Capítulo XX
XX
Era un mar de cuerpos de mujeres desnudas, tumbadas al sol,
con la piel dorada, a veces cobriza y hasta roja en las crestas de las
cumbres más viejas, pero eran cuerpos inmensos, con pechos que
superaban a veces los doscientos metros de altura, traseros de un
kilómetro de diámetro, y largas piernas, inacabables piernas, inaccesibles
piernas, por las que los camellos ascendían pesadamente,
resbalando, chillando y mordiendo, amenazando a cada instante
con flanquear y caer redondos hasta el pie de la duna para no levantarse
más y concluir devorados por la arena.
Los gassi, los pasos entre una y otra duna, se convertían en un
tortuoso laberinto, inexistentes la mayoría de las veces, o que volvían
al punto de partida muchas otras y tan sólo el increíble sentido
de orientación de Gacel y la seguridad de su criterio, les permitía
avanzar hacia el Sur día tras día, sin retornar sobre sus propios
pasos.
Abdul-el-Kebir, que se preciaba de conocer a fondo un país que
había gobernado durante años, y que había vivido en el corazón
mismo del desierto, jamás pudo imaginar, ni en sus peores sueños,
que existiera sobre la tierra un mar de dunas semejante; una extensión
de arena tan dilatada; un erg al que no se le veía el fin ni aun
trepando a la más elevada de las ghourds.
Arena y viento era cuanto existía allí, en los aledaños de la “gran
tierra vacía”, y se preguntaba cómo era posible que el targuí asegurase
que existía algo “aún peor” que aquel océano petrificado.
Dejaban transcurrir las horas del día al socaire del viento y a la
sombra de una ancha tienda de color amarillento que compartían
con los camellos, para reiniciar la marcha en cuanto la tarde comenzaba
a declinar, y continuarla durante toda la noche, a la luz de la
luna y las estrellas, sorprendidos siempre por unos amaneceres por
tentosos, en los que las sombras parecían ir corriendo de cresta en
cresta de los sifs en forma de sable, sobre cuyos filos podría pensarse
que los granos de arena se mantenían unidos abrazándose los
unos a los otros.
—¿Cuánto falta? —quiso saber en el quinto de aquellos amaneceres,
cuando las primeras luces le permitieron comprobar que
tampoco era capaz de distinguir en el confín del horizonte el
comienzo de la gran planicie.
—No lo sé. Nadie ha vuelto jamás de este lugar. Nadie ha contado
los días de arena, ni los días de “tierra vacía”.
—¿Vamos hacia la muerte entonces...?
—Que nadie lo haya logrado, no quiere decir que no pueda
hacerse.
Agitó la cabeza incrédulo:
—Me maravilla esa fe que tienes en ti mismo —dijo—. Yo
comienzo a sentir miedo.
—El miedo es el principal enemigo en el desierto —fue la respuesta—.
El miedo conduce a la desesperación y la locura, y la
locura lleva a la estupidez y la muerte.
—¿Tú nunca tienes miedo?
—¿Al desierto? No. Aquí nací y aquí ha transcurrido mi vida...
Tenemos cuatro camellos, las hembras todavía darán leche hoy y
mañana, y no llegan señales de harmatan. Si el viento nos respeta,
tenemos esperanzas.
—¿Cuántos días de esperanza? —quiso saber Abdul.
Se durmió tratando de calcular cuántos días de esperanza les
quedaban, y cuántos aún de sufrir aquel martirio, y le despertó al
mediodía un zumbido lejano. Abrió los ojos y lo primero que vio
fue a Gacel, cuya silueta se recortaba contra la entrada de la tienda,
arrodillado en la arena y vigilando el cielo.
—Aviones... —señaló el targuí sin volverse.
Se arrastró a su lado y pudo distinguir a una pequeña avioneta
de reconocimiento que trazaba círculos a unos cinco kilómetros de
distancia y que se iba aproximando lentamente.
***
—¿Puede vernos...?
