Capítulo XXIV
XXIV
—En ese mismo camastro en el que estás sentada, y aproximadamente
a esta misma hora, cuando todos dormían, tu marido
degolló a mi capitán, y comenzó a complicarse la vida aún más de
lo que la tenía.
Laila hizo un gesto instintivo para levantarse del camastro, pero
el sargento Malik-el-Haideri colocó con fuerza la mano sobre su
hombro y la obligó a permanecer en el sitio.
—No te he dado permiso para moverte —puntualizó—. Y tienes
que ir acostumbrándote a la idea de que en Adoras, y hasta que
envíen a un nuevo oficial, nada se mueve sin mi permiso.
Atravesó la estancia, tomó asiento en la vieja mecedora en la
que el difunto Kaleb-el-Fasi pasaba horas leyendo y balanceándose
y se impulsó, despacio, sin apartar la vista de la muchacha.
—Eres muy bonita... —dijo al fin con la voz un poco ronca—.
La targuí más bonita que he visto nunca... ¿Cuántos años tienes?
—No lo sé. Y no soy targuí. Soy akli.
—¿Akli...? ¡Hija de esclavos! —exclamó—. ¡Vaya...! Ese targuí
debe estar loco por ti para convertir a una esclava en su esposa. No
me extraña... Tienes aspecto de ser buena en la cama. ¿Eres buena
en la cama? No obtuvo respuesta y se diría que no la esperaba.
Buscó un cigarrillo en el bolsillo superior de su camisa, lo prendió
con el encendedor que había pertenecido al capitán, y fumó despacio
complaciéndose en el humo y en la visión de la muchacha que
le contemplaba a su vez, erguida y desafiante.
—¿Sabes cuánto tiempo hace que no veo a una mujer desnuda?
—inquirió sonriendo con amargura—. No; no puedes saberlo, porque
ni siquiera yo mismo lo recuerdo a estas alturas. —Hizo un
ademán con la cabeza hacia un viejo calendario que colgaba sobre
la cama—. Esa puta gorda, que ya debe tener cien años, es todo
cuanto he tenido en este tiempo y he pasado horas mirándola, masturbándome
y soñando en el día en que encontrara una mujer de
verdad. —Buscó un sucio pañuelo y se enjugó el sudor que corría
libremente por su cuello—. Y ahora estás aquí, como en mis sueños;
mejor y más joven aún que en mis sueños... —Hizo una pausa
y por último, suavemente sin alzar el tono de voz pero con firmeza,
añadió—: Desnúdate.
Laila permaneció inmóvil, como si no le hubiera oído y tan sólo
un leve destello de temor brilló en el fondo de sus inmensos ojos
negros mientras sus dedos se crispaban levemente sobre la áspera
y sucia tela del jergón.
Malik-el-Haideri aguardó unos instantes, concluyó su cigarrillo,
lo depositó con cuidado en el suelo, bajo la mecedora, y dejó que
ésta lo aplastara en su vaivén. Alzó de nuevo el rostro y la miró con
fijeza.
—¡Escucha...! —señaló—. Hay dos formas de llevar estos asuntos
adelante: Por las buenas, o por las malas. Yo, personalmente,
prefiero la primera, porque es siempre más divertida para los dos.
Colaboras, pasamos un rato agradable, y yo colaboro a mi vez,
haciéndote el encierro más llevadero. Si te resistes, obtendré lo
mismo por la fuerza, y además no me importará en absoluto lo que
pueda pasarte después... O lo que pueda pasarle a tu gente...
—Sonrió con intención—. Dos de los hijos de tu esposo son muy
guapos... ¡Lindos adolescentes...! ¿Te has fijado en cómo los miran
algunos de mis hombres? También llevan aquí años encerrados y
hay por lo menos ocho que se sentirán muy felices si hago la vista
gorda y permito que esta noche, cuando todos duerman, les pongan
la mano encima a esos muchachos...
—Eres un cerdo.
