Capítulo XIX



XIX


Le despertaron la luz y el silencio.

El sol penetraba a raudales por la enrejada ventana, iluminando las largas hileras de libros y sacando destellos plateados al cenicero de latón repleto de colillas, pero, pese a ello, pese a lo avanzado de la hora, no escuchó ni un rumor en el patio, y estaba seguro de que no había sonado, como cada amanecer, el toque de diana.

Le inquietó aquel silencio. Los años le habían acostumbrado a una rutina militar y rígida en la que cada uno de sus actos se encontraba regido por un horario espartano, y advertir de improviso que ese horario se alteraba y no le habían hecho saltar de la cama a las seis en punto, con media hora de tiempo para asearse antes de que sirvieran el desayuno, le producía una inexplicable desazón.

Y el silencio.

El agobiante silencio del patio, alborotado siempre a aquella hora por las charlas de los soldados antes de que llegaran los grandes calores, le obligó a saltar del camastro, calzarse los pantalones, y aproximarse a la ventana.

No distinguió a nadie. Ni junto al pozo, ni en las almenas de la esquina oeste, que era la única parte del muro visible desde allí.

—¡Eh! —llamó levemente angustiado—. ¿Qué ocurre? ¿Dónde están todos?

No obtuvo respuesta. Insistió, pero el resultado fue el mismo, y se asustó de veras.

—“Me han abandonado...” —fue lo primero que pensó—. “Se han ido y me han dejado aquí encerrado para que muera de hambre y sed...”

Corrió hacia la puerta y le sorprendió encontrarla entreabierta. Salió al patio y un sol violento le hirió en los ojos al ser devuelto por los blancos muros mil veces encalados por unos soldados que ninguna otra obligación tenían, durante días y años, que repasar una y otra vez las inmaculadas paredes.

Pero ninguno de ellos aparecía a la vista. Y ninguno de ellos montaba guardia en la garita de las esquinas, o junto a la puerta, a través de la cual podía distinguir el desierto sin límites.

—¡Eh! —repitió una vez más—. ¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre?

El silencio. El maldito silencio, sin que ni un soplo de aire trajera un rumor de vida o alterara la quietud de un lugar que parecía petrificado, aplastado y destruido por un sol que empezaba a calentar con fuerza.

Bajó de dos saltos los cuatro escalones y avanzó hacia el pozo llamando hacia las oficinas, el comedor y los alojamientos de las tropas.

—¡Capitán...! ¡Capitán...! ¿Qué broma es ésta? ¿Dónde se han metido?

Una sombra oscura nació de entre las sombras de la cocina. Era un targuí alto, muy delgado, con un oscuro lithan cubriéndole el ros tro, un fusil en una mano y una larga espada en la otra.

Se detuvo bajo el porche.

—Están muertos —dijo.

Le observó incrédulo.

—¿Muertos...? —repitió estúpidamente—. ¿Todos...?

—Todos.

—¿Quién los mató?

—Yo.

Se aproximó sin dar crédito a lo que estaba oyendo.

—¿Tú...? —inquirió agitando la cabeza como para desechar la idea—. ¿Pretendes decirme que tú, sin ayuda de nadie, has matado a doce soldados, un sargento y un oficial...?

Asintió con naturalidad:

—Dormían.

Abdul-el-Kebir, que había visto morir a miles de personas, que había ordenado ejecutar a muchas, y que aborrecía a todos y cada uno de sus carceleros, experimentó sin embargo una insoportable sensación de angustia y vacío en la boca del estómago, y se apoyó levemente en el poste de madera que soportaba el porche para no perder el equilibrio.

—¿Los has asesinado mientras dormían? —inquirió—. ¿Por qué?

—Porque ellos asesinaron a mi huésped. —Hizo una pausa—. Y porque eran demasiados. Si uno daba la voz de alarma, hubieras muerto de viejo entre estas cuatro paredes...

Abdul-el-Kebir le observó en silencio y agitó la cabeza afirmativamente, como si comprendiese algo que se le antojó oscuro en un principio.

—Ahora te recuerdo... —admitió—. Eres el targuí que nos dio hospitalidad... Te vi cuando me llevaban.

—Sí —asintió. Soy Gacel Sayah, eras mi huésped, y tengo la obligación de llevarte al otro lado de la frontera.

—¿Por qué?

