Capítulo XXI
XXI
Eran otras las luces, pero no otras las sombras, pues no existía
objeto alguno capaz de proyectar la menor sombra sobre la blanca
planicie ilimitada.
Las últimas dunas morían mansamente, como lenguas sedientas
o como largas olas de un mar sin fuerza sobre una playa sin fondo,
caprichosa frontera que la Naturaleza se había impuesto sin razón
aparente; sin explicar a nadie por qué acababa allí la arena, o por
qué comenzaba la llanura.
Y aumentó el silencio, a tal punto, que Abdul escuchó el golpear
de su corazón acelerado, e incluso el palpitar de la sangre en sus
sienes.
Cerró los ojos en inútil intento de alejar de su mente semejante
paisaje de pesadilla, pero se había clavado de tal forma en su retina,
que tuvo la certeza que sería aquella la última visión que tendría
en su agonía.
Ni montañas, ni rocas, ni accidentes; nada más que una lisa
depresión, una hoja de papel sobre la que podrían haberse escrito
todos los libros de este mundo.
“Insh. Allah!”
¿Por qué habría querido Dios, capaz de imaginarlo todo, plasmar
allí, de modo tan patente, la realidad de la más absoluta de las
nadas?
“Insh. Allah!” Ese había sido su capricho y no quedaba más que
aceptar que había conseguido rizar el rizo de su propia obra, creando
un desierto dentro del desierto.
Tenía razón Gacel, y el viento acababa en el límite mismo de las
dunas para dar paso a un ambiente enrarecido, donde en menos de
cien metros, la temperatura aumentaba quince grados, como una
bofetada de aire caliente que impelía a retroceder nuevamente en
busca de la dulce protección del mar de arena que hasta ese
momento se le antojara insoportable.
Iniciaron la marcha cuando el sol se ocultaba ya en el horizonte,
pero no por ello refrescó el ambiente, como si aquel lugar maldito
permaneciera al margen de las más simples leyes de la
Naturaleza, y su masa de aire enrarecido tuviera la virtud de hacerse
impenetrable, campana de cristal que aislaba la “tierra vacía” del
resto del planeta.
Los camellos berreaban, y era el suyo un grito de terror, porque
su instinto les advertía que aquel suelo duro, caliente y firme, conducía
al final de todos los caminos.
Con la oscuridad llegaron las estrellas de las que Gacel escogió
una a la que habrían de seguir constantemente, y más tarde hizo su
aparición una pálida luna que proyectó, por primera vez quizá
desde el comienzo de los siglos, sombras sobre la blanca llanura
fantasmal.
El targuí marchaba a pie con paso constante y monótono de
máquina insensible, mientras Abdul montaba la más resistente de
las bestias, una hembra joven en la que la fatiga y la falta de agua
aún no parecía haber hecho mella, y cuando una claridad lechosa
comenzó a borrar del cielo las estrellas, el primero se detuvo, obligó
a las bestias a arrodillarse y levantó sobre ellas la ancha tela de
pelo de camello.
Una hora después Abdul-el-Kebir comenzó a advertir que se
asfixiaba y el aire no bajaba a sus pulmones.
—Agua... —pidió.
Gacel se limitó a abrir los ojos y negar muy levemente con un
movimiento de cabeza.
—¡Voy a morir...!
—No.
—¡Me voy a morir...!
—Deja de moverte. Tienes que permanecer quieto. Como los
camellos. Como yo. Deja que tu corazón se serene y trabaje lenta
mente y que tus pulmones tomen el mínimo de aire que necesiten.
No pienses en nada.
—Sólo un trago... —suplicó nuevamente— ¡Un trago...!
—Sería peor. Beberás a la caída de la tarde.
—¡A la caída de la tarde...! —se horrorizó Abdul—. ¡Faltan por
lo menos ocho horas!
Pero comprendió que era inútil insistir, cerró los ojos, vació la
mente e intentó que cada uno de sus músculos se relajara sin pensar
en agua, ni en el desierto que le rodeaba, ni en el terror que se
había aposentado, como un ser vivo, en la boca de su estómago.
Trató que su mente abandonara por completo su cuerpo y lo
dejara allí, a solas, recostado, en el camello como comprendió que
lo hacía el targuí, que parecía haber conseguido su propósito de
convertirse en piedra. Y se contempló a sí mismo, dividido en dos
partes, de las que una parecía ser simple testigo, ajeno por completo
a la realidad de la sed, el calor, o el desierto, mientras la otra se
había convertido en una cáscara vacía; una envoltura humana incapaz
de sentir o padecer.
Y, sin llegar a dormirse por completo, se evadió hacia lugares muy
lejanos; hacia tiempos pasados, más felices; hacia el recuerdo de sus
hijos, a los que había visto por última vez siendo unos niños y que se
habrían convertido ya en hombres y en padres de otros niños.
