Capítulo XVII
XVII
“Las palmeras aman tener la cabeza en el fuego y los pies en el
agua”, aseguraba un viejo adagio, y ante sus ojos se ofrecía la confirmación
del proverbio, pues extendiéndose hasta casi perderse de
vista en la distancia, alzaban sus penachos al cielo más de veinte mil
palmeras, sin importarles que el calor resultara bochornoso, ya que
sus raíces se hundían firmemente en el agua clara y fresca de cien
manantiales e innumerables pozos.
Era en verdad un hermoso espectáculo, incluso con el sol
cayendo a plomo, vertical y justiciero, desolador y agobiante, porque
dentro, en el inmenso despacho oscuro, protegido del exterior
por gruesos cristales y suaves visillos inmaculadamente blancos, el
aire acondicionado mantenía siempre, de día y de noche, durante
todas las épocas del año, la misma temperatura, casi gélida, que el
gobernador Hassán-ben-Koufra exigía, sin discusión posible, para
trabajar a gusto.
El Sáhara, visto desde allí, con un vaso de té en una mano y un
“Davidoff-Ambassatrice” en la otra, resultaba en cierto modo
soportable, e incluso, a veces, en los atardeceres, cuando el sol parecía
detenerse a descansar un rato en el lecho de copas de palmera
que constituían el único horizonte de El-Akab antes de ocultarse
por completo a la altura del alminar de la mezquita, podía considerarse
auténticamente paradisíaco.
Abajo, al pie de sus balcones, en el recoleto jardín que según
contaban las leyendas, había diseñado personalmente el mismísimo
coronel Duperey cuando mandó edificar el palacio, los parterres de
rosas y claveles disputaban el espacio a manzanos y limoneros, a la
sombra de altos cipreses en los que se arrullaban las tórtolas por
miles, o las codornices cuando llegaban en increíbles bandadas tras
sus larguísimos vuelos migratorios.
Era hermoso El-Akab no cabía duda; el más hermoso oasis del
Sáhara, desde Marrakech a las orillas del Nilo, y por eso había sido
elegido como capital de una provincia que era, por sí sola, mayor
que muchos países europeos.
Y desde aquel helado despacho de palacio, el “exquisito” gobernador
Hassán-ben-Koufra manejaba su imperio con el poder absoluto
de un virrey de mano firme, gestos medidos y palabra hiriente.
—Es usted un inepto, teniente —dijo y se volvió a mirarle con
una sonrisa más propia de una felicitación que de un insulto—. Si
una docena de hombres no le bastan para atrapar a un fugitivo
armado de un viejo fusil, ¿qué necesita? ¿Una división?
—No quise arriesgar vidas, Excelencia. Ya se lo he dicho. Con
su viejo fusil nos hubiera abatido uno por uno sin permitir aproximarnos.
Su puntería es legendaria y nuestros hombres apenas han
disparado cuarenta balas en su vida... —Hizo una pausa—.
Tenemos orden de no desperdiciar munición.
—Lo sé —admitió el gobernador abandonando la proximidad
del balcón y regresando a su majestuosa mesa de despacho—. Yo
mismo di esa orden. Si no hay guerra a la vista, considero un despilfarro
convertir en tiradores de primera a unos reclutas que dentro
de un año volverán a sus casas... Con que sepan apretar el gatillo,
basta.
—Pero no bastó, Excelencia. Y disculpe mi atrevimiento. En el
desierto, a menudo, la vida de un hombre depende de su puntería.
—Tragó saliva—. Este era uno de esos casos —concluyó.
—Escuche teniente... —replicó Hassán-ben-Koufra sin perder
su compostura, pues en realidad nadie recordaba habérsela visto
perder jamás—. Y tenga en cuenta que puedo decir esto libremente
porque no soy militar. Respetar la vida de los soldados me parece
muy loable, pero hay casos, y éste es uno de ellos —puntualizó
con intención—, en que esos soldados deben cumplir ante todo con
su deber, porque está en juego el honor del Ejército al que pertenecen.
El haber permitido que un beduino mate a un capitán y a uno
de nuestros guías, desnude a dos soldados y se haga conducir por un
teniente a través del desierto, constituye un descrédito para ustedes,
como fuerzas armadas, y para mí, como máxima autoridad de la
Provincia.
El teniente Razmán asintió en silencio y contuvo como pudo un
escalofrío, pues su leve uniforme no estaba concebido para la temperatura
de aquel despacho.
—Se solicitó mi ayuda para intentar atrapar a un hombre y
someterlo a juicio, Excelencia —replicó, procurando conferir fuerza
y serenidad a sus palabras—. No para matarlo como a un perro.
—Hizo una pausa—. Para actuar como policía, tenía que haber
recibido órdenes superiores, muy claras y concretas. Quise colaborar
y reconozco que mi actuación no resultó afortunada, pero creo
sinceramente que peor hubiera sido regresar con cinco cadáveres.