Le miró sin comprender. Por último, señaló:

—Es la costumbre... Pediste mi protección y debo protegerte.

—Matar a catorce hombres por protegerme resulta excesivo, ¿no crees...?

El targuí no se dignó responder y echó a andar en dirección a la abierta puerta.

—Traeré los camellos... —dijo—. Prepárate para un largo viaje.

Le observó mientras se alejaba, perdiéndose de vista más allá del portalón abierto de par en par, y le agobió sentirse solo en el fortín abandonado. Le agobió y le asustó incluso más que cuando lo vio por primera vez abrigando la certeza de que jamás saldría vivo de él y aquellos muros se convertirían a la vez en su prisión y su tumba.

Permaneció unos instantes muy quieto, escuchando aun a sabiendas de que no había nada que escuchar, pues el viento y los hombres eran los únicos capaces de provocar algún ruido, y era un día sin viento y los hombres habían muerto.

¡Catorce!

Recordaba sus caras, una por una, desde el afilado rostro intensamente pálido del capitán que odiaba el sol y amaba la penumbra de su despacho, a los sudorosos y congestionados mofletes del cocinero, pasando por los largos bigotes insolentes del sucio cabo que le atendía limpiando la celda y trayendo la comida.

***

Conocía también a cada centinela y cada pinche; había jugado con ellos a los dados o había escrito cartas para sus familiares, leyéndoles a veces novelas en las infinitas noches del desierto, pues, con frecuencia, resultaba imposible determinar quién, de entre todos ellos, era el más prisionero de aquel fortín de los confines del desierto.

Los conocía a todos y ahora estaban muertos.

Se preguntó qué clase de hombre era aquel que admitía que había matado a catorce seres humanos mientras dormían, sin la más leve alteración de la voz, sin una disculpa, sin señal alguna que delatase el menor síntoma de arrepentimiento.

Era un targuí, desde luego, y en la Universidad le habían enseñado que aquella raza nada tenía que ver con las demás razas del mundo, y su moral o sus costumbres ningún punto de contacto con la moral o las costumbres del resto de los mortales.

Era un pueblo altivo, indomable y rebelde que se regía por sus propias leyes, pero nadie le había explicado entonces que tales leyes contemplaran la posibilidad de asesinar fríamente a los durmientes.

“La moral es una cuestión de costumbres y nunca debemos juzgar, según nuestro criterio, los actos de aquellos que tienen, por sus costumbres ancestrales, una visión y un criterio distinto de la vida...”

Recordaba las palabras del “Gran Viejo” como si los años no hubieran pasado, apoltronado tras su enorme mesa, blancas de tiza las manos y las mangas de la oscura chaqueta, tratando de inculcarles el convencimiento de que las restantes etnias que componían lo que algún día sería un país libre, no debían parecerles inferiores por el hecho de que hubieran tenido menos contactos que ellos con los franceses.

“Uno de los grandes problemas de nuestro continente —aseguraba una y otra vez— es el hecho, innegable, de que gran parte de los pueblos africanos son, de por sí, más racistas aún que los propios colonialistas. Tribus vecinas, casi hermanas, se odian y se desprecian, y ahora, que están llegando las Independencias, se demuestra claramente que el negro no tiene peor enemigo que el propio negro que habla otro dialecto. No cometamos el mismo error. Vosotros, que algún día gobernaréis esta nación, tened muy presente que los beduinos, los tuareg, o los cabileños de las montañas no son inferiores, sino únicamente distintos...”

Distintos.

Nunca dudó a la hora de ordenar un atentado contra uno de aquellos cafés en que se reunían los franceses, sin detenerse ante el hecho de que semejante orden significase la destrucción de muchos inocentes. Nunca dudó tampoco al empuñar la metralleta contra paracaidistas y legionarios y la muerte había estado desde la adolescencia en su camino, y lo siguió estando cuando en los primeros años de su mandato tuvo que enviar a docenas de colaboracionistas a la horca. No tenía por tanto derecho a asustarse por la muerte de catorce carceleros, pero a aquellos carceleros los conocía uno por uno, sabía sus nombres y sus gustos, y sabía, también, que los habían degollado en sus propias camas.

Cruzó despacio el patio, llegó al pie del ancho ventanal del barracón, cubrió el cristal con las manos para evitar el reflejo y atisbó hacia adentro.