Se entremezclaron en su mente ideas, realidad y fantasía, y se
agolparon al tiempo escenas vividas intensamente con otras, aparentemente
más auténticas, y que no eran, sin embargo, más que
fruto de su imaginación desenfrenada.
Despertó por dos veces, angustiado por la idea de que continuaba
preso, y le angustió aún más la realidad de que era libre, porque
su cárcel se había convertido en la mayor prisión que hubiera existido
jamás sobre la Tierra.
Y el targuí continuaba allí, frente a él, como una estatua, sin realizar
un solo movimiento, casi sin respirar siquiera, y le observó tratando
de descubrir qué clase de hombre era, y qué clase de sentimientos
despertaba en él.
Le temía. Le temía y respetaba al mismo tiempo; se sentía agradecido
por haberle liberado, y era, probablemente, uno de los seres
más seguros de sí mismo, rectos y admirables, que hubiera conocido
nunca, pero existía algo —tal vez catorce cadáveres— que se
interponía entre ambos.
O tal vez fuera la diferencia de razas y culturas; el hecho, como
Gacel había asegurado, de que un hombre de la costa jamás aprendería
a conocer a un targuí ni a aceptar sus costumbres.
El tuareg era el único que, entre todos los pueblos islámicos, que,
aun siguiendo fielmente las enseñanzas de Mahoma, pregonaban la
igualdad de sexos, y sus mujeres, no sólo jamás se habían cubierto
el rostro con un velo —a diferencia de los hombres—, sino que
gozaban de absoluta libertad hasta el momento de casarse, sin rendir
cuentas de sus actos, ni a sus padres, ni a su futuro esposo, que,
por lo general, era escogido por ellas, según sus sentimientos.
Eran famosas en el desierto las “Fiestas de Solteros” de los tuareg;
los Ahal en que muchachos y muchachas se juntaban a cenar a
la luz de la hoguera, contar historias y tocar el amzad de una sola
cuerda, bailando en grupo hasta altas horas de la madrugada; horas
en las que las mujeres tomaban las palmas de las manos de los
hombres y trazaban sobre ellas dibujos cuyo significado únicamente
los de su raza conocían, y que indicaban qué clase de acto de
amor deseaban para esa noche.
Luego, cada pareja se perdía en la oscuridad, a buscar en las
dunas, sobre la blanda arena y la blanca gandurah extendida sobre
ella, la satisfacción a los deseos expresados en la palma de la mano.
Para un árabe tradicional, celoso de la virginidad de la que
habría de ser su esposa o del honor de su hija, semejantes costumbres
iban mucho más allá de los límites del simple escándalo, y
Abdul sabía de países, como Arabia y Libia, e incluso regiones de
su propia patria, donde por muchísimo menos se lapidaba o cortaba
la cabeza a los culpables.
Pero los imohag habían defendido el derecho de sus mujeres al
sexo, a vestir como les viniera en gana o a tener voz y voto en los
asuntos familiares, desde los viejos tiempos de la expansión
mahometana, cuando más rígido y exigente se mostraba el fanatismo
religioso.
Era un pueblo que, desde que se tenía memoria de su aparición
sobre la faz de la Tierra, habían sabido aceptar lo mejor de cuanto
se le ofrecía, rechazando cuanto coartaba su libertad y su carácter,
y aun sabiéndolo ingobernable, Abdul-el-Kebir se hubiera sentido
feliz y orgulloso de ser su líder.
Los tuareg hubieran sabido aceptar y comprender lo que él trataba
de ofrecer, jamás le habrían traicionado, y jamás habrían consentido
que otros le traicionaran, porque cuando los de su estirpe
juraban obediencia a un amenokal, esa obediencia iba más allá de la
muerte.
Pero los hombres de la costa, los que le habían aclamado hasta
enloquecer cuando logró expulsar a los franceses ofreciéndoles por
primera vez una patria y una razón para sentirse orgullosos de sí
mismos, no supieron mantener su juramento de fidelidad, y se
escondieron en lo más profundo de sus miserables chozas en cuanto
presintieron el peligro.
—¿Qué es ser socialista...? —le había preguntado Gacel la primera
noche, cuando aún tenían ganas de hablar y cabalgaban uno
junto a otro sobre los bamboleantes camellos.
—Es pretender que la justicia sea igual para todos.
—¿Tú eres socialista...?
—Más o menos.
—Crees que todos, imohag y sirvientes, somos iguales...
—¿Ante la ley?, sí.
—No me refiero a la ley. Me refiero a que sirvientes y señores
seamos iguales por completo.
