fue como si un único resorte irresistible
actuase sobre todas las manos, haciendo que se elevaran al cielo
al unísono.
El teniente sonrió apenas, e intercambió una mirada con su
esposa, que sonrió a su vez. Luego, se volvió a Ajamuk:
—Prepáralo todo —ordenó—. Salimos dentro de dos horas...
—Señaló con la fusta hacia el barracón desde cuyas enrejadas ventanas
la familia de Gacel Sayah había seguido el desarrollo de la
escena—: Ellos vienen con nosotros... —añadió—. Los dejaremos
a salvo al otro lado de la frontera...
***
Fue un largo viaje, sin saber exactamente dónde se dirigía de
regreso a casa, sin saber dónde estaba ahora su casa; en busca de su
familia, sin saber si aún tenía familia.
Fue un largo viaje.
Primero al Oeste, dejando a un día de distancia el nacimiento de
la “tierra vacía”, y luego, cuando supo que ésta ya había concluido,
girando hacia el Norte, consciente de que estaba atravesando de
nuevo la frontera y en cualquier momento podían hacer su aparición,
una vez más, los soldados que parecían haberse convertido en
su pesadilla.
Fue un largo viaje.
Y triste.
Nunca, ni aun en los peores momentos, cuando en el confín de
Tikdabra comprendió que la muerte era ya su única compañera de
camino, imaginó que los acontecimientos pudieran adquirir un sesgo
semejante, pues para él, como guerrero y noble de un pueblo de
nobles guerreros, esa muerte constituía la única derrota definitiva.
Pero ahora, súbitamente, como un mazazo, descubría que el
hecho de morir nada significaba frente a la tremenda realidad de
comprobar que los seres que amaba se convertían en víctimas de su
guerra privada, y se constituían en la auténtica, la más tremenda de
las derrotas.
Por su mente cruzaban una y otra vez, obsesivamente, los rostros
de sus hijos, la voz de Laila, o las escenas infinitamente repetidas
de su vida en el campamento, cuando todo era soledad y paz al
pie de las grandes dunas y los años pasaban sin que nadie acudiera
a turbar la calma de una vida monótona y sencilla.
Fríos amaneceres en los que Laila se acurrucaba contra su estómago
buscando la tibieza de su cuerpo; largas mañanas de luz
esplendorosa y expectante ansiedad en busca de la caza; pesados
mediodías de calor bochornoso y dulce somnolencia; tardes de cielos
rojos en las que las sombras se prolongaban por la llanura como
si quisiera tocar el borde del horizonte y noches olorosas y densas,
a la luz de una hoguera, repitiendo sin fatiga leyendas ya sabidas.
Miedo al harmatan que soplaba rugiente, y a la sequía; amor a la
llanura sin viento, y a la negra nube que se abría para que la tierra
se cubriese con la alfombra verde del acheb.
La cabra que moría, la joven camella que al fin se preñaba, el
llanto del pequeño, la risa del mayor, el gemido de placer de Laila
en la penumbra...
Esa era su vida, la que anhelaba, la única que había ambicionado,
y que había perdido porque no se sintió capaz de soportar una
ofensa contra su honor de targuí.
¿Quién podía haberle culpado por no enfrentarse a un ejército?
¿Quién no le culparía ahora por haberlo hecho perdiendo en la
aventura a su familia? Ignoraba el tamaño de su país. Ignoraba incluso
el número de seres que lo habitaban, y, sin embargo, se había
opuesto a él, a sus soldados y sus gobernantes sin detenerse a meditar
en las consecuencias que tamaña ignorancia podían acarrear.
¿En qué lugar, de aquel país gigantesco, encontraría a su mujer
y sus hijos? ¿Quién, de entre todos sus habitantes, sabría darle noticias
de ellos...? Día a día, a medida que avanzaba hacia el Norte, fue
tomando conciencia de su propia pequeñez, pese a que ni el mismo
desierto, con toda su inmensidad, había conseguido acomplejarle
en más de cuarenta años de existencia.
Ahora se sentía diminuto, no frente a la grandeza de la tierra,
sino frente a la bajeza de quienes la habitaban, que habían sido
capaces de involucrar, en una lucha de hombres, a mujeres y niños.