El gobernador negó muy despacio y se echó hacia atrás en su
asiento como dando por concluida la conversación.
—Eso era yo quien tenía que decidirlo, y por los comentarios
que me llegan, más nos hubieran valido los cadáveres. Habíamos
heredado el respeto impuesto por los franceses entre las tribus
nómadas, y ahora, por primera vez, y gracias a ese beduino y la
ineptitud que usted ha demostrado, ese respeto se resquebraja. No
es bueno —sentenció—. No. No es bueno.
—Lo lamento...
—Y más lo va a lamentar, teniente, se lo aseguro. A partir de
hoy queda usted destinado al Puesto de Adoras en sustitución del
capitán Kaleb-el Fasi.
El teniente Razmán advirtió que un sudor frío le invadía sin que
nada tuviera que ver con ello el aire acondicionado, y las piernas le
temblaron hasta casi entrechocar entre sí.
—¡Adoras! —repitió incrédulo—. Eso es injusto, Excelencia.
Yo puedo haber cometido un error, pero no un delito.
—Adoras no es una prisión —le hizo notar su interlocutor con
calma—. Tan sólo un Puesto Avanzado. Mis poderes me permiten
enviar allí a quien estime conveniente.
—Pero todo el mundo sabe que es un lugar reservado a maleantes...
¡La escoria del Ejército! El gobernador Hassán-ben-Koufra
se encogió de hombros indiferente y comenzó a estudiar un informe
que tenía sobre la mesa fingiendo interesarse profundamente en
él. Sin mirarle, comentó:
—Eso es tan sólo una opinión, no un hecho oficialmente aceptado...
Tiene usted un mes para arreglar sus asuntos y organizar su
traslado.
El teniente Razmán fue a decir algo, pero comprendió que
resultaba inútil, saludó rígidamente y se encaminó a la puerta
rogando al cielo que cesara el temblor de sus piernas para no dar a
aquel hijo de perra la satisfacción de ver cómo caía al suelo.
Ya en el exterior tuvo que apoyar la frente en una de las columnas
de mármol y aguardar unos instantes, pues no se sentía capaz
de descender las majestuosas escalinatas de mármol, a la vista de
una veintena de atareados funcionarios, sin rodar por ellas hasta el
jardín y sus parterres.
Uno de aquellos funcionarios cruzó silenciosamente a sus espaldas,
golpeó por tres veces la puerta del despacho, y penetró cerrando
tras si.
El gobernador, que había dejado de fingir que estudiaba el
informe y contemplaba el minarete de la Mezquita a través de los
ventanales sin moverse de su sillón, inclinó levemente la cabeza
hacia el recién llegado que se había detenido respetuoso al borde de
la alfombra, e inquirió:
—¿Qué ocurre, Anuhar?
—Ninguna noticia del targuí. Excelencia. Ha desaparecido.
—No me extraña... —admitió—. En un mes uno de esos
“Hijos del Viento” es capaz de recorrerse el desierto de punta a
punta. Habrá vuelto con los suyos. ¿Sabemos al menos quién es
exactamente?
—Gacel Sayah, un inmouchar del Kel-Talgimus. Suele nomadear
por un territorio muy amplio, cerca de las montañas del Huaila.
El gobernador Hassán-ben-Koufra lanzó una ojeada al gran
mapa de la región empotrado en la pared y agitó la cabeza pesimista.
—¡Las montañas del Huaila! —repitió—. Eso queda a caballo
sobre la frontera...
—La frontera en esa zona es prácticamente inexistente señor.
Nadie la ha determinado con exactitud.
—“Nada” está determinado ahí con exactitud. —Le hizo notar
poniéndose en pie y paseando despacio por el inmenso despacho—.
Buscar a un targuí fugitivo en esas soledades, es como buscar
a un pez en el océano... —Se volvió a mirarle de frente—.
Archive el asunto.
Anuhar, el-Mojkri, eficiente secretario con más de ocho años a
las órdenes directas del gobernador, se permitió el lujo de torcer el
gesto mostrando su descontento:
—A los militares no va a gustarles, Excelencia... Asesinó a un
capitán...
—Despreciaban al capitán Kalebel-Fasi —le recordó—. Era un
bicho... —Buscó de nuevo un “Davidoff ” y lo encendió despacio—.
Igual que el sargento El-Haideri...
—Esa clase de gente son los únicos que pueden meter en cintura
a la chusma de Adoras...
—Ahora tendrá que hacerlo el teniente Razmán...
—¿Razmán...? —Se asombró El Mojkri—. ¿Ha destinado a
Razmán a Adoras...? No durará tres meses. —Sonrió divertido—.
Por eso estaba a punto de desmayarse ahí fuera. Acabarán violándole
antes de cortarle el cuello.