—En cierto modo... —Trató de descubrir adónde quería ir a
parar sin comprometerse—. Los tuareg sois los últimos seres de la
Tierra que aún mantenéis esclavos sin avergonzaros de ello. No es
justo.
—Yo no tengo esclavos. Tengo sirvientes.
—¿De veras...? ¿Y qué haces si uno escapa y no quiere trabajar
más para ti?
—Lo busco, lo azoto y lo traigo de regreso. Nació en mi casa y
le di agua, comida y protección cuando no podía valerse por sí
mismo. ¿Qué derecho tiene a olvidarlo y marcharse cuando ya no
me necesita?
—El derecho a su propia libertad. ¿Aceptarías tú ser sirviente
de otro, por el hecho de que te alimentó cuando eras niño? ¿Hasta
cuándo debes pagar esa deuda?
—No es el caso. Yo nací imohag. Ellos nacieron aklis.
—¿Y quién ha dispuesto que un imohag es superior a un akli?
—Alá. Si no fuera así, no los hubiera hecho cobardes, ladrones
y serviles. Ni nos hubiera hecho a nosotros valientes, honrados y
orgullosos.
—¡Demonios! —exclamó—. Hubieras sido el más fanático de
los fascistas...
—¿Qué es un fascista?
—Aquel que proclama que su estirpe es superior a todas las
demás.
—En ese caso, soy fascista.
—Realmente lo eres —admitió convencido—. Aunque estoy
seguro de que si supieras lo que realmente significa, renunciarías a
ello.
—¿Por qué?
—No es algo que se pueda explicar dando tumbos sobre un
camello que parece borracho... Será mejor que lo dejemos para otra
ocasión.
Pero esa otra ocasión no se había presentado y Abdul abrigaba
el convencimiento de que cada día disminuían las posibilidades de
que llegara, pues la fatiga, el calor y la sed los iban agotando y el
simple hecho de pronunciar una palabra comenzaba a requerir un
esfuerzo sobrehumano.
Cuando al fin despertó por completo, Gacel había levantado
el campamento y afianzaba una vez más la carga sobre tres de los
animales.
Con un gesto de la cabeza señaló al cuarto:
—Tendremos que matarlo esta noche.
—Atraerá a los buitres y los buitres atraerán a los aviones.
Encontrarán nuestra pista.
—Los buitres no se aventuran en la “tierra vacía”... —había
tomado un pequeño cazo de estaño que llenó de agua y se lo entregó—.
El aire es demasiado caliente.
Bebió con ansia y ofreció de nuevo el recipiente, pero el targuí
ya había cerrado firmemente la gerba.
—No hay más.
—¿Eso es todo...? —se asombró Abdul—. Ni siquiera me he
humedecido la garganta.
Gacel señaló nuevamente al camello.
—Esta noche beberás su sangre. Y comerás su carne. Mañana
comienza el Ramadán.
—¿El Ramadán? —repitió asombrado—. ¿Crees que estamos
en condiciones de respetar las leyes del ayuno en semejante situación?
—Hubiera jurado que el targuí sonreía.
—¿Quién mejor que nosotros para respetarlas en este momento?
—quiso saber—. ¿Y qué mejor destino para nuestros sufrimientos?
—Los animales se habían puesto en pie y tendió la mano
para ayudarle a erguirse—. ¡Vamos! —rogó—. El camino es largo.
—¿Cuántos días durará este martirio? Negó convencido:
—No lo sé. Te doy mi palabra de que no lo sé. Recemos para
que Alá lo haga lo más corto posible, pero ni siquiera en sus manos
está empequeñecer el desierto. Así lo creo, y así seguirá.
***
El sargento mayor Malik-el-Haideri negó con firmeza una vez
más:
—Nadie sacará agua de este pozo, ni de ninguno en quinientos
kilómetros a la redonda, hasta que averigüe dónde se esconde la
familia de Gacel Sayah.
El anciano se encogió de hombros, impotente:
—Se fueron. Levantaron el campamento y se fueron. ¿Cómo
podemos saber a dónde?
—Los tuareg sabéis cuanto ocurre en el desierto. No muere un
camello, ni enferma una cabra sin que la voz corra de boca en boca.
Ignoro cómo lo hacéis, pero es así. Me tomas por estúpido si pretendes
hacerme creer que toda una familia, con sus jaimas, sus animales,
sus niños y sus siervos, puede desplazarse de un lado a otro
del territorio sin que nadie lo advierta.
—Se fueron.
—¿A dónde?
—No lo sé.
—Tendrás que averiguarlo si quieres agua.
—Mis animales morirán. Y mi familia también.
—No me culpes a mí. —Le señaló acusadoramente con el
dedo, golpeándole repetidamente el pecho, lo que hizo que el anciano
estuviera a punto de echar mano a su gumía—. Uno de los tuyos
—añadió—, un sucio asesino, ha matado a muchos de los míos.