Gacel negó, pero aun así se aproximó a los camellos y les maniató
las patas uniendo las de atrás con las de delante para impedirles
cualquier intento de alzarse.
—El ruido les asusta... —dijo—. Y si echan a correr nos delatarán.
Cuando hubo concluido aguardó paciente a que, en uno de sus
círculos, la cumbre de la duna más próxima se interpusiera entre la
avioneta y ellos, y tan sólo entonces salió al exterior y cubrió con
una capa de arena las partes más visibles de la tienda.
Quince minutos después, y sin más molestias que el continuo
barritar nervioso de las bestias, una de cuyas hembras intentó morderles
por tres veces, el zumbido se alejó y el aparato pasó a convertirse
en un punto de la distancia tras haber pasado una sola vez
sobre sus cabezas.
Sentado en la penumbra, apoyada la espalda en una de las monturas,
Gacel extrajo de una bolsa de cuero un puñado de dátiles y
comenzó a comer como si no hubiera pasado nada y no corrieran el
menor peligro. Se le diría tranquilamente sentado en su cómoda jaima.
—¿Realmente puedes quitarles el poder si logras cruzar la frontera...?
—inquirió, aunque resultaba claro que no tenía demasiado
interés en la respuesta.
—Ellos lo creen así, aunque yo no estoy tan seguro. La mayoría
de mi gente ha muerto o está encarcelada... Otros me traicionaron.
—Aceptó los dátiles que el targuí le ofrecía—. No será fácil...
—añadió—. Pero si lo logro, podrás pedirme lo que quieras... Todo
te lo debo a ti.
Gacel negó despacio:
—No me deberás nada y aún seré yo el que esté en deuda por
la muerte de tu amigo... Por mucho que haga y por años que pasen,
nunca podré devolverle la vida que me confió.
Le miró largamente tratando de calar en el fondo de aquellos
ojos oscuros y profundos, la única parte de su rostro que había
alcanzado a ver hasta el momento.
***
—Me pregunto por qué unas vidas significan tanto para ti y
otras tan poco. No podías hacer nada aquel día, pero se diría que
su recuerdo te persigue y te atormenta. Sin embargo, el haber degollado
a los soldados te deja por completo indiferente.
No obtuvo respuesta. El targuí se había limitado a encogerse de
hombros y continuaba con su tarea de introducirse dátiles en la
boca, bajo el velo.
—¿Eres mi amigo? —inquirió Abdul de improviso.
Le miró sorprendido:
—Sí. Supongo que sí.
—Los tuareg se despojan del velo ante sus familiares y sus ami
gos... Pero tú aún no lo has hecho ante mí.
Gacel meditó unos instantes y luego, muy despacio, subió la
mano y dejó caer el velo, permitiendo que estudiara a gusto su rostro
delgado y firme, surcado de profundas arrugas. Sonrió:
—Es una cara como cualquier otra.
***
—Te imaginaba distinto.
—¿Distinto?
—Más viejo quizá... ¿Cuántos años tienes?
—No lo sé. Nunca los he contado. Mi madre murió siendo yo
un niño, y ésas son cosas que únicamente preocupan a las mujeres.
Ya no soy tan fuerte como antes, pero tampoco empiezo a estar
cansado.
—No te imagino cansado. ¿Tienes familia?
—Mujer y cuatro hijos. Mi primera esposa murió.
—Yo tengo dos hijos. Y mi esposa también murió, aunque
nunca me dijeron cuándo.
—¿Cuánto tiempo llevas preso?
—Catorce años.
Gacel guardó silencio, tratando de hacerse una idea de lo que
representaban catorce años en la vida de una persona, pero le resultó
imposible imaginar siquiera lo que significaba permanecer tanto
tiempo encerrado.
—¿Siempre estuviste en el Fortín de Gerifíes...?
—Estos años, sí. Pero ya antes había pasado ocho en las prisiones
francesas... —Sonrió con amargura—. Cuando era joven y
luchaba por la libertad.
—¿Y pese a todo, quieres volver a la lucha y a la posibilidad de
que te traicionen nuevamente y nuevamente te encierren?