No eran más que bultos alineados, dos metros de camastro a camastro, cubiertos por sucias sábanas que no permitían distinguir siquiera una mancha de sangre, empapada por los gruesos jergones.

Ni una respiración, ni un leve ronquido, ni una voz entre sueños, ni el rumor de unas uñas al rascarse la piel reseca por el sol y la arena.

Sólo silencio y algunas moscas que golpeaban contra el cristal como si se hubieran hartado de sangre y pugnasen por escapar hacia la luz y el aire libre.

Diez metros más allá empujó la puerta del pabellón del capitán y el sol penetró por primera vez a raudales en la recargada estancia polvorienta, yendo a detenerse sobre la gran cama del fondo, en la que un cuerpo menudo y muy delgado aparecía también cubierto por una sábana muy blanca.

Cerró de nuevo y recorrió, despacio, cada rincón del fortín, sin descubrir, ni en las garitas, ni ante la puerta, ningún otro cadáver, como si el targuí, por un extraño rito, hubiera preferido arrastrarlos hasta sus camas para taparlos luego.

Regresó a su celda, recogió las cartas, las fotos de sus hijos y el sobado ejemplar del Corán que le acompañaba desde que tenía uso de razón, y lo metió todo, junto a sus escasas ropas, en una bolsa de lona.

Luego se sentó a esperar a la sombra del porche, cerca del pozo, cuando ya el sol caía vertical y terrorífico, borrando del suelo todas las sombras.

El calor agobiante le sumió en un sopor inquieto, un remedo de sueño del que despertó sobresaltado, pero sobresaltado por aquel mismo silencio: aquella quietud y aquella angustiosa sensación de vacío, sudando a chorros y experimentando casi dolor en los oídos, como si le hubieran hundido de improviso en un universo hueco, hasta el punto de que murmuró por lo bajo unas palabras con el único objeto de escucharse a sí mismo y corroborar que aún existían sonidos en la tierra.

¿Qué lugar podía existir más callado que aquel gran panteón en que se había convertido el viejo fortín de los confines del Sáhara en un día sin viento?

Por qué lo habían alzado allí, en el centro de la llanura, lejos de los pozos conocidos y las rutas de las caravanas; lejos de los oasis y las fronteras, en el corazón mismo de la nada más absoluta, nadie parecía saberlo.

“El Fortín de Gerifíes”, pequeño e inútil, era válido tan sólo bajo la teoría de que convenía tener apoyo logístico y un lugar de descanso para las patrullas nómadas. Tan bueno resultaba por tanto aquel punto como cualquier otro en quinientos kilómetros cuadrados a la redonda, y se cavó un pozo, se alzaron los bajos muros almenados, se trajeron muebles desvencijados, desecho sin duda de viejos cuarteles desmantelados, y se condenó a unos hombres a vigilar un pedazo de desierto, tan desierto, que contaba la tradición que jamás, ni un solo viajero, se aproximó nunca a Gerifíes.

Contaba también, esa misma tradición, que la guarnición de la Legión francesa tardó tres meses en enterarse de que ya no eran fuerzas coloniales, sino extranjeros vencidos.

Seis tumbas anónimas se alzaban en el exterior del muro trasero. En un tiempo contaron incluso con una cruz y un nombre cada una, pero años atrás el cocinero tuvo que quemar las cruces cuando se le acabó la leña y muchas veces Abdul-el-Kebir se había preguntado quiénes serían los cristianos que fueron a morir allí, tan lejos de su patria, y qué extraña historia les obligó a enrolarse en la Legión y acabar sus días en la soledad sin horizontes del Sáhara.

“Un día cavarán mi tumba junto a ellos —se dijo siempre—. Serán siete entonces las tumbas anónimas, y a partir de ese momento mis guardianes podrán abandonar Gerifíes... El héroe de la Independencia descansará para la eternidad junto a seis desconocidos mercenarios...”

Pero no había sido así, y serían catorce las tumbas necesarias ahora; tumbas sobre las que nadie querría escribir nunca los nombres, pues a nadie le interesaría que se supiese dónde yacía un puñado de ineptos carceleros.

De nuevo, instintivamente, volvió el rostro hacia el ventanal del barracón y le costó trabajo aceptar que allí comenzaban a pudrirse, bajo el seco calor insoportable, los cuerpos de cuantos habían llenado con sus voces y su presencia aquel lugar hasta la noche antes.