Soldados de los que os protegen de los bandidos; de los que buscan
agua, cavan pozos y los mantienen libres de arena. De los que
van en pos de las caravanas cuando se han perdido, arriesgando su
vida en el desierto. —Agitó la cabeza una y otra vez—. No. No
tenéis derecho a agua, ni a la vida, hasta que encuentre a Gacel
Sayah.
—Gacel no está con su familia.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo andáis buscando por la “tierra vacía” de Tikdabra.
—Podemos estar equivocados. Y si no lo encontramos un día u
otro tendrá que regresar junto a los suyos. —Su tono de voz cam
bió volviéndose conciliador y convincente—. No queremos hacer
daño a su familia. No tenemos nada en contra de su mujer o de sushijos. Únicamente lo queremos a él, y nos limitaremos a esperarle...
Pronto o tarde, tendrá que aparecer.
El anciano agitó la cabeza negativamente.
—No aparecerá —replicó—. Si estáis cerca, no aparecerá
jamás, porque conoce mejor que nadie el desierto. —Hizo una
pausa—. Y no es digno de guerreros, ni soldados, mezclar a mujeres
y niños en luchas de hombres. Es una tradición y una ley tan
antigua como el mundo.
—¡Escucha, viejo...! —La voz volvió a ser dura, cortante y amenazadora—.
No he venido hasta aquí para recibir lecciones de
moral. Ese cerdo, al que Alá confunda, asesinó a un capitán en mis
narices, raptó al gobernador, degolló a unos pobres muchachos que
dormían y está convencido de que puede burlarse de todo un país.
¡Y no es así! Te juro que no es así. De modo que elige.
El anciano se puso en pie y se alejó lentamente del borde del
pozo sin responder palabra. No había dado cinco pasos, cuando
Malik gritó:
—¡Y recuerdo que mis hombres necesitan comer! ¡Sacrificaremos
uno de tus camellos cada día, y podrás pasarle la cuenta al
nuevo gobernador, en El-Akab!
El anciano se detuvo un instante, pero no se volvió y, continuó
pesadamente su camino hacia donde aguardaban sus hijos y sus
animales.
Malik hizo un gesto hacia un soldado negro.
—¡Alí!
El llamado se aproximó con rapidez:
—¿Sí, mi sargento...?
—Tú eres negro, como los esclavos de ese estúpido. Él no dirá
nada, porque es targuí y cree que su honor quedaría manchado para
siempre, pero los aklis son propensos a hablar: Les gusta contar lo
que saben y alguno estará dispuesto a ganarse unas monedas y sacar
a su amo de un problema. —Hizo una corta pausa—. Esta noche
llévales un poco de agua y comida como si fuera cosa tuya.
Solidaridad entre hermanos de raza, ya sabes... Procura volver con
la información que necesito.
—Si sospechan que voy como espía, esos tuareg son capaces de
degollarme.
—Pero si no lo hacen, ascenderás a cabo. —Le metió un puñado
de arrugados billetes en la mano—. Convéncelos con esto.
El sargento mayor Malik-el-Haideri conocía bien a los tuareg,y
conocía bien a sus esclavos. Apenas había conciliado el sueño,
cuando sintió pasos en el exterior de su tienda de campaña.
—¡Sargento!
Asomó la cabeza y no le sorprendió encontrarse con un negro
rostro sonriente:
—El guelta de las montañas del Huaila. Junto a la tumba de
Ahmed el-Ainín, el morabito.
—¿La conoces?
—No personalmente, pero me explicaron cómo llegar.
—¿Está lejos?
—Día y medio.
—Avisa al cabo. Saldremos al amanecer.
La sonrisa del negro aumentó, y señaló con intención:
—Ahora yo soy cabo... —le recordó—. Cabo Primero.
Sonrió a su vez.
—Tienes razón. Ahora eres cabo primero. Ocúpate de que todo
esté listo en cuanto salga el sol... Y tráeme el té quince minutos
antes.
***
El piloto negó de nuevo.
—Escuche, teniente... —repitió—. Hemos sobrevolado esas
dunas a menos de cien metros de altura. Hubiéramos podido dis
tinguir hasta la última rata, si en aquel maldito lugar hubiera ratas,
pero no había nada: ¡Nada! —insistió convencido— ¿Tiene una
idea de la huella que dejan cuatro camellos en la arena? Si hubieran
pasado, habríamos visto algo.
—No, si quien conduce esos camellos es un targuí —replicó
Razmán, seguro de lo que decía—. Y menos, si ese targuí es el que
buscamos. No permitirá que los camellos marchen en fila, con lo que
dejan un sendero visible, sino de cuatro en fondo, por lo que sus
patas no habrán profundizado en la dura arena de esas dunas. Y si la
arena es blanda, en menos de una hora el viento borra las huellas.