—No más que otro cualquiera que haya pasado tanto tiempo
como yo en este maldito desierto. —Se detuvo en su balanceo y se
inclinó hacia atrás, contemplando, a través del ventanuco, las altas
dunas que encerrajaban el oasis—. Las cosas se ven distintas desde
aquí, a medida que van corriendo los años y pierdes la esperanza de
que algún día te permitan regresar... Cuando comprendes que ya
nadie va a sentir nunca interés o compasión por ti, dejas de sentir
interés o compasión por los demás. —Se volvió de nuevo a mirarla—.
No me van a dar nada. Lo que yo no tome, nadie me lo ofrecerá
y te garantizo que, en cuanto te vean, otros lo intentarán también...
¡Desnúdate! —repitió, y ahora era ya una orden.
Laila dudó.
Aún trató de resistirse y todo su ser se rebeló contra la idea de
obedecer, pero comprendió, lo sabía desde el momento en que lo
vio por primera vez, que el sargento mayor Malik-el-Haideri era
capaz de todo, incluso de permitir que sus hombres se divirtieran
hasta el agotamiento con los hijos de su esposo, a los que éste le
había enseñado a querer como si fueran propios.
Al fin, muy lentamente, se puso en pie, cruzó los brazos, asió
los bordes de su sencillo vestido, y lo alzó sobre su cabeza arrojándolo
a un rincón.
Su cuerpo, firme, joven y oscuro, de pechos pequeños y duras
nalgas, quedó por completo al descubierto, y el sargento Malik lo
contempló largo rato sin dejar por ello de mecerse, como si le complaciera
la idea de prolongar lo más posible aquel momento regodeándose
con sus pensamientos a la espera de desnudarse a su vez.
***
El sol estaba muy alto, el hedor de los cadáveres comenzaba a
hacerse insoportable y los buitres se habían convertido en una nube
contra la que resultaba inútil combatir.
Distinguió en primer lugar la columna de polvo que se alzaba al
Oeste aproximándose con rapidez, y cuando trepó al jeep y trató de
estudiar el mecanismo de la ametralladora dispuesto a defenderse,
advirtió la mancha gris y maciza de un nuevo vehículo que llegaba
del Sur, más lento y pesado, coronada su diminuta torreta por un
cañón ligero de tiro rápido.
Su aguda vista le hizo comprender que contra semejante arma
todo intento de resistencia resultaba inútil, y trató de consolarse
con la idea de que había vencido al desierto de los desiertos de
Tikdabra, y que tan sólo su fidelidad hacia su huésped había conseguido
derrotarle.
Tomó su rifle y avanzó hasta el borde mismo de la hamada sin
buscar la protección de rocas o matojos, mientras Abdul-el-Kebir
quedaba a sus espaldas, fuera del alcance de las balas.
Aprestó su arma y esperó calculando la distancia y el momento
en que el jeep se pusiera a tiro, pero cuando pudo distinguir perfectamente
a los soldados, y dudaba, con el arma encarada, entre abatir
al conductor o al que se disponía a amartillar la ametralladora,
resonó, lejana, una explosión, un obús silbó en el aire, y el vehículo
saltó en pedazos, alcanzado de pleno y frenado en seco como si
se hubiera estrellado contra un muro invisible.
Un cadáver destrozado voló a más de cuarenta metros de distancia,
el otro se desintegró como si nunca hubiera existido y a los
pocos segundos no quedaba del jeep más que un montón de humeante
chatarra.
Gacel Sayah, inmouchar del Pueblo del Kel-Talgimus, conocido
por el sobrenombre de “el Cazador”, permaneció clavado en el
suelo, asombrado, incapaz quizá por única vez en su vida, de comprender
qué era lo que estaba ocurriendo ante sus propios ojos.
Al fin, lentamente, se volvió hacia el segundo de los vehículos,
la tanqueta-oruga, que continuaba su marcha impertérrita, y que fue
a detenerse a una veintena de metros de distancia, en el punto exacto
en que se unían la hamada y la “tierra vacía”.