El gobernador se dejó caer en uno de los sillones del amplio tresillo
de cuero negro que ocupaba el rincón del despacho, lanzó al
aire una columna de humo, y negó con un gesto:
—Tal vez no... —aventuró—. Tal vez se espabile, luche por su
vida y comprenda que no se puede venir a esta región a leer “Beau
Geste” e imitar a Duperey. —Hizo una larga pausa—. Me encomendaron
una misión: barrer de la región todo viejo romanticismo
decadente y paternalismo enfermizo, y poner a esta provincia y a
estas gentes a rendir para el bien común. Aquí hay petróleo, hierro,
cobre, forasteros y mil riquezas más que necesitamos si queremos
convertirnos en una nación poderosa, progresista y moderna...
—negó convencido—. No es con hombres como el teniente
Razmán como puedo conseguirlo, sino con tipos como Malik o el
capitán Kaleb... Resulta lamentable admitirlo, pero los tuareg no tienen
razón de existir en pleno siglo veinte, al igual que no lo tienen
los indios amazónicos, o no lo tuvieron los pieles rojas americanos.
¿Se imagina a los sioux correteando aún por las praderas del
Medio-Oeste, persiguiendo manadas de búfalos por entre los
pozos petroleros o las centrales atómicas? Hay formas de vida que
cumplen un ciclo histórico y están condenadas a desaparecer y, lo
queramos o no, eso ocurre con nuestros nómadas. Hay que adaptarlos
o exterminarlos.
—Suena muy duro...
—También sonaba duro cuando comenzamos a decir que había
que expulsar a unos franceses que convivían con nosotros desde
hacía cien años. Muchos eran incluso mis amigos personales, habíamos
ido juntos a la escuela, y los conocía por su nombre y sus gustos.
Pero había llegado el momento de acabar con ellos sin detenerse
en sentimentalismos, y lo hicimos. Hay cosas que tienen que
estar por encima de la moral burguesa y ésta es una de ellas. —Hizo
una nueva pausa, larga y meditada—. El Presidente lo tiene muy
claro, y así me lo dijo: “Hassán...: Los nómadas son una minoría
abocada por lógica a extinguirse. Transformémoslos en trabajadores
útiles, o precipitemos su desaparición para evitarles sufrimientos
y evitarnos problemas...”.
—Sin embargo, en su último discurso... —aventuró tímidamente.
—¡Oh, vamos, Anuhar...! —le reprendió como a un muchacho—.
Esas no son cosas que puedan decirse en público, cuando
parte de esos nómadas están escuchando y el mundo tiene los ojos
puestos en nuestra evolución como país independiente... Los norteamericanos,
por ejemplo, se convirtieron en grandes defensores
de los derechos humanos en el mismo momento en que acabaron
con los derechos de sus indios.
—Eran otros tiempos.
—Pero idénticas circunstancias. Una nación recién independizada,
que necesita poner en explotación todas sus riquezas y desha
cerse del pesado lastre de una carga humana irrecuperable... Nosotros
les daremos al menos la oportunidad de integrarse a la vida
común. No los aniquilaremos a tiros, ni los encarcelaremos en “Reservas”...
—¿Y los que no quieran integrarse? ¿Los que sigan creyendo,
como ese Gacel, que deben ser sus viejas costumbres las que rijan
la vida del desierto? ¿Qué vamos a hacer con ellos? ¿Perseguirlos a
tiros como a los pieles rojas?
—No, desde luego... Simplemente expulsarlos. Usted mismo ha
dicho que las fronteras en el desierto no están delimitadas y ellos
no las respetan... Que las atraviesen... Que se vayan con sus hermanos
de otros países... —Agitó la mano en el aire—. Pero, si se quedan,
que se adapten a nuestra forma de vida o se atengan a las consecuencias.
—No se adaptarán... —replicó Anuhar-el-Mojkri convencido—.
Los he tratado a fondo en este tiempo, y me consta que, aunque
algunos renuncien, la mayoría continuarán aferrados a sus arenas y
sus costumbres... —Señaló hacia fuera, a la lejana torre desde la que
un muecín llamaba a los fieles—. Es la hora de la oración... ¿Va a
ir a la mezquita?
El gobernador asintió en silencio, se aproximó a la mesa, apagó
el habano aplastándolo contra un pesado cenicero de cristal y hojeó
los documentos que había estado estudiando:
—Luego volveremos —indicó—. Que se quede una secretaria;
esto debe salir mañana para la capital.
—¿Irá a cenar a casa?
—No. Que avisen a mi esposa.
Salieron. Anuhar dio unas órdenes y corrió escaleras abajo para
alcanzarle en el momento en que subía al negro automóvil en el que
ya el chófer había puesto el aire acondicionado a la máxima potencia.