—Hizo una pausa durante la cual le observaron, expectantes—. Los
tuareg viajan de noche y se detienen al amanecer. Ustedes nunca despegan
antes de las ocho de la mañana, lo que quiere decir que llegaron
al erg cerca ya del mediodía... En esas cuatro horas no queda rastro
alguno de las huellas de un camello en la arena.
—¿Y ellos...? Cuatro camellos y dos hombres... ¿Dónde se
esconden...?
—¡Vamos, capitán...! —exclamó abriendo los brazos—. Usted
sobrevuela cada día esas dunas. Cientos, miles, ¡tal vez millones!, de
dunas. ¿Pretende hacerme creer que todo un ejército no sería capaz
de camuflarse allí...? Una hondonada, una tela de color claro, un
poco de arena encima, y a silbar...
—De acuerdo... —aceptó el piloto que había hablado en primer
lugar—. Completamente de acuerdo... ¿Qué pretende entonces?
¿Que volvamos para seguir perdiendo el tiempo y gastando gasolina?
No los encontraremos —insistió—. ¡Nunca los encontraremos!
El teniente Razmán negó con un gesto, tranquilizándolos, y se
aproximó al gran mapa de la región clavado en la pared del hangar.
—No... —señaló—. No quiero que vuelvan al erg, sino que me
lleven a la auténtica “tierra vacía”. Si mis cálculos no fallan, deben
haber llegado ya a la llanura. ¿Podría aterrizar aquí...?
Los dos hombres se miraron y resultaba claro que la proposición
no les hacía ninguna gracia.
—¿Tiene una idea de cuál es la temperatura de esa llanura...?
—Desde luego... —admitió—. La arena puede alcanzar los
ochenta grados centígrados al mediodía.
—¿Y sabe lo que eso significa para unos aviones viejos y de
pésimo mantenimiento como los nuestros...? Problemas de refrigeración
del motor, de turbulencias, de imprevistas bolsas de aire
incontrolables y, sobre todo, de ignición... Podríamos aterrizar,
desde luego, pero nos arriesgamos a no levantar el vuelo nunca
más. O explotar en cuanto pongamos de nuevo el contacto...
—Hizo un gesto con la mano que quería ser definitivo—. Yo me
niego.
Quedaba claro que su compañero compartía sus puntos de
vista. Razmán, pese a ello, insistió:
—¿Aunque la orden venga de arriba? —Bajó instintivamente la
voz— ¿Saben a quién estamos buscando...?
—Sí —admitió el que llevaba la voz cantante—. Hemos oído
rumores, pero eso son problemas de los políticos, en los que no
deberían mezclarnos a nosotros, los militares. —Hizo una pausa, y
señaló el mapa con amplio ademán—. Si me ordenan que aterrice
en cualquier punto de ese desierto, porque estamos en guerra o nos
ha invadido el enemigo, aterrizaré sin dudarlo un momento. Pero
no lo haré por cazar a Abdul-el-Kebir, porque me consta que
Abdul-el-Kebir no me pediría nunca algo parecido.
El teniente Razmán se envaró y, sin poder evitarlo, lanzó una
discreta ojeada a los mecánicos que, al otro extremo del amplio
hangar, se afanaban en poner a punto los aparatos. Bajando de
nuevo la voz, advirtió:
—Eso que acaba de decir es peligroso.
—Lo sé —replicó el piloto—. Pero creo que, después de tantos
años, empieza a ser hora de que empecemos a demostrar lo que
sentimos. Si ustedes no lo agarran en Tikdabra, y lo veo muy difícil,
Abdul-el-Kebir volverá muy pronto, y habrá llegado el momento
de que cada cual clarifique su posición.
—Se diría que le alegra no haberle encontrado.
—Mi misión era buscarle, y le busqué lo mejor que supe. No es
culpa mía si no lo hemos encontrado. En el fondo, me da miedo
pensar en lo que puede ocurrir. Abdul en libertad significa la división
del país, enfrentamientos y, tal vez, la guerra civil. Nadie debe
desear eso para su propia gente.
Cuando abandonó el hangar de regreso a su alojamiento, el
teniente Razmán aún iba dándole vueltas a aquellas palabras, ya
que, por primera vez, se había mencionado una posibilidad que
espantaba a todos: la guerra civil; el enfrentamiento entre dos facciones
de un mismo pueblo al que únicamente separaba un hombre:
Abdul-el-Kebir.