Un hombre alto, de cuidado bigote, uniforme color arena, y
estrellas en la bocamanga, saltó de inmediato y avanzó con paso
firme para detenerse frente al targuí.
—¿Abdul-el-Kebir...? —inquirió.
Gacel señaló a sus espaldas.
El oficial sonrió aliviado y agitó la cabeza como si acabara de
quitarse un gran peso de encima.
—En nombre de mi Gobierno y en el mío propio, les doy la
bienvenida a nuestro país... Será para mí un honor escoltarlos al
puesto militar y acompañar personalmente al Presidente Kebir
hasta la capital...
Echaron a andar despacio, hacia el vehículo, y, al hacerlo, Gacel
no pudo evitar lanzar una larga mirada hacia los restos del destrozado
jeep aún humeante. El recién llegado lo advirtió y agitó la
cabeza negativamente.
—Somos un país pequeño, pobre, y pacífico, pero no nos gusta
que nadie invada nuestras fronteras.
Cuando llegaron junto al cuerpo, aún inconsciente, de Abdul-el-
Kebir, lo examinó minuciosamente, se cercioró de que respiraba
con naturalidad y parecía fuera de peligro, y alzó el rostro lanzando
una larga mirada a la infinita llanura que se abría ante él.
—¡Nunca hubiera creído que nadie..., nadie en este mundo....
fuera capaz de atravesar este lugar maldito!
Gacel sonrió levemente.
—Acepta un consejo —dijo—. ¡Huye de Tikdabra!
Capítulo XXV
XXV
A las tres horas de marcha golpeó levemente el antebrazo del
oficial.
—Para... —pidió.
El otro obedeció deteniendo el jeep, y alzando la mano para que
la tanqueta que les seguía se detuviera a su vez.
—¿Qué ocurre...? —quiso saber.
—Me bajo aquí.
—¿Aquí...? —Se asombró dirigiendo una desconcertada mirada
a la llanura de piedras y matojos—. ¿Qué vas a hacer aquí?
—Volver a casa... —señaló el targuí—. Tú vas al Sur. Mi familia
está allá, muy lejos, al Nordeste, en las montañas del Huaila... Es
hora de regresar.
El militar agitó la cabeza como si le costara trabajo admitirlo.
—¿A pie? ¿Y solo...?
—Alguien me venderá un camello.
—Es un viaje muy largo bordeando la “tierra vacía”.
—Por eso debo emprenderlo cuanto antes.
El oficial se volvió y señaló con un gesto de la cabeza el dormi
do cuerpo de Abdul-el-Kebir.
—¿No vas a esperar a que despierte...? Querrá darte las gracias
personalmente...
Gacel negó con naturalidad. Había descendido a tierra tomando
sus armas y su gerba de agua.
—No tiene nada que agradecerme... —Hizo una corta pausa—.
Quería cruzar la frontera y ya la ha cruzado. Ahora es tu huésped...
—Le dirigió una larga mirada afectuosa—. Deséale suerte de mi
parte.
El otro pareció comprender que su decisión era firme y nada
podía hacer para disuadirle.
—¿Necesitas algo? —inquirió—. ¿Dinero o provisiones?
Negó con la cabeza y señaló la llanura:
—Ahora soy un hombre rico, y en esta región he visto mucha
caza. No necesito nada.
Permaneció muy quieto mientras los vehículos pasaban a su
lado y se alejaban hacia el Sur, y tan sólo cuando el polvo que habían
levantado se posó de nuevo y el ruido de los motores se perdió
en la distancia, miró a su alrededor, se orientó aunque no existiera
en la ancha planicie accidente natural alguno que sirviese para
orientarle, e inició la caminata, sin prisa, con el aire tranquilo del
paseante que recorre un prado en el suave atardecer, admirando el
paisaje, cada matojo, cada roca, cada zancuda y cada escurridiza serpiente.
