Capítulo XXII
XXII
Lo vio con la primera claridad del día, creyó que su vista le
engañaba, pero a medida que se fue aproximando se convenció de
que era “algo”, no sabía qué, que destacaba apenas sobre la planicie
sin un solo accidente.
El sol comenzaba a calentar y comprendió que había llegado el
momento de detenerse y montar el campamento antes de que la
camella, que cojeaba desde la medianoche, se tumbara definitivamente,
pero la curiosidad pudo más que él, exigió a las bestias un
nuevo esfuerzo y dejó por último que se detuvieran a un kilómetro
de distancia.
Extendió la lona sobre los animales y el hombre que no era ya
más que un peso muerto, se cercioró de que todo estaba en orden,
y continuó a pie, sin prisas, esforzándose por tomárselo con calma
y no derrochar sus escasas fuerzas, pese a que su deseo hubiera sido
echar a correr y llegar cuanto antes.
A doscientos metros ya no le cupo duda: era una mancha blanca
recortada contra la blanca llanura, el esqueleto, momificado y
casi intacto gracias a la sequedad del ambiente, de un gran camello
enjaezado.
Lo contempló de cerca. Sus enormes dientes mostraban la triste
sonrisa de la muerte, sus ojos habían desaparecido de las cuencas, y
algunos rotos de su piel mostraban el total vacío de su interior.
Se encontraba arrodillado, con el cuello extendido a lo largo de
la arena, mirando hacia el punto por el que Gacel venía, es decir,
mirando hacia el Nordeste, lo que significaba que había llegado del
Sudoeste, porque los camellos, cuando morían de sed, buscaban
siempre como última esperanza su punto de destino.
No supo si alegrarse o entristecerse. Era un esqueleto de mehari;
algo que rompía la monotonía del paisaje que les había venido
acompañando desde días atrás, pero si había ido a acabar allí, significaba
que, a sus espaldas, no existía tampoco rastro alguno de agua.
***
La camella coja moriría pronto allí, a menos de un kilómetro de
distancia llegando en sentido opuesto y quedaría momificada igualmente
mirándose sin verse, marcando cada uno de los cadáveres la
mitad del camino.
Muertos, habían unido el Norte con el Sur de la “tierra vacía” de
Tikdabra, los límites de sus fuerzas de pobres bestias del desierto.
¿Qué esperanza le quedaba por tanto a él, que habría de continuar
adelante con dos sombras de monturas agotadas y un hombre
que se había entregado y al que únicamente él lograba, a duras
penas, mantener con vida? No quiso responderse, porque conocía
la respuesta, y prefirió preguntarse quién sería el dueño de aquel
blanco mehari, y dónde habría ido a parar.
Estudió la piel y los trozos de calavera que quedaban al descubierto.
En cualquier parte del desierto hubiera sido capaz de calcular
cuánto tiempo llevaba muerto el animal, pero allí, con semejante
calor y sequedad, en una tierra en la que jamás había caído una gota
de agua ni sobrevivía ningún ser viviente, lo mismo podía tratarse
de tres años que de cien.
Era una momia, y Gacel no entendía mucho de momias.
Advirtió que el calor comenzaba a aplastarle, y regresó sobre
sus pasos.
Agradeció la sombra, y estudió con detenimiento el rostro de
Abdul-el Kebir que jadeaba casi incapaz de respirar regularmente.
Degolló a la camella y le dio de beber su sangre y los restos, casi
putrefactos, del líquido de su estómago, apenas seis dedos del cazo
de latón. Agradeció que continuara inconsciente, pues de otro
modo nunca hubiera podido ingerir semejante inmundicia, y se
preguntó, seriamente, si no podría matarle, teniendo en cuenta que
no era un hombre acostumbrado a beber, como los tuareg, aguas a
menudo casi corrompidas.
“Igual da que muera de esto que de sed —reflexionó—. Y si lo
soporta, le ayudará a seguir adelante”.
