Capítulo XXVI



XXVI


La puerta se abrió de golpe y el sargento Malik-el-Haideri saltó del camastro abalanzándose sobre la pistola que descansaba sobre la mesa, pero se detuvo al distinguir la silueta del teniente Razmán recortándose contra la luminosidad violenta del exterior.

Semidesnudo como se encontraba, hizo un esfuerzo por mantener su aire marcial, se cuadró rígidamente, saludando e intentando entrechocar los tacones, lo que resultó en verdad ridículo aunque el rostro del teniente mostró a las claras que no estaba de humor como para captar la comicidad de la situación, y en cuanto sus ojos se acostumbraron a la penumbra de la estancia, se aproximó a una de las ventanas, abrió los postigos, y señaló con un gesto de su fusta el barracón vecino:

—¿Quién es esa gente que está ahí encerrada, sargento? —quiso saber.

***

Este advirtió que un súbito sudor frío emanaba de cada uno de los poros de su cuerpo, pero luchando por mantener su entereza, replicó:

—La familia del targuí.

—¿Cuánto hace que está aquí?

—Una semana.

Razmán se volvió a él, como si no quisiera dar crédito a lo que estaba oyendo.

—¿Una semana...? —repitió horrorizado—. ¿Quiere hacerme creer que ha tenido a mujeres y niños asándose de calor encerrados en ese infierno durante una semana sin dar parte a sus superiores...?

—La radio está estropeada.

—Mentira... Acabo de hablar con el operador... Usted dio orden de mantener silencio... Por eso me fue imposible comunicarle mi llegada...

De pronto se interrumpió, pues su vista había recaído en la figura de Laila, completamente desnuda, que se acurrucaba asustada, en el más apartado rincón de la estancia, en el punto en que había estado durmiendo sobre una raída manta. Sus ojos fueron, alternativamente, de la muchacha a Malik-el-Haideri, y por último, como si temiera hacer la pregunta, inquirió roncamente:

—¿Quién es?

—La esposa del targuí... Pero no es lo que usted piensa, teniente... —intentó justificarse—. No es lo que usted piensa... Ella aceptó de buena gana... ¡Aceptó...! —repitió extendiendo las manos en ademán de súplica.

El teniente Razmán se aproximó a Laila, que trató de cubrir su desnudez con una punta de la manta.

—¿Es cierto que aceptaste? —quiso saber—. ¿No te forzó?

La targuí le miró fijamente, y luego, volviéndose al sargento, replicó con firmeza:

—Dijo que si no aceptaba, entregaría los niños a los soldados.

El teniente Razmán afirmó una y otra vez en silencio, se volvió lentamente, y señalando la puerta ordenó a Malik:

—¡Salga!

El otro hizo ademán de tomar su ropa, pero el teniente negó con firmeza:

***

—¡No! No es digno de volver a vestir ese uniforme... ¡Salga así! Como está...

El sargento mayor Malik-el-Haideri lo hizo precediendo al teniente y ya en el umbral de la puerta se detuvo, pues ante él se encontraban, expectantes, todos los hombres del campamento acompañados ahora por la esposa de Razmán y el gigantesco sargento Ajamuk.

—¡Vaya hacia las dunas...!

Obedeció pese a que la arena ardiente le quemaba la planta de los pies y avanzó en silencio, con la cabeza gacha y sin mirar a nadie, hasta el nacimiento de las dunas.

Cuando comprendió que no podía avanzar más y resultaba inútil intentar trepar por la inclinada pendiente, se volvió, y no le sorprendió descubrir que el teniente había extraído de la funda su pesada pistola de reglamento.

Bastó un solo disparo que le voló la cabeza.

Razmán permaneció unos instantes pensativo, contemplando el cadáver, y luego, muy despacio, guardó de nuevo el arma, regresó sobre sus pasos, y se enfrentó a los presentes que no se habían movido de su sitio ni habían efectuado gesto alguno.