Tenía agua, un buen rifle y municiones; aquél era su mundo, el
corazón del desierto que amaba, y pensaba disfrutar de un largo
viaje al final del cual encontraría a su esposa, sus hijos, sus esclavos,
sus cabras y camellos.
Corría una brisa suave, y al oscurecer las bestias de la planicie
abandonaron sus refugios para ramonear los bajos chaparrales, en los
que abatió una hermosa liebre que le sirvió de cena a la luz de una
hoguera de tamariscos. Luego contempló las estrellas que acudieron
a hacerle compañía, y se complació en sus recuerdos; el rostro y el
cuerpo de Laila; las risas y juego de sus hijos; la voz, profunda y las
inteligentes palabras de su amigo Abdul-el-Kebir y la hermosa, apasionante
e inolvidable aventura que le había tocado vivir en el umbral
mismo de la madurez, que marcaría su vida para siempre y que los
ancianos relatarían durante años, asombrando a los muchachuelos
con las hazañas del único hombre que había desafiado a un ejército y
a la “tierra vacía” de Tikdabra al mismo tiempo.
Y contaría a sus nietos cuáles fueron sus sentimientos el día que
pasó en compañía de los espíritus de “La Gran Caravana” y cómo
les habló de su miedo a morir también en la llanura, y cómo las
voces ahogadas de las momias y sus dedos sin carne le marcaron el
camino correcto, y cómo lo siguió durante tres días y tres noches,
sin detenerse ni una sola vez en ese tiempo, consciente de que, si lo
hacía, ni él ni la bestia serían capaces de reanudar la marcha, convertidos
ambos, merced a su indomable voluntad, en auténticos autómatas
mecanizados, insensibles al calor, la sed y la fatiga.
Y ahora estaba allí, tendido sobre la blanda arena, notando bajo
la mano el dulce contacto de la húmeda gerba rezumante de agua,
con los restos de la liebre humeando aún junto a la hoguera, y la
bolsa de oro colgando de su cintura y se sintió en paz consigo
mismo y con el universo que le rodeaba, orgulloso de ser hombre
y ser targuí, y orgulloso, sobre todo, de haber demostrado que
nadie, ni siquiera un Gobierno, podía permitirse el lujo de despreciar
las leyes y costumbres de su pueblo.
Meditó después en lo que sería su futuro lejos de los pastizales
conocidos y los lugares a los que estaba acostumbrado desde niño,
pero no le inquietó la idea de emigrar más allá de las fronteras, pues
el desierto era el mismo, e idéntico seguirla por miles de kilómetros
cualquiera que fuese el país en el que se estableciese y no tenía por
qué temer que nadie viniera a disputarle los arenales las rocas y los
pedregales, pues resultaba claro que cada día eran menos los que
elegían el desierto como forma de vida.
No quería ya más guerras ni más luchas y ansiaba la paz de su
jaima, los largos días de caza y las hermosas veladas a la luz de la
hoguera escuchando una y otra vez las historias del viejo Suílem;
historias que escuchó ya cuando era un niño, y que seguiría escuchando,
sin cansarse, hasta que el fiel esclavo enmudeciese para
siempre.
***
Al atardecer del tercer día descubrió un campamento de jaimas
y sheribas junto a un pozo.
Eran tuareg, del “Pueblo de la Lanza”, gente pobre pero amable
y hospitalaria, que aceptaron venderle su mejor mehari, sacrificaron
en su honor un cordero con el que confeccionaron el más sabroso
cuscus que había saboreado en mucho tiempo, y le invitaron a una
fiesta que tendría lugar a la noche siguiente.
Comprendió que no podía ofenderles negándose, y extrajo de la
pequeña bolsa de cuero rojo que colgaba de su cuello una pesada
moneda de oro que depositó ante él.
—Únicamente acudiré, si yo soy quien paga los corderos —dijo—.