Se tumbó luego, dispuesto a dormir, pero en esta ocasión el
sueño no acudió como siempre al instante llamado por la fatiga de
la larga caminata.
Le obsesionaba el esqueleto del camello muerto, terriblemente
solo allí, en el corazón de la llanura, y trataba de imaginar al loco
targuí que había desafiado Tikdabra, saliendo de Gao o Tombuctú
en busca de los oasis del Norte.
El mehari continuaba enjaezado, pero había perdido la montura
y la carga en el camino, lo que significaba que su amo había
muerto antes que él, que había continuado solo en busca de una
salvación que nunca encontró. Tanto los beduinos como los tuareg
libraban siempre de sus arneses a las bestias que iban a morir, aunque
tan sólo fuera como muestra de agradecimiento y respeto por
los servicios prestados.
Si el dueño de éste no lo había hecho era, sin duda, porque no
había podido hacerlo.
Probablemente esa noche, o al día siguiente, encontraría su
cadáver en la llanura, y probablemente también las cuencas de sus
ojos mirarían al Nordeste, a la búsqueda del fin de aquella planicie
interminable.
Pero no fue un cadáver, sino cientos. Tropezó con ellos en la
oscuridad; distinguió sus formas en la penumbra bajo la fantasmagórica
luz de la luna creciente, y el nuevo día le sorprendió rodeado
por ellos, infinidad de hombres y de bestias desparramados a su
alrededor hasta perderse de vista en la distancia y en ese momento,
Gacel Sayah, inmouchar del Kel-Talgimus conocido entre los suyos
por el sobrenombre de “el Cazador”, comprendió que era el primer
ser humano que encontraba los restos de “La Gran Caravana”.
Jirones de tela cubrían a medias los cuerpos de guías y conductores,
aferrados muchos de ellos a sus armas o a sus gerbas vacías, y
los camellos mostraban sobre sus jorobas monturas tuareg descolo
ridas por el sol, arreos de plata y cobre y grandes fardos de mercancías
reventados por el tiempo, que habían derramado sobre la dura
arena su preciado contenido.
Colmillos de elefante, estatuillas de ébano, sedas que se deshacían
al tocarse, monedas de oro y plata, y probablemente, en la
bolsa de los más ricos mercaderes, diamantes del tamaño de garbanzos.
Allí estaba “La Gran Caravana” de la leyenda; el viejo
sueño de todos los soñadores del desierto; mil y una riquezas, que
ni siquiera Sherezade hubiera osado nunca imaginar.
Allí estaba, pero no experimentó alegría alguna al verla, sino tan
sólo un profundo desasosiego; una invencible angustia, pues contemplar
las momias de aquellos pobres seres y observar la expresión
de terror y sufrimiento de sus rostros era tanto como contemplarse
a sí mismo dentro de diez o veinte años; tal vez dentro de
cien, mil o un millón de años, con la piel convertida en pergamino,
los ojos vacíos mirando hacia la nada, y la boca abierta por el último
gemido en procura del agua.
Y lloró por ellos. Por primera vez desde que tenía memoria,
Gacel Sayah lloró por alguien, y aunque comprendió que resulta
estúpido y absurdo llorar por quienes habían muerto tantos años
atrás, verlos allí, ante él, y comprender la magnitud de la desesperación
de sus últimos momentos, resquebrajó su entereza.
Montó su campamento en medio de los muertos, y se sentó a
mirarlos, preguntándose cuál de ellos sería Gacel, su tío, el mítico
guerrero buscador de aventuras, contratado para proteger la caravana
de los ataques de bandidos y salteadores, y que no pudo protegerla
de su auténtico enemigo: el desierto.
Pasó el día despierto haciendo compañía a los difuntos; la primera
compañía que tuvieron desde que les alcanzó la muerte en el
camino, y pidió a sus espíritus, que tal vez vagaran eternamente por
aquellos contornos, que le ayudaran a escapar de tan trágico destino,
mostrándole la ruta que no supieron encontrar en vida.