No conocía las armas con las que debía enfrentarse a semejante
clase de individuos. Nadie le había explicado nunca las reglas de
aquel juego, y recordó una vez más la vieja historia que siempre
contaba el negro Suílem y en la que dos familias en lucha llegaron
a odiarse de tal modo que una vez enterraron a un pequeño en una
duna haciendo que su madre se volviera loca.
Pero había sido una sola vez en toda la historia del Sáhara, y
tanto espanto causó entre sus habitantes, que su recuerdo perduró
a través de los años transmitiéndose de boca en boca en los corros
nocturnos, asqueando a los adultos y sirviendo de enseñanza a los
menores.
“Ved cómo el odio y las luchas a nada conducen más qué al
miedo, la locura y la muerte.”
Podía repetir de memoria cada una de las palabras del anciano,
y quizás ahora, por primera vez después de años de escucharlas,
caía en la cuenta de lo profundo de su significado.
Eran tantos los hombres que habían muerto desde aquel lejano
amanecer en que decidió montar en su mehari y lanzarse al desierto
a la búsqueda de su honor perdido, que no tenía derecho a sorprenderse
de que parte de la sangre de esos muertos le salpicara de pronto
a él y a su familia.
Mubarrak, cuyo único delito había sido conducir a una patrulla
tras las huellas de unos hombres de los que nada sabía; el sudoroso
capitán, que se defendía alegando que se habla limitado a cumplir
órdenes, a las que no podía negarse, los catorce guardianes de
Gerifíes, que no habían cometido otro error que el de dormirse en
su camino; los soldados que mató al borde de la “tierra vacía”, y los
que volaron luego por el aire sin tiempo a averiguar de dónde les
llegaba la muerte...
Demasiados, y él, Gacel Sayah, no tenía más que una vida que
ofrecerles a cambio; una sola muerte con la que compensar tantas
muertes.
Tal vez por ello le exigían a su familia como parte del pago de
tan tremenda deuda.
“¡Insh.Allah!” hubiera exclamado Abdul-el-Kebir.
Le vino a la memoria una vez más la imagen del anciano, y se
preguntó qué habría sido de él, y si habría vuelto, como prometió,
a la lucha por el poder.
“Era un loco... —musitó en voz muy baja—. Un loco soñador,
de los que nacen predestinados a recibir todas las bofetadas, y el grigri
de la desgracia cabalgaba a su lado, pegado a su ropa. Tanta era
la fuerza de ese gri-gri que incluso a mí me contagió parte de su desgracia”.
Para los beduinos, los gri-gri eran espíritus del mal que podían
acarrear la enfermedad, la desgracia o la muerte, y aunque oficial
mente los tuareg se reían de tales supersticiones, propias de siervos
y esclavos, lo cierto era que incluso los más nobles inmouchars se
esforzaban por evitar ciertas regiones, famosas por sus malos espíritus,
o determinadas personas de las que se sabía, positivamente,
que atraían de modo muy especial a los gri-gri.
Triste resultaba, ¡y trágico!, que un gri-gri se enamorara de
alguien, pues resultaba inútil en ese caso intentar escapar al confín
del universo, enterrarse en la más profunda de las dunas, o atravesar
a pie el infierno de Tikdabra.
***
Los gri-gri se aferraban a la piel, como las garrapatas, como el
olor o el tinte de las telas, y ahora el targuí tenía la impresión de que
se había apoderado de él el gri-gri de la muerte; el más fiel e insistente
de entre todos ellos; aquel del que un guerrero tan sólo se
libraba cuando se enfrentaba a otro guerrero cuyo espíritu de muerte
fuese aún más poderoso.
“¿Por qué me has elegido? —le preguntaba a veces, en las
noches, cuando a la luz de la hoguera creía verlo sentado al otro
lado del fuego—. Yo nunca te llamé. Fueron los soldados los que
te atrajeron a mi casa cuando el capitán disparó contra el muchacho
dormido...”
Desde aquel mismo día; desde el momento en que un huésped
había resultado asesinado bajo su techo, resultaba lógico aceptar
que el gri-gri de la muerte se apoderase del dueño de esa jaima, del
mismo modo que el gri-gri del adulterio se instalaba para siempre en
la esposa que traicionaba a su marido durante el mes que precedía
a la boda.