Tras más de un siglo de colonialismo su gente no se encontraba
dividida en clases sociales claramente determinadas, ricos muy
ricos y pobres muy pobres, y no respondían aún a los esquemas clásicos
de las naciones desarrolladas: capitalismo por un lado, y proletariado
por otro que acaban enfrentándose a muerte en una lucha
despiadada por la supremacía de sus ideales. Para ellos, con un
setenta por ciento de analfabetismo y una extensa tradición de
sometimiento, lo importante continuaba siendo el carisma de los
hombres, su capacidad de arrastre y el eco que sus palabras despertaran
en el fondo de sus corazones.
Y en eso —Razmán lo sabía— Abdul el-Kebir llevaba las de
ganar, porque gracias a un rostro noble y franco que inspiraban
confianza, y un verbo fácil, el pueblo acababa por seguirle dónde se
propusiera, ya que, al fin y al cabo, había cumplido su promesa,
conduciéndoles del colonialismo a la libertad.
Tumbado en la cama contemplando sin ver las aspas del viejo
ventilador que no lograba, pese a sus esfuerzos, refrescar el
ambiente, se preguntó a sí mismo cuál sería su posición cuando llegara
el momento de elegir.
Recordó el Abdul-el-Kebir de su juventud, cuando lo convirtió
en su héroe, cubriendo con su retrato las paredes de su habitación,
y recordó luego al gobernador Hassán-ben Koufra y a todos cuantos
componían su camarilla, y comprendió que su decisión personal
estaba tomada desde mucho tiempo atrás.
Pensó luego en el targuí; en aquel hombre extraño que había
desafiado a la sed y a la muerte y le había burlado limpiamente, y
trató de imaginar dónde se encontraría, qué estaría haciendo en
aquellos momentos, y de qué hablaría con Abdul cuando se tumbaran
a descansar agotados por la larga caminata.
“No sé por qué los persigo —se dijo—. Si, en el fondo, me gustaría
escapar con ellos...”
***
Habían bebido la sangre del camello y habían comido su carne.
Se sentía fuerte, animoso, lleno de energía y capaz de enfrentarse a
la “tierra vacía” sin sentir miedo, pero le preocupaban los terrores
de su acompañante; el mutismo en que se iba sumiendo; la desesperación
que leía en sus ojos cada vez que la luz de un nuevo día
venía a gritarles que el paisaje continuaba siendo el mismo.
—¡No es posible! —fue lo último que le oyó decir—. ¡No es
posible!
Tuvo que ayudarle a descender de la camella y arrastrarlo hasta
la sombra, dándole de beber y recostándole la cabeza como a un
niño asustado, preguntándose por dónde se le iban las fuerzas y qué
extraño maleficio ejercía sobre él la infinita llanura.
“Es un anciano —se repetía una y otra vez—. Un hombre prematuramente
envejecido que ha pasado los últimos años de su vida
encerrado entre cuatro paredes y para el que todo lo que no sea
pensar, significa ya un esfuerzo sobrehumano”.
¿Cómo confesarle que las auténticas dificultades todavía no
habían hecho su aparición? Aún quedaba agua. Y tres camellos a
los que robarles la sangre. Aún faltaban días para que extrañas luces
brillantes como mil soles comenzaran a estallar en el fondo de sus
ojos, síntoma inequívoco de que empezaba la auténtica deshidratación,
pero el camino era largo, muy largo, y exigiría una gran fuerza
de voluntad y un invencible espíritu de supervivencia, sin ofre
cer siquiera a cambio la esperanza de que el éxito coronaría sus
esfuerzos.
“Huye de Tikdabra.”
No podía recordar cuándo escuchó por primera vez aquella
advertencia que probablemente había aprendido ya en el mismísimo
vientre de su madre, pero ahora se encontraba allí, en algún
punto de Tikdabra, arrastrando consigo a un hombre que comenzaba
a convertirse en sombra, y abrigó el convencimiento de que él,
Gacel Sayah, “el Cazador”, imohag del Kel-Talgimus, hubiera podido
vencer a Tikdabra con ayuda de cuatro camellos.
Hubiera sido el primero en conseguirlo y su fama se habría
extendido de punta a punta del desierto para que su nombre pasara
de boca en boca como una leyenda, pero arrastraba una carga
insoportable, como una de aquellas cadenas que algunos amos sujetaban
a los tobillos de sus esclavos rebeldes, y con aquel peso —un
hombre destruido que en menos de una semana se había dado por
vencido—, ni él, ni ningún otro targuí del desierto, llegaría a parte
alguna.
Le constaba que se presentaría un momento en el que tendría
que optar por entre pegarle un tiro para aliviar sus padecimientos y
tratar de salvarse a sí mismo, o continuar hasta el fin para sufrir juntos
la más espantosa de las muertes.
“Será él mismo quien me pida que le mate —se dijo—. Cuando
ya no pueda más, me lo suplicará, y tendré que hacerlo...”