Los miró uno por uno, tratando de leer en el fondo de sus ojos, y por último pareció como si se decidiera a sacar de lo más hondo algo que le torturaba desde hacía tiempo:

—Sois la escoria de nuestro ejército... —dijo—. Los hombres que siempre desprecié, y los soldados que nunca hubiera querido mandar...: ladrones, asesinos, drogadictos y violadores... ¡Carroña...! —Hizo una pausa—. Pero, en el fondo, quizá no sois más que víctimas, un reflejo de aquello en lo que este Gobierno ha convertido nuestro país... —Permitió que meditaran un instante en lo que estaba intentando hacerles comprender, y subiendo de tono, continuó—: Pero empieza a ser hora de que las cosas cambien... El Presidente Abdul-el Kebir ha logrado cruzar la frontera y ha lanzado un primer llamamiento a la lucha y la unión de cuantos desean un retorno a la democracia y la libertad... —Hizo una nueva pausa, esta vez más dramática aún, consciente de la necesidad que tenía de una cierta teatralidad—. ¡Yo voy a reunirme con él...! —confesó al fin—. Lo que he visto hoy ha acabado de convencerme y estoy dispuesto a romper con el pasado y reiniciar la lucha junto al único hombre en el que confío realmente... ¡Y voy a daros una oportunidad...! Los que quieran seguirme, cruzar la frontera y unirse a Abdul-el-Kebir, pueden acompañarme...

Los hombres se miraron incrédulos, incapaces de admitir que el más acariciado de sus sueños, escapar del infierno de Adoras y huir del país, les estaba siendo ofrecido en bandeja por el mismísimo oficial encargado de mantenerlos encerrados.

Muchos de sus compañeros habían intentado la fuga y siempre fueron capturados, fusilados, o encarcelados por el resto de sus vidas, y de pronto, aquel joven teniente de cuidado uniforme que acababa de llegar en compañía de una atractiva esposa y un mastodóntico sargento de aspecto bonachón, trataba de convencerles de que, lo que hasta ese mismo momento había sido considerado el peor de los delitos, se convertía, como por arte de magia, en un acto heroico.

Uno estuvo a punto de soltar la carcajada, otro dio un salto de alegría, y cuando Razmán, plenamente consciente de lo que hacía y de cuáles eran los auténticos sentimientos de aquella cuadrilla de facinerosos, pidió solemnemente que alzaran el brazo cuantos estuvieran dispuestos a seguirle, fue como si un único resorte irresistible actuase sobre todas las manos, haciendo que se elevaran al cielo al unísono.

El teniente sonrió apenas, e intercambió una mirada con su esposa, que sonrió a su vez. Luego, se volvió a Ajamuk:

—Prepáralo todo —ordenó—. Salimos dentro de dos horas... —Señaló con la fusta hacia el barracón desde cuyas enrejadas ventanas la familia de Gacel Sayah había seguido el desarrollo de la escena—: Ellos vienen con nosotros... —añadió—. Los dejaremos a salvo al otro lado de la frontera...

***

Fue un largo viaje, sin saber exactamente dónde se dirigía de regreso a casa, sin saber dónde estaba ahora su casa; en busca de su familia, sin saber si aún tenía familia.

Fue un largo viaje.

Primero al Oeste, dejando a un día de distancia el nacimiento de la “tierra vacía”, y luego, cuando supo que ésta ya había concluido, girando hacia el Norte, consciente de que estaba atravesando de nuevo la frontera y en cualquier momento podían hacer su aparición, una vez más, los soldados que parecían haberse convertido en su pesadilla.

Fue un largo viaje.

Y triste.

Nunca, ni aun en los peores momentos, cuando en el confín de Tikdabra comprendió que la muerte era ya su única compañera de camino, imaginó que los acontecimientos pudieran adquirir un sesgo semejante, pues para él, como guerrero y noble de un pueblo de nobles guerreros, esa muerte constituía la única derrota definitiva.

Pero ahora, súbitamente, como un mazazo, descubría que el hecho de morir nada significaba frente a la tremenda realidad de comprobar que los seres que amaba se convertían en víctimas de su guerra privada, y se constituían en la auténtica, la más tremenda de las derrotas.

Por su mente cruzaban una y otra vez, obsesivamente, los rostros de sus hijos, la voz de Laila, o las escenas infinitamente repetidas de su vida en el campamento, cuando todo era soledad y paz al pie de las grandes dunas y los años pasaban sin que nadie acudiera a turbar la calma de una vida monótona y sencilla.

Fríos amaneceres en los que Laila se acurrucaba contra su estómago buscando la tibieza de su cuerpo; largas mañanas de luz esplendorosa y expectante ansiedad en busca de la caza; pesados mediodías de calor bochornoso y dulce somnolencia; tardes de cielos rojos en las que las sombras se prolongaban por la llanura como si quisiera tocar el borde del horizonte y noches olorosas y densas, a la luz de una hoguera, repitiendo sin fatiga leyendas ya sabidas.