—Pertenezco a una clase de hombres que únicamente pueden
estar en la cumbre o en el fondo.
—¿Cuánto tiempo estuviste en la cumbre?
—¿En el poder? Tres años y medio.
—No compensa —replicó el targuí convencido, negando con la
cabeza repetidamente—. Por bueno que sea el poder, no compensa
veintidós años de cárcel por tres y medio de mandar. No. Ni aunque
fuera al contrario. Para nosotros, los tuareg, la libertad es, siempre,
lo más importante. Tan importante, que no construimos casas
de piedra, porque sentir los muros alrededor nos ahoga. Me gusta
saber que puedo levantar cualquiera de las paredes de mi jaima y ver
la inmensidad del desierto al otro lado. Y me gusta advertir cómo
el viento atraviesa por entre las cañas de las sheribas... —Hizo una
pausa—. Alá no puede vernos cuando nos ocultamos bajo techos
de piedra.
—Él nos ve en todas partes. Aun en la más profunda de las
mazmorras. Calibra nuestros sufrimientos, y nos compensará si los
soportamos por una causa justa. —Le miró a los ojos—. Y mi
causa es justa —concluyó.
—¿Por qué?
Le observó desconcertado.
—¿Cómo que por qué?
—¿Por qué tu causa es más justa que la de ellos? Todos buscáis
el poder. ¿O no?
—Existen muchos modos de ejercer el poder. Unos lo usan
para su propio provecho. Otros, para ser útiles a los demás y conseguir
un futuro mejor para su pueblo. Eso era lo que yo pretendía.
Por ello no encontraron cargo alguno del que acusarme cuando me
traicionaron y no se atrevieron a fusilarme.
—Alguna razón tendrían para traicionarte.
—No les permitía robar —sonrió—. Quise hacer un gobierno
de hombres puros, sin darme cuenta de que ningún país cuenta con
suficientes hombres puros como para formar un gobierno. Ahora
todos tienen yates, palacios en la Riviera y cuentas en Suiza pese a
que cuando éramos jóvenes y luchábamos juntos, juramos combatir
la corrupción con el mismo espíritu con que combatíamos a los
franceses. —Chasqueó la lengua como burlándose de sí mismo—.
Era un juramento idiota. Podíamos luchar contra los franceses porque,
por más que nos lo propusiéramos, jamás llegaríamos a ser
franceses. Pero no resulta tan fácil luchar contra la corrupción, porque,
a poco esfuerzo que hagamos, podemos convertirnos también
en corruptos. —Le observó con fijeza—. ¿Entiendes de lo que te
estoy hablando?
—Soy targuí, no estúpido. La diferencia entre nosotros estriba
en que los tuareg se asoman a vuestro mundo, lo observan, lo comprenden,
y se apartan. Vosotros, ni os acercáis a nuestro mundo, ni,
mucho menos aún, lográis entenderlo. Por eso siempre seremos
superiores.
Abdul-el-Kebir sonrió por primera vez en mucho tiempo, sinceramente
divertido:
—¿En verdad que los tuareg continuáis considerándoos la raza
elegida de los dioses?
Gacel señaló hacia fuera:
—¿Qué otra hubiera sobrevivido dos mil años en estos arenales?
Si el agua se acaba, yo seguiré con vida cuando a ti te estén
comiendo los gusanos. ¿No es ésa una demostración de que los
dioses nos eligieron?
—Es posible... Y si así fuera, es hora de que solicitéis toda su
ayuda, porque lo que no consiguió el desierto en dos mil años, lo
conseguirán los hombres en veinte. Quieren destruiros; acabar con
vosotros y eliminaros de la faz de la tierra, aunque no se sientan
capaces de construir nada sobre vuestras tumbas.
Gacel cerró los ojos sin preocuparse gran cosa por la amenaza
o la advertencia:
—Nadie podrá destruir nunca a los tuareg —sentenció—. Nadie,
más que los tuareg mismos, y hace años que están en paz y no luchan
entre sí. —Hizo una pausa y sin abrir los ojos, añadió—: Ahora será
mejor que duermas. La noche será larga.