Sólo cabía esperar que, para entonces, no fuera ya demasiado
tarde.
Si su huésped le pedía voluntariamente la muerte, estaba en su
derecho al concedérsela, y desde ese momento quedaba libre de
toda responsabilidad, y libre igualmente para intentar su propia salvación.
“Cinco días —calculó—. Dentro de cinco días aún estaré en
condiciones de intentarlo por mí mismo. Si resiste más, será demasiado
tarde para los dos”.
Comprendió que se le planteaba un difícil dilema: por un lado
debía esforzarse por mantener entero a su acompañante, alimentar
sus esperanzas, e intentar lo humanamente viable para salvarlo. Por
otra parte, le constaba que cada día o cada hora que le prolongase
la vida, era un día o una hora menos que tenía para salvar la suya.
Abdul-el-Kebir, por su constitución y su falta de costumbre,
consumía tres veces más agua de la que Gacel necesitaba. Eso significaba
que, a la hora de la verdad, el targuí, solo, cuadruplicaba
sus expectativas de continuar con vida.
Lo observó mientras dormía, inquieto, murmurando a ratos y
con la boca muy abierta como buscando siempre un aire que se resistía
a bajar a sus pulmones. Le haría un favor si prolongaba su sueño
eternamente, evitándole los terrores y las penalidades de los días
venideros, ya que se sumergiría en un sueño más tranquilo cuando
aún mantenía en su corazón una pequeña ilusión de que era libre y
aún acariciaba una leve esperanza de que cruzarían la frontera.
¿Qué frontera? Por allí debía estar, en alguna parte frente a ellos
o quizá ya a sus espaldas, sin que nadie en este mundo supiera señalarla,
porque la “tierra vacía” de Tikdabra que no había sido capaz
de aceptar una simple presencia humana, menos aún aceptaría la
imposición de una frontera.
“Ella” era la propia frontera.
Frontera entre países, entre regiones, e incluso entre la vida y la
muerte. “Ella” se imponía como frontera a los hombres y Gacel
comprendió que, en cierto modo, amaba la “tierra vacía” y amaba
el hecho de encontrarse allí por su propia voluntad y ser tal vez el
primer ser humano desde el comienzo de los siglos, que podía
experimentar, con plena conciencia, lo que significaba desafiar al
“desierto de los desiertos”.
“Me siento capaz de vencerte —fue lo último que murmuró
antes de quedar profundamente dormido—. Me siento capaz de
vencerte y acabar de una vez con tu leyenda...”
Pero ya dormido, una voz repitió en su cerebro machaconamente,
“Huye de Tikdabra”, hasta que de entre las sombras nació la figura
de Laila que le acarició la frente, le dio de beber agua fresca del
pozo más profundo y cantó a su oído como cantara aquella noche
en que el Ahal de los solteros, cuando trazó sobre su mano extraños
signos que sólo los de su pueblo sabían interpretar.
¡Laila!
***
¡Laila!
Se detuvo en su tarea de moler el mijo y alzó los inmensos ojos
oscuros hacia el arrugado rostro de Suílem que señaló la cumbre
del farallón que dominaba el guelta.
—Soldados —fue todo lo que dijo.
Eran soldados, en efecto, y descendían desde todos los puntos
con las armas listas, como si se dispusieran a atacar un peligroso
enclave enemigo, en lugar de un mísero campamento nómada ocupado
únicamente por mujeres, ancianos y niños.
Le bastó una ojeada para comprender la situación, y cuando se
volvió al negro su voz no admitía réplica:
—¡Escóndete! —ordenó—. Tu amo necesitará saber lo que ha
ocurrido.
El viejo dudó un instante, pero obedeció en seguida, se deslizó
entre las jaimas y sheribas y desapareció como tragado por el cañaveral
de la diminuta laguna.
Laila llamó después a los hijos de su esposo y a las mujeres y sirvientes,
tomó a su pequeño en brazos, y aguardó, altiva y firme, a
que el hombre que parecía comandar al grupo de soldados se plantara
ante ella.
—¿Qué buscas en mi campamento? —inquirió, aunque de
sobra lo sabía.
—A Gacel Sayah. ¿Lo conoces?
—Es mi esposo. Pero no está aquí.
El sargento Malik contempló a su gusto a la hermosa targuí altiva
y desafiante, sin velos que le cubrieran el rostro ni pesados mantos
que ocultaran sus brazos, el nacimiento de sus pechos o sus
fuertes piernas. Hacía años, desde que llegara al desierto, que no
había tenido tan cerca a una mujer semejante y tuvo que hacer un
gran esfuerzo para olvidar sus pensamientos y replicar sonriendo
levemente:
—Ya sé que no está aquí. Está muy lejos. En Tikdabra.