“Pero yo no tuve la culpa —protestó intentando ahuyentarle de
su lado—. Quise defenderle, y hubiera dado mi vida a cambio de la
suya”.
Pero, como Suílem decía, los gri-gri eran sordos a las palabras,
los ruegos e incluso las amenazas de los humanos, pues tenían cri
terio propio, y cuando amaban a alguien lo amaban hasta el fin de
los siglos.
“Hubo una vez un hombre —contaba— al que tomó un amor
inusitado el gri-gri de la langosta. Habitaba en Arabia, y año tras año,
indefectiblemente, la plaga maldita acudía a arrasar sus campos y
los campos de sus conciudadanos”.
“Desesperados, sus vecinos, le llevaron ante el califa rogándole
que lo ejecutara o de lo contrario todos morirían de hambre, pero
el califa que comprendió que el pobre hombre no tenía culpa alguna
de su desgracia, le defendió diciendo: “Si le mato, el gri-gri de la
langosta, que le ama más allá de la muerte, acudirá cada año a visitar
su tumba. Por lo tanto, le ordeno que tanto ahora, en vida,
como su espíritu el día de mañana, cuando muera, viajen cada sieteaños a la costa oeste de África y permanezcan allí durante igual
período de tiempo. De ese modo, como la langosta es también obra
de Alá y no podemos ir contra Alá, pues le ofenderíamos, al menos
distribuimos equitativamente la carga, y disfrutaremos, alternativamente,
de siete años de abundancia y siete de miseria”.
“Así lo hizo el hombre en vida y continuó haciéndolo su alma,
y es por ello que la plaga nos visita siempre durante ese período de
tiempo, y regresa luego, en pos del espíritu del hombre, hasta su
país de origen”.
Fuera cierta o no la leyenda, cierto era, sin embargo, que de
aquel modo se comportaba la langosta, pero cierto era, también,
que los tuareg, más astutos que los campesinos de Arabia, habían
solucionado el problema de su hambre por un procedimiento
mucho más práctico que el de intentar ejecutar a un inocente, y
habían optado por devorar a los insectos, del mismo modo que
éstos devoraban sus cosechas. Tostadas a la brasa, o convertidas en
harina, las transformaban en uno de sus alimentos preferidos, y su
llegada, por millones, ocultando el sol en los mediodías, no representaba
para ellos una imagen de la miseria, sino por el contrario,
de prosperidad y abundancia durante largos meses. Dentro de tres
años regresarían y Laila las convertiría en harina que mezclada con
miel y dátiles haría las delicias de los niños.
Le gustaban aquellos pasteles y añoraba las horas del atardecer
mordisqueándolos contemplando el sol que se ocultaba y sorbiendo
té hirviendo a la puerta de su tienda. Luego, mientras las mujeres
ordeñaban las camellas o los muchachos recogían las cabras,
paseaba despacio hasta el pretil del pozo, a comprobar la altura del
agua, y se negaba a admitir que todo aquello había acabado y nunca
regresaría junto a su pozo y sus palmeras o junto a su familia y su
ganado, por el mero hecho de que el invisible espíritu maligno
amaba su compañía.
“¡Vete! —le suplicó una vez más—. Estoy cansado de llevarte
conmigo y de matar sin saber por qué lo hago”.
Pero sabía que, aunque el gri-gri quisiera marcharse, las almas
en pena de Mubarrak, el capitán y los soldados, nunca se lo permitirían.
***
Cada fin de semana, Anuhar-el Mojkri abandonaba su cómodo
y fresco despacho del Palacio del Gobierno, montaba en el viejo
Simca, que había dejado, cargado de agua y vituallas, en una callejuela
próxima, y se alejaba, traqueteando, hacia los cercanos contrafuertes
de la montaña que dominaba El-Akab, y en cuya cumbre se
alzaban las ruinas de una inaccesible fortaleza que sirvió de refugio
a los habitantes del oasis en época de guerras y algaradas.