Y fue en verdad una larga y fatigosa noche. Desde que un sol
rojo y tembloroso comenzó a sumergirse en la calima que flotaba
sobre las crestas de las dunas, hasta que ese mismo sol, descansado
y brillante, renació por su izquierda, iluminando idéntico paisaje de
gigantescas mujeres desnudas.
Rezaron sus oraciones, de cara a La Meca, y estudiaron de
nuevo el horizonte:
—¿Hasta cuándo?
—Mañana llegaremos a la llanura... Entonces empezará lo malo.
—¿Cómo lo sabes?
El targuí no tenía respuesta. Era como predecir cuándo llegaría
la tormenta de arena o cuándo el calor aumentaría hasta límites
insoportables.
Era como presentir la manada de antílopes más allá de una duna
o recorrer, sin perderse, una ruta ignorada.
—Lo sé... —fue todo lo que dijo al fin—. Al amanecer alcanzaremos
la llanura.
—Me alegrará hacerlo. Estoy harto de subir y bajar dunas y
hundirme en la arena.
—No. No te alegrará —sentenció—. Aquí corre brisa. Mucha
o poca, refresca y ayuda a respirar. Los ríos de arena se forman en
los caminos del viento. Pero las “tierras vacías” son como hoyas
muertas donde todo es quietud y donde el aire, de tan caliente, se
vuelve espeso. La sangre quiere hervir y los pulmones y la cabeza
estallan. Por eso ningún animal ni ninguna planta viven allí. Y esa
llanura... —recalcó, señalando hacia delante con el dedo— jamás
ha logrado atravesarla nadie.
Abdul-el-Kebir no respondió, impresionado, más que por las
palabras, por el tono de voz del targuí. Había aprendido a conocerle
y le había visto desenvolverse en cada uno de los momentos que
llevaban juntos, sin que nada ni nadie pareciera asustarle, absolutamente
seguro del terreno que pisaba y el hostil mundo en que se
desenvolvía. Era un hombre sereno, hermético y distante que parecía
mantenerse por encima de los problemas y los peligros que
pudieran presentársele, pero que ahora, al hablar de la “tierra vacía”,
lo hacía con un respeto que no podían por menos de alarmarle.
Para cualquier ser humano, el erg que atravesaban hubiera significado
el final de todos los caminos, el principio de todas las locuras
y la muerte sin esperanza alguna. Para el targuí no había constituido
más que la etapa “cómoda” de un viaje que pronto comenzaría
a tornarse verdaderamente difícil. A Abdul-el-Kebir le aterrorizaba
imaginar siquiera lo que aquel hombre pudiera considerar
“difícil”.
Por su parte, Gacel libraba una lucha consigo mismo, preguntándose
si no estaría sobrevalorando sus fuerzas al despreciar un
consejo, ¿o quizá fuera una ley?, que durante generaciones se habían
transmitido los de su pueblo verbalmente: “Huye de Tikdabra”.
Rub-al-Jali, al sur de la península arábiga y Tikdabra, en el corazón
del Sáhara, constituían las dos regiones más inhóspitas del planeta;
aquellas que los cielos reservaron para enviar a los espíritus de
los peores asesinos, infanticidas y violadores, y donde moraban las
almas atormentadas de los que habían vuelto la espalda al enemigo
durante las guerras santas.
Gacel Sayah había aprendido desde niño a no hacer caso de espíritus,
fantasmas o apariciones, pero conocía otras “tierras vacías”
menos famosas y menos terribles, que Tikdabra, y podía hacerse una
clara idea, por tanto, de lo que les esperaba en los días venideros.
Observó a su acompañante. De hecho venía estudiándolo desde
el primer instante; desde que descubrió un relámpago de espanto
en sus ojos cuando le confesó que había matado a sus guardianes.