¡Cuántas veces había sentido la tentación de estrangular a alguno de ellos con sus propias manos! Durante sus años de cautiverio la mayoría le trató con respeto, pero otros le habían hecho víctima de toda clase de humillaciones, en especial en los últimos tiempos, a raíz de su regreso.

El castigo por su evasión había afectado a toda la guarnición por igual, privada de concesión de permisos por un año, y muchos fueron partidarios de provocar un “accidente” que acabara con él de una vez por todas y les librara para siempre de lo que se había convertido ya en un encarcelamiento compartido.

Ahora le espantaba la idea de reanudar la larga fuga; la infinita caminata a través de las arenas y los pedregales siempre bajo un sol incansable, sin saber hacia dónde se dirigía y si aquella llanura desolada tenía realmente fin en alguna parte. Recordaba con espanto el tormento de la sed y el dolor insufrible de cada uno de sus músculos acalambrados, y se preguntaba por qué continuaba sentado allí, a la sombra, con su hatillo en la mano, aguardando el regreso de un hombre, un asesino, que quería conducirle de nuevo a las arenas y los pedregales.

Y apareció de pronto a su lado, nacido de la nada, silencioso pese a los cuatro cargados camellos que le seguían sin un rumor siquiera, como si se hubieran contagiado de su amo o les espantase el hecho, que su instinto percibía, de que habían penetrado en un mausoleo.

Señaló hacia, el barracón con la cabeza:

—¿Por qué llevaste a los centinelas a su cama? ¿Crees que están mejor allí que donde los mataste? ¿Qué importancia puede tener ya?

Gacel le observó un instante como si no comprendiese a qué se refería.

Al fin se encogió de hombros:

—Un ave carroñera descubre un cadáver al aire libre a las dos horas de muerto —replicó—. Pero se necesitarán tres días para que el olor atraviese esas paredes, y para entonces estaremos ya camino de la frontera.

—¿Qué frontera?

—¿Acaso no son buenas todas las fronteras?

—La del Sur y la del Este, sí. Pero si cruzo la del Oeste me ahorcarán en el acto.

Gacel no respondió, inmerso como estaba en la tarea de sacar agua del pozo y dar de beber a los insaciables animales, pero cuando hubo concluido, reparó en la bolsa de lona.

***

—¿No llevas más que eso? —quiso saber.

—Es todo lo que tengo...

—No es mucho para quien ha sido presidente de un país... —in dicó hacia adentro—. Ve a la cocina y trae provisiones y todos los recipientes para llevar agua que consigas. —Agitó la cabeza—. El agua va a ser nuestro problema en este viaje.

—En el desierto el agua siempre es el problema... ¿O no?

—Sí, desde luego, pero adonde vamos, más que en ninguna otra parte.

—¿Y a dónde vamos, si puedo saberlo...?

—Adonde nadie pueda seguirnos: A la “gran tierra vacía” de Tikdabra.

***

—¿Hacia dónde pueden haberse dirigido?

No obtuvo respuesta. El ministro del Interior Alí Madani, un hombre alto, fuerte, de pelo planchado y ojos diminutos que intentaba ocultar, junto con sus intenciones, tras unas gruesas gafas muy oscuras, recorrió uno por uno los rostros de los presentes, y al no encontrar eco a su pregunta, insistió:

—¡Vamos, señores...! No he hecho un viaje de mil quinientos kilómetros para sentarme a mirarles. Se supone que ustedes son expertos en temas saharianos y en costumbres de los tuareg. Repito: ¿hacia dónde puede haberse dirigido?

—Hacia cualquier parte... —replicó, convencido, un coronel de gesto adusto—. Salió hacia el Norte, pero fue para buscar una zona rocosa en la que se perdieran sus huellas. De ahí en adelante, todo el desierto es suyo.

—¿Pretende darme a entender —masculló el ministro en voz muy baja que trataba de acallar su indignación— que un beduino, ¡un solo beduino!, puede penetrar en uno de nuestros fortines, degollar a catorce hombres, liberar al más peligroso enemigo del Estado, y desaparecer con él en un desierto que, por lo visto, “es suyo”...? —Agitó la cabeza incrédulo—. Se suponía que el desierto era “nuestro”, coronel. Que el país entero estaba bajo la jurisdicción del Ejército y las Fuerzas del Orden.