Ese es mi precio.
El dueño de la casa aceptó en silencio, tomó la moneda y la examinó
interesado.
—Ya circulan pocas de éstas —señaló—. Todo son sucios billetes
cuyo valor cambia de un día al siguiente. ¿Quién te la dio?
—Un viejo conductor de caravanas... —replicó sin mentir, pero
sin decir tampoco exactamente la verdad—. Tenía muchas.
—Con esto se pagaba a los guías y a los camelleros... —admitió
el otro convencido—. Con esto se compraban las bestias y las provisiones...
¿Sabes? —añadió luego con una sonrisa irónica—. Yo
me enrolé con “La Gran Caravana”, pero diez días antes de partir
comencé a escupir sangre y me rechazaron. “Tienes tuberculosis
—dijeron—. No llegarías a Trípoli...” —Agitó la cabeza como si le
costara trabajo admitir las bromas del destino—. Pronto cumpliré
noventa años... —continuó—. Y de “La Gran Caravana” nada
queda.
—¿Cómo te curaste de la tuberculosis? —quiso saber Gacel—.
Mi hijo mayor y mi primera esposa murieron a causa de ella.
—Hice un trato con un carnicero de Tombuctú... —replicó el
anciano—. Trabajaría un año gratis para él, a cambio de que me
permitiese comerme cruda la giba de todos los camellos que sacrificase...
—sonrió divertido—. Engordé hasta convertirme en una
especie de tonel, pero al fin dejé de escupir sangre... ¡Casi doscientas
gibas de camello! —exclamó—. No he vuelto a acercarme a una
de esas malditas bestias en mi vida, y prefiero caminar tres meses
que subir a una de ellas...
—Eres el primer imohag al que oigo hablar mal de los camellos...
—le hizo notar Gacel.
—Tal vez... —fue la divertida respuesta—. Pero también soy el
primer imohag que sobrevive a una tuberculosis...
***
La hermosa muchacha de finas trenzas, altos pechos y enjoyadas
manos de palmas rojas, templó la única cuerda de su violín,
extrajo de su interior un agudo sonido que más bien parecía un
lamento o una aguda risa, miró directamente a Gacel, el extranjero,
al que parecía dedicar personalmente su historia, y dijo así:
—“Alá es Grande. Alabado sea... —hizo una pausa—. Cuenta,
y esto no ocurrió en el país de los imohag, ni en el de los Tekna, ni
en Marraquesh, Túnez, Argel, o Mauritania, sino allá, en Arabia,
cerca de la ciudad santa de La Meca, a la que todo creyente debe
hacer su peregrinación al menos una vez en la vida, que vivieron,
mucho tiempo atrás, en la floreciente y populosa ciudad de Mir,
gloria de los Califas, tres astutos mercaderes que habían logrado,
después de muchos años de comerciar juntos, una apreciable cantidad
de dinero que decidieron invertir en un nuevo negocio...
Resultaba, sin embargo, que estos mercaderes no confiaban los
unos en los otros, por lo que guardaron su oro en una bolsa y acordaron
dejárselo en custodia a la dueña de la casa en que vivían, con
la expresa recomendación de que no lo entregara a ninguno de ellos
si no se encontraban los otros presentes.
A los pocos días decidieron escribir por asuntos de su negocio
a una ciudad vecina, y necesitando un pergamino, uno de ellos dijo:
—Voy a pedírselo a la buena mujer, que seguramente tendrá
alguno.
Pero entrando en la casa le dijo a ésta:
—Entrégame la bolsa que te dimos, que la necesitamos...
—No lo haré si no están tus amigos presentes —replicó la
mujer, y aunque el otro insistió, continuó negándose, hasta que el
astuto mercader le indicó:
—Asómate a la ventana, y verás cómo mis compañeros, que
están en la calle, te ordenan que me la des...