Ya nada quedaba por explorar entre los muros de la irreconocible
alcazaba, muchas de cuyas piedras habían sido utilizadas por los
franceses para levantar los edificios públicos de El-Akab, pero
Anuhar-el-Mojkri había descubierto que en las cuevas y paredes
rocosas de las estrechas gargantas que se abrían a espaldas de las
ruinas, existían, si se las buscaba con cuidado y se las libraba del
polvo de milenios, infinidad de pinturas rupestres que hablaban del
más remoto pasado del Sáhara y sus habitantes.
Elefantes, jirafas, antílopes y leopardos; escenas de caza, de
amor y de la vida diaria de antiquísimos pobladores de aquellas tierras,
iban surgiendo bajo sus expertos dedos, que limpiaban la pie
dra con infinito cuidado, guiándose a menudo tan sólo por una
especie de instinto de arqueólogo nato que le hacía buscar la posible
figura allí donde, por lógica, él la hubiera grabado.
Aquél era su gran secreto, y aquél su orgullo, y en su minúsculo
apartamento de soltero se amontonaban cientos de hermosas
fotografías en color que había ido obteniendo a lo largo de más de
dos años de meticuloso trabajo; fotografías que algún día ilustrarían
un grueso volumen con el que Anuhar el-Mojkri sorprendería al
mundo por su hallazgo de los “Frescos de El Akab”.
Y allí, en alguna parte, aún no sabía dónde, pero presentía que
se encontraba cerca, tropezaría al fin con lo que venía buscando
desde siempre; una réplica de “Los Marcianos de Tassili”, aquellas
inmensas figuras de más de dos metros de altura que evocaban fielmente
la actitud y la vestimenta de astronautas que hubieran visitado,
en la noche de los tiempos, las regiones que ahora eran desérticas
pero que, por aquel entonces, debieron ser fértiles y ricas en
toda clase de animales exóticos. Demostrar que, allí, tan lejos de
Tassili, también estuvieron los habitantes de otro planeta, constituía,
sin género de dudas, la culminación de todas las ambiciones del
secretario del gobernador de la provincia, que hubiera sacrificado
con gusto su prometedora carrera política, a cambio de uno de
aquellos dibujos, por rústico que fuera.
Y en el pesado mediodía, cuando el sol caía a plomo sobre su
estrafalario sombrero de paja, y la lisa pared de roca viva del fondo
de una diminuta oquedad protegida de los vientos y las lluvias, le
hacía concebir fundadas esperanzas en un nuevo y, tal vez, revelador
hallazgo, un extraño nerviosismo, como una premonición, se
apoderó de todo su cuerpo, y advirtió que las manos le temblaban
al ir descubriendo la incisión de un profundo trazo que prometía
una alta figura de contornos imprecisos.
Secó el sudor que le corría por la frente empañándole las lentes,
perfiló con tiza blanca la línea ya claramente visible, bebió un corto
trago de agua, y dio un respingo, aterrorizado cuando una voz
conocida, profunda y amenazadora, inquirió a sus espaldas:
—¿Dónde está mi familia...? Dio media vuelta como impelido
por un resorte y tuvo que apoyarse en la pared para no caer de la
impresión al distinguir, a menos de tres metros de distancia, la
negra boca del arma y la erguida silueta del targuí que se había convertido
en su pesadilla.
—¿Tú...? —fue todo lo que supo decir.
—Sí. Yo... —fue la seca respuesta—. ¿Dónde está mi familia?
—¿Tu familia? —se sorprendió—. ¿Qué tengo que ver yo con
tu familia?¿Qué ha ocurrido?
—Se la llevaron los soldados.
Anuhar-el-Mojkri advirtió que las piernas le fallaban, tomó
asiento sobre una roca y se despojó del sombrero, enjugándose el
sudor de la cara con la palma de la mano:
—¿Los soldados? —repitió incrédulo—. ¡No es posible...! No,
no es posible... Yo lo hubiera sabido... —Se limpió las gafas con un
pañuelo que sacó, tembloroso, del bolsillo trasero de su pantalón,
y miró a Gacel de frente con sus ojillos miopes—. ¡Escucha...!