—El país se compone de un noventa por ciento de desierto, Excelencia —intervino el general, Comandante en Jefe de la Región, en tono también claramente molesto—. Pero, sin embargo, el diez por ciento restante, la Costa, acapara todas las riquezas y todos los esfuerzos. Tengo que controlar una región tan grande como media Europa con los desechos de un ejército y un mínimo de mantenimiento. La proporción es, de menos de un hombre por cada mil kilómetros cuadrados, acuartelados en oasis y fortines desparramados aquí y allá sin lógica alguna. ¿De verdad cree, Excelencia, que de ese modo puede considerarse que el desierto nos pertenezca...? Nuestra penetración e influencia son tan nulas, que ese targuí ni siquiera sabía aún, más de veinte años después, que constituimos una nación independiente... Él es el “dueño” del desierto —recalcó con intención—. El único dueño que existe.

El ministro Madani pareció aceptar que tenía razón, o por lo menos prefirió no tener que responder directamente, y se volvió al teniente Razmán que permanecía respetuosamente en pie, en un rincón junto al sargento mayor, Malik-el-Haideri.

—Usted, teniente, que es, por lo visto, el que más tiempo ha tratado a ese targuí, ¿qué opina de él?

—Que es muy astuto, señor. De alguna manera se las arregla para hacer siempre aquello que no esperamos que haga.

—Descríbamelo.

—Es alto y delgado.

El ministro permaneció expectante, y como no continuaba, insistió:

—¿Y qué más?

—Nada más, Excelencia. Va siempre totalmente cubierto. Sólo se le ven los ojos, oscuros, y las manos, fuertes...

El ministro soltó un reniego:

—¡Por todos los diablos...! —exclamó descargando un golpe con su lápiz sobre la mesa—. ¿Nos enfrentamos a un fantasma...? Alto, delgado, ojos oscuros, manos fuertes... ¿Es eso todo lo que sabemos del hombre que tiene en jaque al Ejército, preocupa al Presidente, ha raptado al gobernador y se ha llevado a Abdul-el- Kebir? ¡Es cosa de locos!

—No, Excelencia... —apuntó de nuevo el general—. No es cosa de locos. Las leyes, aquí, autorizan a los tuareg a ocultar el rostro según sus tradiciones. La descripción corresponde, por lo tanto, a un targuí... Teniendo en cuenta que se calcula que existen unos trescientos mil, de los que algo más de la tercera parte habitan a este lado de nuestras fronteras, debemos aceptar que la descripción coincide con la de por lo menos, cincuenta mil hombres adultos.

El ministro no dijo nada. Se quitó las gafas, las dejó a un lado, y se frotó los ojos con gesto de profunda preocupación. En las últimas cuarenta y ocho horas apenas había dormido, y el largo viaje y el calor de El-Akab le habían extenuado. Pero se sentía incapaz de irse a descansar, porque le constaba que, de no recuperar de inmediato a Abdul-el-Kebir, sus días al frente del Ministerio estaban contados y pasaría a convertirse en un oscuro funcionario sin futuro.

Abdul-el-Kebir era una bomba de relojería que en menos de un mes haría saltar por los aires al Gobierno y al sistema si alcanzaba la frontera y llegaba a París donde los franceses le proporcionarían los medios que le negaron en un tiempo. Entre el dinero francés y su arrastre popular, no habría fuerza alguna capaz de oponérsele y aquellos que le habían traicionado tendrían el tiempo justo para hacer las maletas y emprender un largo éxodo, a la espera siempre de que les alcanzase la venganza donde quiera que se ocultasen.

***

Había que encontrar a Abdul-el Kebir, y había que acabar con él de una vez por todas, porque se sentía incapaz de soportar de nuevo semejante angustia. Si el Presidente le hubiera hecho caso, fusilándolo cuando escapó la primera vez, nada de aquello habría ocurrido y, por lo tanto, se había hecho el firme propósito de liquidar el problema definitivamente, pesara a quien pesara.

—Hay que encontrarlos —dijo al fin—. Pidan lo que necesiten; hombres, aviones, tanques, ¡lo que sea!, pero encuéntrenlo... ¡Es una orden!

—¡Señor...!

Alzó el rostro hacia el que había hablado:

—¿Sí, sargento...?