Y los muertos le hablaron con sus bocas sin lengua, sus cuencas
vacías y sus huesudas manos clavadas en la arena. No supieron
decirle el camino correcto, pero la larga, inacabable hilera de
momias que se perdía de vista al Sudoeste, le gritó que el rumbo
que él seguía, el que ellos habían traído, era incorrecto, y no conducía
más que a días y días de soledad y sed sin retorno posible.
Le quedaba por tanto una sola esperanza, desviarse hacia el
Este, derivando luego hacia el Sur, y confiar en que, al menos en
aquella dirección, los límites de la “tierra vacía” se encontraran más
cerca.
Gacel conocía bien a los guías tuareg y le constaba que cuando
uno de ellos equivocaba el rumbo, persistía en su error hasta sus
últimas consecuencias, porque ese error significaba haber perdido
por completo la noción del espacio, las distancias y el punto en que
se encontraba, y ya no le quedaba otra solución que buscar la salvación
en continuar adelante y confiar en que su instinto le guiara
hasta el agua. Los guías tuareg odiaban cambiar de ruta si no estaban
plenamente convencidos de que sabían hacia dónde se dirigían,
pues, por tradición sabían, desde siglos atrás, que nada hay peor
en el desierto, y nada agota y desmoraliza más a los hombres, que
vagar de un lado a otro sin destino concreto. Por ello, sin duda, el
guía de la “Gran Caravana”, cuando por alguna circunstancia que
nunca conocería nadie, se descubrió de pronto inmerso en el desconocido
universo de “la tierra vacía”, debió optar por seguir su
rumbo, confiando en que Alá hiciera el camino mucho más corto
de lo que era en realidad.
Y ahora estaba allí, seco al sol, enseñando a Gacel una lección
que Gacel aceptaba.
Cayó la tarde, y cuando ese sol dejó de calcinar con rabia la llanura,
abandonó la sombra de su refugio y llenó su bolsa de pesadas
monedas de oro y gruesos diamantes.
Ni por un momento experimentó la sensación de estar despojando
a los difuntos de sus pertenencias. Según la ley no escrita del
desierto, todo cuanto allí había pertenecía a quien lo encontrara,
pues las almas que hubieran entrado en el Paraíso hallarían en él
todas las riquezas deseadas y los que, por su maldad, permanecían
fuera, poco derecho tenían a que sus espíritus malditos vagaran por
toda la eternidad con las bolsas repletas.
Luego, dividió el agua que quedaba entre Abdul, que ni siquiera
abrió los ojos para agradecérselo, y la más joven de las camellas;
la única que aún se sostendría un par de días en pie. Se bebió la sangre
del último animal, y atando al anciano a la montura, reemprendió
la marcha abandonando incluso la tela que les proporcionaba
sombra, un peso inútil ya, pues había tomado clara conciencia de
que no volverían a detenerse, ni de día ni de noche, y su única posibilidad
de salvación se centraba en que, tanto el animal como él
mismo, fueran capaces de caminar sin descanso hasta salir de aquel
infierno.
Rezó sus oraciones, pidió por él, por Abdul y por los muertos,
lanzó una última mirada al ejército de momias, rectificó su rumbo,
y emprendió la marcha conduciendo del ronzal a la camella que le
siguió sin un bramido de protesta, convencida de que tan sólo una
confianza ciega en el hombre que avanzaba ante ella, podía salvarla.
Gacel no supo si fue aquélla la noche más corta o más larga de
su vida, pues sus piernas se movían como las de un autómata, y su
sobrehumana fuerza de voluntad le convirtió una vez más en piedra;
pero en esta ocasión era una de aquellas “piedras viajeras” del
desierto; pesadas rocas que misteriosamente se trasladaban por las
planicies dejando tras ellas un ancho surco, sin que nadie hubiera
sido capaz de precisar si las arrastraban las fuerzas magnéticas, los
espíritus de los condenados a la Eternidad o el simple capricho de
Alá.
Fín del fragmento de hoy, puedes volver al blog si lo deseas:
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