—añadió, y su tono sonaba absolutamente sincero—. El ministro
mencionó la posibilidad de apoderarse de tu familia y canjearla por
Abdul-el-Kebir, pero el general se opuso y no se volvió a hablar del
asunto... ¡Te lo juro!
—¿Qué ministro? ¿Dónde vive?
—El ministro del Interior... Madani. Alí Madani. Vive en la
capital... Pero dudo que tenga a tu familia.
—Si no la tiene él, la tienen los soldados.
—No... —rechazó la idea con la mano, absolutamente convencido—.
Los soldados no, desde luego... El general es amigo mío.
Comemos juntos dos veces por semana... No es hombre que haga
eso, y, de hacerlo, me lo hubiera consultado...
—Pues mi familia no está. Mi esclavo vio cómo se la llevaban
los soldados y cinco de ellos aún me esperan en el guelta de las montañas
del Huaila.
—No serán soldados... —repitió una vez más machaconamente
Anuhar-el-Mojkri—. Serán policías.
Policías del ministro. —agitó la cabeza y añadió despectivo—:
Le creo capaz de hacerlo. Es un hijo de puta. —Se ajustó de nuevo
los lentes, ahora perfectamente limpios, y observó a Gacel con un
nuevo interés—: ¿De verdad atravesaste la “tierra vacía” de
Tikdabra? —quiso saber.
Ante la muda respuesta, soltó un corto resoplido que tal vez
quería expresar su incredulidad o su admiración.
—¡Fantástico! —exclamó—. Realmente fantástico... ¿Sabías que
Abdul el-Kebir está en París? Los franceses le apoyan, y es muy
posible que tú, un targuí analfabeto, cambies el curso de la historia
de nuestro país...
—No me interesa cambiar nada... —replicó alargando la mano y
tomando la cantimplora de la que bebió alzando apenas el velo—. Lo
único que quiero es que me devuelvan a mi familia y me dejen en paz.
—Eso es lo que pretendemos todos: vivir en paz. Tú con tu
familia y yo con mis grabados. Pero dudo que nos lo permitan.
Gacel señaló con un ademán de la cabeza los dibujos, marcados
con tiza, que se distinguían por las paredes vecinas.
—¿Qué es eso? —quiso saber.
—La historia de tus antepasados. O la historia de los hombres
que habitaron estas tierras antes de que los tuareg se adueñaran del
desierto.
—¿Por qué lo haces? ¿Por qué pierdes tu tiempo en esto, en
lugar de estar tranquilamente a la sombra, en El-Akab?
El secretario del gobernador de la provincia se encogió de hombros.
—Tal vez sea porque me siento desilusionado de la política
—señaló—. ¿Recuerdas a Hassán-ben-Koufra? Lo destituyeron, se
fue a Suiza donde había acumulado una pequeña fortuna, y a los
dos días le atropelló un camión de refrescos. ¡Es ridículo...! En unos
meses pasó de “Virrey del Desierto”, a llorar con las patas quebradas
en una clínica cubierta de nieve.
—¿Su esposa está con él?
—Sí.
—En ese caso nada tiene importancia... —señaló el targuí—. Se
amaban. Yo los espié varios días y lo sé.
Anuhar-el-Mojkri asintió convencido.
—Era un auténtico hijo de puta, un politicastro sin escrúpulos
y un ladrón, traidor y ladino... Pero tenía algo bueno: su amor por
Tamar... Nada más que por eso merecía que se le perdonara la vida.
Gacel Sayah sonrió levemente, aunque el otro no pudiera advertirlo,
paseó la mirada por los dibujos de las paredes, y se puso de
pie recuperando su arma:
—Tal vez sea por tu amor a la historia de mis antepasados, por
lo que te perdono ahora la vida —comentó—. Pero procura no
moverte de aquí, ni intentar denunciarme. Si te veo por El-Akab,
antes del lunes, te volaré la cabeza.
El otro había recuperado su tiza, sus cepillos y sus trapos y se
disponía a reanudar su trabajo.
—¡Descuida! —replicó—. No pensaba hacerlo.
Luego, cuando ya el targuí se alejaba, le gritó:
—¡Y confío en que encuentres a tu familia!
Fín del fragmento de hoy, puedes volver al blog si lo deseas:
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