—Señor —repitió con un hilo de voz el sargento Malik—, yo estoy convencido de que se han adentrado en “la tierra vacía” de Tikdabra

—¿“La tierra vacía”? Tendrían que estar locos... ¿Qué le hace suponer eso?

—Vi las huellas que salían del Fortín de Gerifíes. Cuatro camellos muy cargados. Y en el Fortín no quedaba ningún recipiente capaz de contener agua. Si a ese targuí le interesaba huir rápidamente, no llevaría cuatro camellos, ni los llevaría tan cargados...

—Pero las huellas se dirigían al Norte... Y la “tierra vacía” queda hacia el Sur si no me equivoco.

—No se equivoca, señor. Pero ese targuí ya nos ha engañado muchas veces. Puede que no le importe perder un día dirigiéndose al Norte para ocultar sus huellas y volver luego a Tikdabra. Al otro lado está a salvo.

—Ningún ser humano ha cruzado jamás esa región... —le hizo notar el coronel—. Se eligió como frontera por eso mismo. No necesita protección.

—Ningún ser humano sobreviviría sin agua en el centro de una salina durante cinco días, pero yo vi cómo ese targuí sobrevivió, mi coronel —replicó Malik—. Con todo respeto, quiero hacerle notar que no es un hombre común. Su capacidad de resistencia va más allá de lo imaginable.

—Pero no está solo. Y Abdul-el Kebir es casi un anciano debilitado por la aventura de su última fuga y por esos años de encierro. ¿Realmente le imagina soportando treinta días de sed a más de sesenta grados de temperatura? Si son tan insensatos como para intentarlo, le garantizo que no tendremos que volver a preocuparnos de ellos.

El sargento mayor Malik-el-Haideri no se atrevió a contradecir una vez más a alguien cuyo rango estaba tan por encima del suyo, y fue el ministro el que tomó la palabra por él.

—Tal vez sea descabellado —aceptó—. Pero el sargento y el teniente están aquí porque son los únicos que han tenido trato con ese salvaje y su opinión importa especialmente... ¿Qué piensa de eso, teniente?

—Gacel es capaz de cualquier cosa, señor... Incluso de mantener con vida a un anciano a costa de su propia sangre... Para él, proteger a su huésped, se ha convertido en algo más importante que su propia existencia o la de su familia. Si considera que Tikda-bra le brinda un refugio más seguro, irá a la “tierra vacía”.

—De acuerdo. Le buscaremos también allí entonces... Ahora bien —hizo una corta pausa—, usted ha mencionado a su familia. ¿Qué se sabe de ella? Si la encontráramos tal vez serviría para proponerle un canje...

—Abandonaron sus zonas de pastoreo... —La voz del general denotaba su desagrado e incomodidad—. Y no me parece digno involucrar en esto a mujeres y niños. ¿Qué opinión merecería nues tro Ejército si tuviera que acudir a esos métodos para solucionar sus problemas?

—El Ejército puede quedar al margen, general. Mi gente se ocupará del asunto. Aunque —añadió con intención— no creo que el Ejército pueda resultar peor parado de lo que ha quedado hasta el momento.

El general fue a responder violentamente, pero hizo un esfuerzo y se contuvo. Le constaba que Alí Madani era, por el momento, la mano derecha del Presidente y el segundo hombre más influyente del país, mientras él seguía siendo un simple militar recién ascendido a su primer empleo de general. Cuanto estaba ocurriendo debía achacarse más a la ineptitud de políticos como aquél, que a falta de auténtica eficacia de las Fuerzas Armadas, pero no era el momento, ni el lugar, para enzarzarse en una discusión que únicamente podía proporcionarle disgustos. Se mordió el labio por tanto y permaneció a la expectativa. Al fin y al cabo, probablemente el ministro habría desaparecido de la escena política cuando él ascendiera a general de Brigada.

—¿Cuántos helicópteros tenemos? —le oyó preguntar, dirigiéndose al coronel.

—Uno.

—Haré venir tres más. ¿Aviones?

—Seis. Pero no podemos distraerlos. La mayoría de los puestos tan sólo pueden abastecerse por el aire.

—Traeré una escuadrilla. Que rastreen toda el área de Gerifíes. —Hizo una pausa—. Y quiero que sitúen dos regimientos al otro lado de la “tierra vacía” de Tikdabra.