Hizo la mujer lo que pedía, mientras el mercader salía y aproximándose
a sus socios dijo en voz baja:
—Tiene el pergamino que necesitamos, pero no quiere dármelo
a no ser que vosotros también se lo pidáis.
Ajenos a esta trampa, le gritaron a la mujer que hiciera lo que el
otro decía, y así fue como ésta le entregó la bolsa con la que el
ladrón huyó de la ciudad.
Pero cuando los dos mercaderes cayeron en el engaño y se dieron
cuenta de que se habían quedado sin dinero, culparon a la
pobre mujer, y llevándola ante el Caíd, pidieron justicia.
Resultó aquel juez un hombre equilibrado e inteligente, que
escuchó a ambas partes, y tras una larga meditación, sentenció:
—Pienso que razón tenéis en vuestra demanda, y justo es que
esta mujer devuelva la bolsa, o reintegre de su hacienda el dinero...
Pero como se da la circunstancia de que el pacto que acordasteis
exige que para que la bolsa sea entregada es imprescindible que os
encontréis reunidos los tres socios, estimo justo que os ocupéis de
buscarle, lo traigáis a mi presencia, y en ese momento yo mismo me
ocuparé de que el acuerdo se cumpla...
Y así fue cómo triunfó la justicia y la razón, gracias al acertado
juicio de aquel inteligente magistrado.
Quiera Alá que así sea siempre.
Alabado sea...”
La muchacha tañó el violín, como para poner un definitivo punto
final a su relato, y luego, sin apartar los ojos de Gacel, añadió:
—Tú, que al parecer vienes de tan lejos, ¿por qué no nos cuentas
una historia?
Gacel paseó la mirada por el grupo: una veintena de muchachos
y muchachas que se amontonaban en torno a la hoguera, a cuyas
brasas se asaban lentamente dos enormes carneros de los que emanaba
un aroma dulce y profundo, e inquirió:
—¿Qué clase de historia queréis escuchar...?
—La tuya... —replicó la muchacha rápidamente—. Por qué te
encuentras, solo, tan lejos de tu casa? ¿Por qué pagas lo que compras
con viejas monedas de oro? ¿Qué misterio ocultas? A pesar de
tu velo, tus ojos delatan que escondes un profundo secreto.
—Son tus ojos los que quieren ver secreto donde no existe más
que cansancio —aseguró—. Hice un largo viaje. Quizás el más
largo viaje que haya realizado nadie jamás en este mundo...
Atravesé la “tierra vacía” de Tikdabra.
El último de los llegados a la fiesta, un muchacho fuerte y de
cráneo rapado, de ojos que bizqueaban levemente y una profunda
cicatriz que le bajaba de la mejilla a la garganta, inquirió de improviso
con voz alterada:
—¿Eres tú, quizá, Gacel Sayah; inmouchar del Kel-Talgimus, cuya
familia acampaba en el guelta de las montañas del Huaila...?
Advirtió que el corazón le daba un vuelco.
—Sí. Yo soy.
—Tengo malas noticias para ti... —se lamentó el muchacho—.
Vengo del Norte... De tribu en tribu, de jaima en jaima corre la
voz...: los soldados se llevaron a tu esposa y tus hijos... A todos los tuyos. Únicamente un viejo criado negro escapó y él lo dijo: “Te
esperan para matarte en el guelta del Huaila...”
Tuvo que esforzarse para que del fondo de su garganta no
naciera un sollozo y se exigió, más que en lo más profundo de la
“tierra vacía”, contener sus emociones.
—¿Adónde los llevaron...? —pudo articular al fin con voz falsamente
tranquila.
—Nadie lo sabe. Tal vez a El Akab... Tal vez más al Norte aún,
a la capital... Quieren cambiártelos por Abdul-el-Kebir...
El targuí se puso en pie y se alejó despacio hacia las dunas,
seguido por todas las miradas y un silencioso respeto, pues, como
por arte de magia, la alegría de la fiesta había desaparecido y nadie
pareció reparar en que uno de los corderos se estaba quemando.