Miedo al harmatan que soplaba rugiente, y a la sequía; amor a la llanura sin viento, y a la negra nube que se abría para que la tierra se cubriese con la alfombra verde del acheb.

La cabra que moría, la joven camella que al fin se preñaba, el llanto del pequeño, la risa del mayor, el gemido de placer de Laila en la penumbra...

Esa era su vida, la que anhelaba, la única que había ambicionado, y que había perdido porque no se sintió capaz de soportar una ofensa contra su honor de targuí.

¿Quién podía haberle culpado por no enfrentarse a un ejército? ¿Quién no le culparía ahora por haberlo hecho perdiendo en la aventura a su familia? Ignoraba el tamaño de su país. Ignoraba incluso el número de seres que lo habitaban, y, sin embargo, se había opuesto a él, a sus soldados y sus gobernantes sin detenerse a meditar en las consecuencias que tamaña ignorancia podían acarrear.

¿En qué lugar, de aquel país gigantesco, encontraría a su mujer y sus hijos? ¿Quién, de entre todos sus habitantes, sabría darle noticias de ellos...? Día a día, a medida que avanzaba hacia el Norte, fue tomando conciencia de su propia pequeñez, pese a que ni el mismo desierto, con toda su inmensidad, había conseguido acomplejarle en más de cuarenta años de existencia.

Ahora se sentía diminuto, no frente a la grandeza de la tierra, sino frente a la bajeza de quienes la habitaban, que habían sido capaces de involucrar, en una lucha de hombres, a mujeres y niños.

No conocía las armas con las que debía enfrentarse a semejante clase de individuos. Nadie le había explicado nunca las reglas de aquel juego, y recordó una vez más la vieja historia que siempre contaba el negro Suílem y en la que dos familias en lucha llegaron a odiarse de tal modo que una vez enterraron a un pequeño en una duna haciendo que su madre se volviera loca.

Pero había sido una sola vez en toda la historia del Sáhara, y tanto espanto causó entre sus habitantes, que su recuerdo perduró a través de los años transmitiéndose de boca en boca en los corros nocturnos, asqueando a los adultos y sirviendo de enseñanza a los menores.

“Ved cómo el odio y las luchas a nada conducen más qué al miedo, la locura y la muerte.”

Podía repetir de memoria cada una de las palabras del anciano, y quizás ahora, por primera vez después de años de escucharlas, caía en la cuenta de lo profundo de su significado.

Eran tantos los hombres que habían muerto desde aquel lejano amanecer en que decidió montar en su mehari y lanzarse al desierto a la búsqueda de su honor perdido, que no tenía derecho a sorprenderse de que parte de la sangre de esos muertos le salpicara de pronto a él y a su familia.

Mubarrak, cuyo único delito había sido conducir a una patrulla tras las huellas de unos hombres de los que nada sabía; el sudoroso capitán, que se defendía alegando que se habla limitado a cumplir órdenes, a las que no podía negarse, los catorce guardianes de Gerifíes, que no habían cometido otro error que el de dormirse en su camino; los soldados que mató al borde de la “tierra vacía”, y los que volaron luego por el aire sin tiempo a averiguar de dónde les llegaba la muerte...

Demasiados, y él, Gacel Sayah, no tenía más que una vida que ofrecerles a cambio; una sola muerte con la que compensar tantas muertes.

Tal vez por ello le exigían a su familia como parte del pago de tan tremenda deuda.

“¡Insh.Allah!” hubiera exclamado Abdul-el-Kebir.

Le vino a la memoria una vez más la imagen del anciano, y se preguntó qué habría sido de él, y si habría vuelto, como prometió, a la lucha por el poder.

“Era un loco... —musitó en voz muy baja—. Un loco soñador, de los que nacen predestinados a recibir todas las bofetadas, y el grigri de la desgracia cabalgaba a su lado, pegado a su ropa. Tanta era la fuerza de ese gri-gri que incluso a mí me contagió parte de su desgracia”.

Para los beduinos, los gri-gri eran espíritus del mal que podían acarrear la enfermedad, la desgracia o la muerte, y aunque oficial mente los tuareg se reían de tales supersticiones, propias de siervos y esclavos, lo cierto era que incluso los más nobles inmouchars se esforzaban por evitar ciertas regiones, famosas por sus malos espíritus, o determinadas personas de las que se sabía, positivamente, que atraían de modo muy especial a los gri-gri.