Ella experimentó un estremecimiento al oír el nombre tan temido,
pero logró disimularlo. Nadie debía decir jamás que en una ocasión
vio a una targuí sentir miedo.
—Si sabes dónde está, ¿a qué has venido?
—A protegeros... Tendréis que venir con nosotros, porque tu
marido se ha convertido en un peligroso criminal y las autoridades
temen que la muchedumbre, indignada, os ataque.
Laila estuvo a punto de soltar una carcajada ante la desfachatez
del individuo, y señaló con un amplio gesto a su alrededor.
—¿Muchedumbre? —repitió— ¿Qué muchedumbre? No hay
ni un alma en dos días de marcha en todas direcciones.
Malik-el-Haideri dejó escapar una sonrisa de conejo, feliz y
divertido por primera vez en mucho tiempo:
—Las noticias vuelan en el desierto —dijo—. Tú lo sabes.
Pronto acudirán y debemos evitar incidentes que podrían originar
una guerra entre tribus... Vendréis con nosotros.
—¿Y si nos negamos?
—Vendréis igualmente. Por la fuerza. —Recorrió con la vista a
los presentes—. ¿Están todos aquí...? —Ante la muda afirmación
hizo un gesto con el brazo—. ¡Bien! En marcha entonces.
Laila señaló a su alrededor.
—Tenemos que levantar el campamento.
—El campamento seguirá aquí... Mis hombres se quedarán
esperando a tu marido.
***
Por primera vez Laila pareció perder la calma y su voz se alteró
levemente, con un deje de súplica.
—¡Pero es todo lo que tenemos!
Malik rió despectivo:
—No es mucho, desde luego... Pero adonde vais ni siquiera eso
necesitaréis. —Hizo una pausa—. Comprende que no puedo andar
por el desierto cargando mantas, alfombras y cacharros como un
majarrero. —Hizo una señal a uno de sus hombres—. Que se pongan
en marcha. ¡Alí! ¡Quédate aquí con cuatro hombres, y ya sabes
lo que tienes que hacer si el targuí aparece!
Quince minutos después, Laila se volvía a contemplar por última
vez, allá abajo, en el fondo de la diminuta hondonada, el agua
del guelta, sus jaimas y sheribas, el corral de las cabras, y el rincón,
cerca del cañaveral, donde pastaban los camellos.
Aquello y un hombre, era cuanto había poseído en esta vida,
aparte del hijo que llevaba en brazos, y le asaltó el temor de no volver
a ver, ni a su hogar, ni a su esposo. Se volvió a Malik que se
había detenido a su lado:
—¿Qué es lo que pretendes realmente de nosotros? —quiso
saber—. Nunca he visto que se utilice a mujeres, ancianos y niños
en los enfrentamientos entre hombres... ¿Tan poca fuerza tiene tu
Ejército que nos necesita en su lucha con Gacel?
—Él tiene a alguien que nosotros queremos —fue la respuesta—.
Ahora tenemos algo que él quiere... Utilizamos sus métodos, y
gracias puede dar porque no hemos degollado a nadie mientras
duerme. Le ofreceremos un canje: un hombre por toda una familia.
—Si ese hombre era su huésped, no puede aceptar. Nuestra ley
lo prohíbe.
—¡Vuestra ley ya no existe! —Malik-el-Haideri había tomado
asiento sobre una piedra encendiendo un cigarrillo mientras la
columna de soldados y cautivos iniciaba el descenso de la colina
rocosa en procura de la planicie en que aguardaban los vehículos—.
Vuestra ley, hecha por los tuareg para conveniencia y uso exclusivo
de los tuareg, no tiene validez frente a las leyes nacionales. —Lanzó
una columna de humo a la cara de la mujer—. Tu marido no ha
querido comprenderlo por las buenas y ahora vamos a tener que
explicárselo por las malas. No se puede hacer lo que él ha hecho
amparándose en que su tradición se lo permite y el desierto es
demasiado grande. Regresará algún día y ese día tendrá que aceptar
sus responsabilidades. Si desea ver en libertad a su mujer y sus hijos
tendrá que entregarse para que se le juzgue.
—Nunca se entregará —sentenció Laila convencida.
—En ese caso, hazte a la idea de que nunca volverás a ser libre.
No respondió, dirigió una larga mirada al punto del cañaveral en
que sabía que el negro Suílem estaba escondido, y luego, como si
diera definitivamente la espalda a todo su pasado, giró sobre sí
misma e inició el descenso en pos de su familia.
Malik-el-Haideri concluyó su cigarrillo mientras contemplaba,
alterado, el suave balanceo de las caderas de la mujer, y por último,
arrojando la colilla con gesto de fastidio, la siguió sin prisas.
Fín del fragmento de hoy, puedes volver al blog si lo deseas:
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