El gri-gri de la desgracia, parecía haber nacido de las llamas de la
hoguera y con su fétido aliento borraba la luz de entusiasmo en las
miradas y el deseo de diversión de los cuerpos.
Gacel se dejó caer en la oscuridad sobre una duna, y enterró el
rostro en la arena esforzándose por no dar rienda suelta a su llanto,
clavándose las uñas en la palma de la mano hasta hacerse sangre.
Ya no era un hombre rico que regresaba a la paz de su hogar
tras una larga aventura. Ya no era ni siquiera el héroe que había
arrebatado a Abdul-el-Kebir de las garras de sus enemigos, y había
atravesado con él el infierno de la “tierra vacía” poniéndolo a salvo
al otro lado de la frontera. Ahora no era más que un pobre imbécil
que había perdido cuanto tenía en este mundo por su estúpido
empecinamiento en respetar unas caducas tradiciones que nada significaban
para nadie.
¡Laila...!
Un estremecimiento, como una corriente de agua helada, le
recorrió la espalda al imaginarla en poder de aquellos hombres de
sucios uniformes, pesados correajes y fuertes botas malolientes.
Recordó sus rostros cuando le apuntaron con sus armas a la puerta
de la jaima, la dejadez de su campamento o el despotismo con
que trataban a los beduinos en El-Akab, y aunque trató por todos
los medios de evitarlo, un ronco gemido escapó de sus labios obligándole
a morderse con fuerza el dorso de la mano.
—No lo hagas... No te contengas. El más fuerte de los hombres
tiene derecho a llorar en un momento como éste.
Alzó el rostro. La hermosa muchacha de las finas trenzas había
tomado asiento a su lado, y extendía la mano para acariciarle el rostro
como pudiera hacerlo una madre con un niño asustado.
—Ya pasó —dijo.
Ella negó con firmeza.
—No trates de engañarme. No ha pasado... Esas cosas no
pasan. Quedan muy dentro, como una bala sin salida. Lo sé porque
mi esposo murió hace dos años, y aún mis manos lo buscan en la
noche.
—Ella no ha muerto. Nadie puede atreverse a hacerle daño...
—aseguró como si tratara de convencerse a sí mismo—. Es casi
una niña... Dios no permitirá que le hagan nada.
—No existe más Dios que el que nosotros queremos que exista
—replicó ella con dureza—. Puedes confiar en él si quieres.
Nunca está de más. Pero si has sido capaz de vencer a la “tierra
vacía” de Tikdabra, serás capaz de recuperar a tu familia... Estoy
segura.
—¿Y cómo podré hacerlo? —señaló sin ánimo—. Ya lo has
oído: quieren a Abdul-el-Kebir y ya no está conmigo.
La muchacha le miró con fijeza a la clara luz de la luna llena que
había ascendido en el cielo hasta convertir la noche en día.
—¿Hubieras aceptado el cambio si aún siguiera contigo? —quiso
saber.
—Son mis hijos... —fue la respuesta—. Mi mujer y mis hijos...
Lo único que tengo en esta vida.
—Te queda tu orgullo de targuí... —le recordó ella—. Y por lo
que sé de ti, eres el más orgulloso y valiente de nosotros. —Hizo
una pausa—. Demasiado tal vez... Cuando los guerreros os lanzáis
a la lucha, nunca os detenéis a meditar en el mal que podéis causarnos
a nosotras, las mujeres, que quedamos atrás, recibiendo los golpes
y sin participar de las glorias... —Chasqueó la lengua como disgustada
consigo misma—. Pero no he venido a culparte —aseguró—.
Lo hecho, hecho está, y tus razones tendrías para ello. He
venido porque en momentos como éste, un hombre necesita compañía...
¿Te gustaría hablarme de ella...?
Agitó la cabeza.
—¡Es tan niña...! —sollozó.
Fín del fragmento de hoy, puedes volver al blog si lo deseas:
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