Triste resultaba, ¡y trágico!, que un gri-gri se enamorara de alguien, pues resultaba inútil en ese caso intentar escapar al confín del universo, enterrarse en la más profunda de las dunas, o atravesar a pie el infierno de Tikdabra.

***

Los gri-gri se aferraban a la piel, como las garrapatas, como el olor o el tinte de las telas, y ahora el targuí tenía la impresión de que se había apoderado de él el gri-gri de la muerte; el más fiel e insistente de entre todos ellos; aquel del que un guerrero tan sólo se libraba cuando se enfrentaba a otro guerrero cuyo espíritu de muerte fuese aún más poderoso.

“¿Por qué me has elegido? —le preguntaba a veces, en las noches, cuando a la luz de la hoguera creía verlo sentado al otro lado del fuego—. Yo nunca te llamé. Fueron los soldados los que te atrajeron a mi casa cuando el capitán disparó contra el muchacho dormido...”

Desde aquel mismo día; desde el momento en que un huésped había resultado asesinado bajo su techo, resultaba lógico aceptar que el gri-gri de la muerte se apoderase del dueño de esa jaima, del mismo modo que el gri-gri del adulterio se instalaba para siempre en la esposa que traicionaba a su marido durante el mes que precedía a la boda.

“Pero yo no tuve la culpa —protestó intentando ahuyentarle de su lado—. Quise defenderle, y hubiera dado mi vida a cambio de la suya”.

Pero, como Suílem decía, los gri-gri eran sordos a las palabras, los ruegos e incluso las amenazas de los humanos, pues tenían cri terio propio, y cuando amaban a alguien lo amaban hasta el fin de los siglos.

“Hubo una vez un hombre —contaba— al que tomó un amor inusitado el gri-gri de la langosta. Habitaba en Arabia, y año tras año, indefectiblemente, la plaga maldita acudía a arrasar sus campos y los campos de sus conciudadanos”.

“Desesperados, sus vecinos, le llevaron ante el califa rogándole que lo ejecutara o de lo contrario todos morirían de hambre, pero el califa que comprendió que el pobre hombre no tenía culpa alguna de su desgracia, le defendió diciendo: “Si le mato, el gri-gri de la langosta, que le ama más allá de la muerte, acudirá cada año a visitar su tumba. Por lo tanto, le ordeno que tanto ahora, en vida, como su espíritu el día de mañana, cuando muera, viajen cada sieteaños a la costa oeste de África y permanezcan allí durante igual período de tiempo. De ese modo, como la langosta es también obra de Alá y no podemos ir contra Alá, pues le ofenderíamos, al menos distribuimos equitativamente la carga, y disfrutaremos, alternativamente, de siete años de abundancia y siete de miseria”.

“Así lo hizo el hombre en vida y continuó haciéndolo su alma, y es por ello que la plaga nos visita siempre durante ese período de tiempo, y regresa luego, en pos del espíritu del hombre, hasta su país de origen”.

Fuera cierta o no la leyenda, cierto era, sin embargo, que de aquel modo se comportaba la langosta, pero cierto era, también, que los tuareg, más astutos que los campesinos de Arabia, habían solucionado el problema de su hambre por un procedimiento mucho más práctico que el de intentar ejecutar a un inocente, y habían optado por devorar a los insectos, del mismo modo que éstos devoraban sus cosechas. Tostadas a la brasa, o convertidas en harina, las transformaban en uno de sus alimentos preferidos, y su llegada, por millones, ocultando el sol en los mediodías, no representaba para ellos una imagen de la miseria, sino por el contrario, de prosperidad y abundancia durante largos meses. Dentro de tres años regresarían y Laila las convertiría en harina que mezclada con miel y dátiles haría las delicias de los niños.

Le gustaban aquellos pasteles y añoraba las horas del atardecer mordisqueándolos contemplando el sol que se ocultaba y sorbiendo té hirviendo a la puerta de su tienda. Luego, mientras las mujeres ordeñaban las camellas o los muchachos recogían las cabras, paseaba despacio hasta el pretil del pozo, a comprobar la altura del agua, y se negaba a admitir que todo aquello había acabado y nunca regresaría junto a su pozo y sus palmeras o junto a su familia y su ganado, por el mero hecho de que el invisible espíritu maligno amaba su compañía.