Si había soportado tantos años de cautiverio y no se había dado por
vencido, decidido a reanudar la lucha, era, sin duda, un hombre de
coraje, con un temple fuera de lo común.
Pero el temple para la lucha —Gacel lo sabía bien— no tenía
nada que ver con el temple necesario para enfrentarse al desierto.
Con el desierto no se luchaba, porque al desierto jamás se le vencía.
Al desierto había que resistírsele, mintiendo y engañando, para
concluir por escamotearle la propia vida cuando ya creía tenerla en
las manos. En la “tierra vacía” no había que ser héroe de carne, sino
piedra sin sangre, porque las piedras eran las únicas que lograban
pasar a formar parte del paisaje.
Y Gacel abrigaba el temor de que Abdul-el-Kebir, al igual que
cualquier otro ser humano que no hubiera nacido imohag y no se
hubiese criado entre las arenas y las rocas, careciera de la más mínima
capacidad de convertirse en piedra.
Lo observó nuevamente. Era sin duda un hombre que no temía
a los hombres, pero al que aplastaba la soledad y el silencio de
aquella naturaleza callada y dulcemente agresiva, donde todo eran
suaves curvas y colores tranquilos; donde no acechaba la fiera, ni se
escondía el alacrán o la serpiente; donde ni siquiera un mosquito
sediento acudía a amenazar en los atardeceres, pero que hedía a
muerte aunque no oliese a nada, pues en el aséptico mar de dunas,
hasta los olores se habían esfumado hacía mil años.
Ya había comenzado a dar las primeras muestras de ansiedad
desfalleciendo ante la dilatada inmensidad del mar de arena, cuando
los problemas aún no habían hecho siquiera acto de presencia.
Ya su pulso latía con fuerza cuando coronaban las más altas dunas,
las viejas ghourds rojizas y duras como basalto, y no distinguía al otro
lado sino una repetición exacta del paisaje que habían dejado atrás
una y mil veces, y ya renegaba cuando los camellos tiraban al suelo
su carga nuevamente, o se dejaban caer amenazando con no volver
a levantarse nunca.
Y era sólo el principio.
Montaron la tienda y dos aviones volvieron al mediar la mañana.
Gacel agradeció su presencia y el que sobrevolaran sus cabezas
con insistencia sin llegar a descubrirles, porque comprendió que
esos aviones constituían el acicate que Abdul necesitaba, la evidencia
del peligro presente; de la vuelta al encierro; de la otra muerte,
más sucia y denigrante, que sin duda le aguardaba si caía en manos
de sus perseguidores.
Y los dos sabían que, en caso de desaparecer para siempre en la
“tierra vacía” de Tikdabra entrarían directamente en el mundo de
la leyenda; del mismo modo que entró en su día “La Gran
Caravana” y al igual que entraban los héroes que jamás se rendían.
Pasarían cien años antes de que el pueblo que le amaba perdiera la
esperanza de que algún día el mítico Abdul-el-Kebir regresara del
desierto y sus enemigos se enfrentarían a ese fantasma porque
jamás podrían tener una constancia, física y palpable de su muerte.
Los aviones rompían el terrible silencio, e incluso se diría que
en el aire dejaban un olor a bencina que avivaba recuerdos.
Cuando se hubieron alejado, salieron a observarlos, girando
como buitres en busca de su presa.
—Sospechan, hacia dónde nos dirigimos. ¿No sería mejor
regresar e intentar escapar por otro lado...?
El targuí negó lentamente.
—El que lo sospechen no quiere decir que nos encuentren. Y
aunque nos encontraran tendrían que venir a buscarnos. Y eso
nadie lo hará. El desierto es ahora nuestro único enemigo, pero es,
también, nuestro aliado. Piensa en ello y olvídate del resto.
Pero, aunque lo intentara, Abdul el-Kebir no podía olvidar el
resto.
En realidad, no quería olvidarlo, porque también él se había
dado cuenta de que, por primera vez en su vida, algo le aterrorizaba
realmente.
Fín del fragmento de hoy, puedes volver al blog si lo deseas:
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