***

—¡Pero eso está fuera de nuestras fronteras! —protestó el coronel—. Lo considerarán como invasión de un país vecino...

—Déjele esos problemas al ministro de Asuntos Exteriores y preocúpese de cumplir mis órdenes.

Se interrumpió molesto porque habían golpeado a la puerta. Ésta se abrió y un ordenanza cuchicheó algo al oído del secretario Anuhar-el Mojkri, que había permanecido en silencio durante toda la reunión y cuyo semblante se alteró visiblemente.

Asintió con un gesto, cerró de nuevo la puerta y comentó:

—Perdone, Excelencia, pero me comunican que acaba de llegar el gobernador.

—¿Ben-Koufra...? —Se sorprendió Madani—. ¿Vivo?

—Así es, señor. En mal estado, pero vivo... Aguarda en su despacho.

El ministro se puso en pie de un salto y, sin saludar siquiera a los presentes, abandonó la sala, cruzó la alta galería seguido por Anuhar-el Mojkri y por las asustadas miradas de los funcionarios locales, y penetró en el amplio despacho en penumbras del gobernador, dejando fuera al secretario, que, prácticamente, se golpeó contra la pesada puerta.

Con barba de diez días, sucio, enflaquecido y ojeroso, el gobernador Hassán-ben-Koufra era una sombra del hombre orgulloso, altivo y seguro que había abandonado una tarde aquel mismo despacho camino de la mezquita. Derrumbado en uno de los pesados sillones, contemplaba, sin ver, el bosque de palmeras a través de los pesados visillos, y se diría que su mente estaba muy lejos, probablemente en la cueva donde había sufrido la más traumatizante experiencia de su vida. Ni siquiera alzó los ojos cuando Madani entró, y éste tuvo que colocarse ante él, para que al fin reparara en su presencia.

—No esperaba volver a verte.

Los ojos, enrojecidos por el cansancio y se diría que dilatados por el terror, se alzaron lentamente y le costó trabajo reconocer a su interlocutor. Al fin musitó con voz ronca, apenas audible:

—Yo tampoco... —Mostró sus muñecas llagadas y en carne viva—: ¡Mira!

—Es mejor que estar muerto... Y por tu culpa, catorce hombres han sido asesinados y el país está en peligro.

—Nunca imaginé que lo lograría... Estaba seguro de que lo enviaba a una trampa y en Gerifíes acabarían con él. Teníamos allí a nuestra mejor gente.

—¿La mejor...? —exclamó—. Los degolló como a gallinas, uno por uno... Y ahora Abdul está libre. ¿Te das cuenta de lo que eso significa?

Asintió con un gesto:

—Lo atraparemos.

—¿Cómo? Ahora no lo acompaña un muchacho fanático e inepto, sino un targuí que conoce esta tierra como jamás la conoceremos ninguno de nosotros. —Tomó asiento frente a él, en el sofá y se alisó los cabellos con un gesto mecánico—. Y pensar que fui yo quien te propuso para este puesto e insistí en tu nombre...

—Lo lamento.

—¿Lo lamentas...? —Soltó una corta carcajada, amarga y despectiva—. Si al menos estuvieras muerto podría decir que te torturaron hasta límites inhumanos... Pero estás aquí, vivo y presumiendo de unas heridas que cicatrizarán en quince días. Cualquier estudiante revoltoso resiste más a mis hombres de lo que le has resistido tú a ese targuí. Antes eras más duro.

—Cuando era joven y eran paracaidistas franceses los que torturaban... Entonces creía en algo. La causa era buena. Tal vez no estaba convencido de que fuera justo mantener a Abdul encerrado de por vida.

—Te pareció justo mientras te proporcionó este despacho y un nombramiento de gobernador —le recordó—. Y te pareció justo cuando decidimos qué hacer con él. Entonces no era Abdul; era el enemigo, el diablo; el que llevaba al país hacia el caos porque nos estaba apartando a nosotros, sus íntimos, del Gobierno. No, Hassán —negó con decisión—, no trates de engañarme, que te conozco hace tiempo. La realidad es que el poder, los años y la comodidad, te han vuelto blando y asustadizo... Se podía ser un héroe y resistir cuando no se tenía nada que perder más que la esperanza en un futuro mejor. Pero no cuando se vive en un palacio y se tiene una cuenta en Suiza como la tuya... No lo niegues —le atajó—. Recuerda que mi obligación es estar informado, y sé cuánto te pagan las compañías petroleras por tu colaboración.