“¡Vete! —le suplicó una vez más—. Estoy cansado de llevarte conmigo y de matar sin saber por qué lo hago”.

Pero sabía que, aunque el gri-gri quisiera marcharse, las almas en pena de Mubarrak, el capitán y los soldados, nunca se lo permitirían.

***

Cada fin de semana, Anuhar-el Mojkri abandonaba su cómodo y fresco despacho del Palacio del Gobierno, montaba en el viejo Simca, que había dejado, cargado de agua y vituallas, en una callejuela próxima, y se alejaba, traqueteando, hacia los cercanos contrafuertes de la montaña que dominaba El-Akab, y en cuya cumbre se alzaban las ruinas de una inaccesible fortaleza que sirvió de refugio a los habitantes del oasis en época de guerras y algaradas.

Ya nada quedaba por explorar entre los muros de la irreconocible alcazaba, muchas de cuyas piedras habían sido utilizadas por los franceses para levantar los edificios públicos de El-Akab, pero Anuhar-el-Mojkri había descubierto que en las cuevas y paredes rocosas de las estrechas gargantas que se abrían a espaldas de las ruinas, existían, si se las buscaba con cuidado y se las libraba del polvo de milenios, infinidad de pinturas rupestres que hablaban del más remoto pasado del Sáhara y sus habitantes.

Elefantes, jirafas, antílopes y leopardos; escenas de caza, de amor y de la vida diaria de antiquísimos pobladores de aquellas tierras, iban surgiendo bajo sus expertos dedos, que limpiaban la pie dra con infinito cuidado, guiándose a menudo tan sólo por una especie de instinto de arqueólogo nato que le hacía buscar la posible figura allí donde, por lógica, él la hubiera grabado.

Aquél era su gran secreto, y aquél su orgullo, y en su minúsculo apartamento de soltero se amontonaban cientos de hermosas fotografías en color que había ido obteniendo a lo largo de más de dos años de meticuloso trabajo; fotografías que algún día ilustrarían un grueso volumen con el que Anuhar el-Mojkri sorprendería al mundo por su hallazgo de los “Frescos de El Akab”.

Y allí, en alguna parte, aún no sabía dónde, pero presentía que se encontraba cerca, tropezaría al fin con lo que venía buscando desde siempre; una réplica de “Los Marcianos de Tassili”, aquellas inmensas figuras de más de dos metros de altura que evocaban fielmente la actitud y la vestimenta de astronautas que hubieran visitado, en la noche de los tiempos, las regiones que ahora eran desérticas pero que, por aquel entonces, debieron ser fértiles y ricas en toda clase de animales exóticos. Demostrar que, allí, tan lejos de Tassili, también estuvieron los habitantes de otro planeta, constituía, sin género de dudas, la culminación de todas las ambiciones del secretario del gobernador de la provincia, que hubiera sacrificado con gusto su prometedora carrera política, a cambio de uno de aquellos dibujos, por rústico que fuera.

Y en el pesado mediodía, cuando el sol caía a plomo sobre su estrafalario sombrero de paja, y la lisa pared de roca viva del fondo de una diminuta oquedad protegida de los vientos y las lluvias, le hacía concebir fundadas esperanzas en un nuevo y, tal vez, revelador hallazgo, un extraño nerviosismo, como una premonición, se apoderó de todo su cuerpo, y advirtió que las manos le temblaban al ir descubriendo la incisión de un profundo trazo que prometía una alta figura de contornos imprecisos.

Secó el sudor que le corría por la frente empañándole las lentes, perfiló con tiza blanca la línea ya claramente visible, bebió un corto trago de agua, y dio un respingo, aterrorizado cuando una voz conocida, profunda y amenazadora, inquirió a sus espaldas:

—¿Dónde está mi familia...? Dio media vuelta como impelido por un resorte y tuvo que apoyarse en la pared para no caer de la impresión al distinguir, a menos de tres metros de distancia, la negra boca del arma y la erguida silueta del targuí que se había convertido en su pesadilla.

—¿Tú...? —fue todo lo que supo decir.

—Sí. Yo... —fue la seca respuesta—. ¿Dónde está mi familia?

—¿Tu familia? —se sorprendió—. ¿Qué tengo que ver yo con tu familia?¿Qué ha ocurrido?

—Se la llevaron los soldados.