Hicieron en silencio el corto trayecto, y rezaron el uno junto al
otro, rodeados de respetuosos beduinos que habían dejado un
ancho espacio en torno a ellos. A la salida, el gobernador contempló
con satisfacción el palmeral en sombras.
Le gustaba aquella hora. Era, sin duda, la más bella en el oasis,
como eran los amaneceres los momentos más hermosos del desierto,
y le agradaba pasear despacio por los jardines y los pozos, observando
cómo cientos de aves llegaban desde muy lejos a pasar la noche en
las copas de los árboles.
Se diría que a esa hora despertaban también los olores de su
letargo del caluroso día, aplastados por el violento sol, libre ahora
el perfume de las rosas, los jazmines y los claveles, y el gobernador
Hassán-ben Koufra abrigaba el convencimiento de que en ningún
otro lugar del mundo llegaban a ser tan olorosas las flores como en
aquella tierra caliente y rica.
Despidió al chófer con un gesto, y abordó despacio el senderillo,
olvidando por unos minutos los mil problemas que significaban
gobernar una región desolada y a unos hombres semisalvajes.
El fiel Anuhar le seguía como su sombra, consciente de que en
esos momentos prefería el silencio, sabedor de antemano de cada
punto en el que se detendría, dónde encendería un habano y de qué
parterre de rosas arrancaría un capullo para la mesilla de noche de
Tamat. Aquellos paseos se habían convertido en un ritual casi diario,
y tenía que apretar mucho el calor o amontonarse en exceso el
trabajo, para que su Excelencia renunciara a lo que constituía su
único ejercicio y distracción.
Llegaba la noche con la rapidez con que caía siempre sobre los
trópicos, como si no quisiera que el hombre disfrutara en exceso de
la belleza y la placidez de los atardeceres, pero no les importaba la
oscuridad que se apoderaría en minutos de los jardines y el palmeral,
pues conocían a ciegas cada sendero y cada fuente, y las luces
del palacio, allá a lo lejos, bastaban para orientarles.
Pero, esta vez, y antes de que las tinieblas cerraran por completo,
una sombra nació de una palmera, o tal vez del mismísimo
suelo, y aun sin distinguirla por completo, y sin percatarse claramente
de que empuñaba un pesado revólver, comprendieron que
se trataba de él, y les estaba esperando.
Anuhar quiso gritar, pero el negro agujero del cañón se detuvo
a una cuarta de sus ojos.
—¡Silencio! —pidió—. No quiero hacer daño.
El gobernador Ben-Koufra ni se inmutó siquiera.
—¿Qué buscas entonces?
—A mi huésped. ¿Sabes quién soy? —Lo imagino... —Hizo una
pausa—. Pero yo no tengo a tu huésped...
Gacel Sayah le observó un largo instante y comprendió que no
mentía.
—¿Dónde está? —quiso saber.
—Muy lejos. —Hizo una pausa—. Es inútil. Nunca lo encon
trarás.
Más allá del velo, los oscuros ojos del targuí brillaron con intensidad
unos momentos. Apretó con fuerza la culata del arma:
—Eso lo veremos... —dijo, y luego señaló a Anuhar-el-Mojkri—.
Puedes irte —ordenó—. Si dentro de una semana Abdul-el-Kebir no
está sano, libre y solo en el guelta, al norte de las montañas de Sidi-el-
Madia, le cortaré la cabeza a tu amo. ¿Has entendido?
Anuhar-el-Mojkri no se sintió capaz de responder, y fue HassánbenKoufra
quien lo hizo:
—Si lo que buscas es a Abdul-elKebir, más vale que me pegues
un tiro aquí mismo y nos evitemos molestias —aseguró convencido—.
Nunca te lo entregarán...
—¿Por qué?
—El Presidente no lo consentirá.
—¿Qué Presidente?
—¿Quién va a ser? El de la República.
—¿Ni siquiera a cambio de tu vida?
—Ni siquiera a cambio de mi vida.
Gacel Sayah se encogió de hombros y se volvió con tranquili
dad a Anuhar-el-Mojkri:
—Limítate a transmitir mi mensaje. —Hizo una pausa—. Y
advierte a ese Presidente, quien quiera que sea, que si no me
devuelve a mi huésped, lo mataré también.
—¡Estás loco!
—No. Soy targuí —agitó el arma—. Ahora vete, y recuerda:
dentro de una semana en el guelta al norte de las montañas de Sidiel-
Madia. —Clavó el cañón del arma en los riñones del gobernador
y lo empujó en dirección contraria—. ¡Por aquí! —señaló.
Anuhar-el-Mojkri dio unos pasos y volvió a tiempo de verlos
desaparecer entre las sombras del palmeral.
Luego corrió hacia las luces del palacio.
Fín del fragmento de hoy, puedes volver al blog si lo deseas:
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