—Menos que a ti probablemente.

—Desde luego... —admitió Alí Madani sin escandalizarse—. Pero de momento eres tú quien está en entredicho y no yo... —Se dirigió a la ventana a observar el muecín que llamaba a los fieles desde el alminar de la mezquita, y comentó sin volverse a mirarle—: Reza porque pueda arreglar lo que has estropeado, o será algo más que un puesto de gobernador lo que pierdas.

—¿Quiere eso decir que me has destituido...?

—¡Naturalmente! —replicó—. Y te garantizo que, si no encuentro a Abdul, haré que te juzguen por traición.

El gobernador Hassán-ben-Koufra no respondió, absorto como estaba en observar las llagas que habían dejado las correas en sus muñecas, y meditando en que, días atrás, y en aquel mismo despacho, había sido él quien ocupara la posición de Madani, juzgando duramente a un hombre por culpa de aquel targuí que se estaba convirtiendo en una obsesión para todos.

Evocó las horas y los días de ansiedad y zozobra que pasó en la cueva, preguntándose a cada instante si realmente el targuí enviaría a alguien a buscarle o le dejaría morir allí, como un perro, de hambre, terror y sed.

Y evocó igualmente el modo en que el otro había demostrado ser más inteligente que él, descubriendo, sin esforzarse mucho, cuál era su punto débil, y de qué forma resultaba factible conseguir su colaboración sin necesidad de tocarle.

Comprendió que odiaba al targuí por todo ello, pero le odiaba más aún, sobre todo, porque hubiese sido capaz de cumplir su promesa enviando a salvarle.

—¿Por qué? —preguntó Alí Madani, volviéndose a mirarle de nuevo como si hubiera estado leyendo su pensamiento—. ¿Por qué un hombre que mata con la frialdad con que él lo hace, te dejó libre...?

—Lo había prometido.

—Y un targuí siempre cumple sus promesas, lo sé... Aun así, me cuesta trabajo admitir que exista una mente que admita que es lícito degollar a unos desconocidos que duermen, pero no es lícito incumplir la promesa hecha a un enemigo. —Agitó la cabeza negativamente y fue a tomar asiento tras la pesada mesa, en el sillón que había pertenecido a su interlocutor—. A veces me pregunto cómo es posible que vivamos en el mismo país si tenemos tan pocas cosas en común... —Continuó como si hablase consigo mismo—. Es parte de la herencia que debemos agradecerle a los franceses: nos mezclaron como en un gigantesco puding, y nos cortaron luego en pedazos, dividiéndonos a su antojo. Ahora, veinte años después, nos sentamos aquí, a tratar inútilmente de entender algo los unos de los otros.

—Eso ya lo sabíamos... —señaló Hassán-ben-Koufra cansinamente—. Todos habíamos llegado a la misma conclusión, pero a ninguno se le ocurrió renunciar a la parte que no nos correspondía, conformándonos con un país más pequeño y homogéneo...

—Abrió y cerró las manos como si le costara hacerlo, conteniendo un gesto de dolor—. La ambición nos cegaba y hubiéramos anhelado más y más territorio, aun a sabiendas de que no sabríamos gobernarlo. De ahí nuestra política: si no conseguimos que los beduinos se adapten a nuestro modo de ser, debemos destruirlos. ¿Qué hubiéramos hecho si los franceses hubieran tratado de destruirnos años atrás porque no nos adaptábamos a su forma de ser...?

—Lo que hicimos al fin: independizarnos... Tal vez sea ése el futuro de los tuareg: independizarse de nosotros.

—¿Los imaginas independientes?

—¿Nos imaginaron acaso alguna vez los franceses, hasta que comenzamos a tirarles bombas y demostrar que podíamos serlo? Ese Gacel, o como quiera que se llame, ha demostrado que puede vencernos. Si todos los suyos se le unieran, te garantizo que nos arrojarían del desierto. Y medio mundo estaría dispuesto a ayudarles a cambio del petróleo de sus tierras... No —señaló convencido—, no debemos darles la oportunidad de averiguar que podrían convertir sus camellos en “Cadillacs” de oro.

—¿Para eso has venido?

—Para eso, y para acabar de una vez con Abdul-el-Kebir.



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