Anuhar-el-Mojkri advirtió que las piernas le fallaban, tomó asiento sobre una roca y se despojó del sombrero, enjugándose el sudor de la cara con la palma de la mano:

—¿Los soldados? —repitió incrédulo—. ¡No es posible...! No, no es posible... Yo lo hubiera sabido... —Se limpió las gafas con un pañuelo que sacó, tembloroso, del bolsillo trasero de su pantalón, y miró a Gacel de frente con sus ojillos miopes—. ¡Escucha...! —añadió, y su tono sonaba absolutamente sincero—. El ministro mencionó la posibilidad de apoderarse de tu familia y canjearla por Abdul-el-Kebir, pero el general se opuso y no se volvió a hablar del asunto... ¡Te lo juro!

—¿Qué ministro? ¿Dónde vive?

—El ministro del Interior... Madani. Alí Madani. Vive en la capital... Pero dudo que tenga a tu familia.

—Si no la tiene él, la tienen los soldados.

—No... —rechazó la idea con la mano, absolutamente convencido—. Los soldados no, desde luego... El general es amigo mío. Comemos juntos dos veces por semana... No es hombre que haga eso, y, de hacerlo, me lo hubiera consultado...

—Pues mi familia no está. Mi esclavo vio cómo se la llevaban los soldados y cinco de ellos aún me esperan en el guelta de las montañas del Huaila.

—No serán soldados... —repitió una vez más machaconamente Anuhar-el-Mojkri—. Serán policías.

Policías del ministro. —agitó la cabeza y añadió despectivo—: Le creo capaz de hacerlo. Es un hijo de puta. —Se ajustó de nuevo los lentes, ahora perfectamente limpios, y observó a Gacel con un nuevo interés—: ¿De verdad atravesaste la “tierra vacía” de Tikdabra? —quiso saber.

Ante la muda respuesta, soltó un corto resoplido que tal vez quería expresar su incredulidad o su admiración.

—¡Fantástico! —exclamó—. Realmente fantástico... ¿Sabías que Abdul el-Kebir está en París? Los franceses le apoyan, y es muy posible que tú, un targuí analfabeto, cambies el curso de la historia de nuestro país...

—No me interesa cambiar nada... —replicó alargando la mano y tomando la cantimplora de la que bebió alzando apenas el velo—. Lo único que quiero es que me devuelvan a mi familia y me dejen en paz.

—Eso es lo que pretendemos todos: vivir en paz. Tú con tu familia y yo con mis grabados. Pero dudo que nos lo permitan.

Gacel señaló con un ademán de la cabeza los dibujos, marcados con tiza, que se distinguían por las paredes vecinas.

—¿Qué es eso? —quiso saber.

—La historia de tus antepasados. O la historia de los hombres que habitaron estas tierras antes de que los tuareg se adueñaran del desierto.

—¿Por qué lo haces? ¿Por qué pierdes tu tiempo en esto, en lugar de estar tranquilamente a la sombra, en El-Akab?

El secretario del gobernador de la provincia se encogió de hombros.

—Tal vez sea porque me siento desilusionado de la política —señaló—. ¿Recuerdas a Hassán-ben-Koufra? Lo destituyeron, se fue a Suiza donde había acumulado una pequeña fortuna, y a los dos días le atropelló un camión de refrescos. ¡Es ridículo...! En unos meses pasó de “Virrey del Desierto”, a llorar con las patas quebradas en una clínica cubierta de nieve.

—¿Su esposa está con él?

—Sí.

—En ese caso nada tiene importancia... —señaló el targuí—. Se amaban. Yo los espié varios días y lo sé.

Anuhar-el-Mojkri asintió convencido.

—Era un auténtico hijo de puta, un politicastro sin escrúpulos y un ladrón, traidor y ladino... Pero tenía algo bueno: su amor por Tamar... Nada más que por eso merecía que se le perdonara la vida.

Gacel Sayah sonrió levemente, aunque el otro no pudiera advertirlo, paseó la mirada por los dibujos de las paredes, y se puso de pie recuperando su arma:

—Tal vez sea por tu amor a la historia de mis antepasados, por lo que te perdono ahora la vida —comentó—. Pero procura no moverte de aquí, ni intentar denunciarme. Si te veo por El-Akab, antes del lunes, te volaré la cabeza.

El otro había recuperado su tiza, sus cepillos y sus trapos y se disponía a reanudar su trabajo.

—¡Descuida! —replicó—. No pensaba hacerlo.

Luego, cuando ya el targuí se alejaba, le gritó:

—¡Y confío en que encuentres a tu familia!



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