Capítulo XVI
XVI
Al amanecer, el teniente Razmán se detuvo a repostar gasolina,
vació el bidón, y lo volteó para que Gacel comprobara que no
mentía.
—Se está acabando... —le hizo notar.
El targuí no respondió. Sentado en la trasera del vehículo observaba
el horizonte que iba tomando forma, y la línea negra que se
dibujaba ante ellos, quebrada e inarmónica. El macizo de Sidi-el-
Madia se alzaba de improviso en la llanura, rojo y ocre, fruto de un
inmenso cataclismo anterior probablemente a la aparición del hombre
sobre el planeta, como si una mano monstruosa lo hubiera
empujado desde los centros mismos de la tierra colocándolo allí
por arte de brujería.
El eterno viento del desierto había barrido sus cumbres durante
millones de años despojándolas de todo rastro de tierra, arena o
vegetación, y su apariencia era la de una infinita roca desnuda, reluciente,
castigada por el sol y cuarteada por las brutales diferencias
de temperatura entre el día y la noche. Los viajeros que en alguna
ocasión habían atravesado aquellas montañas aseguraban que en
los amaneceres se escuchaban voces, gritos y lamentos, aunque se
trataba, en realidad, del estallido de las piedras recalentadas cuando
la temperatura descendía bruscamente.
Era en verdad un lugar inhóspito en el corazón de una región
ya inhóspita de por sí; una región en la que cabría pensar que el
Supremo Creador se había empeñado en arrojar todos los desperdicios
de su obra, amontonando en confuso revoltijo rocas, salinas,
arenas y “tierras vacías”.
Pero, a los ojos de Gacel, el macizo de Sidi-el-Madia no aparecía
ahora como una región maldita de los dioses, sino como el labe
rinto en el que todo un ejército podría ocultarse sin que nadie confiase
nunca en encontrarle.
—¿Cuánta gasolina queda...? —inquirió al fin.
—Para dos horas... Tres como máximo. A esa velocidad y por
ese terreno se consume mucho... —Hizo una pausa y añadió con
preocupación—: No creo que lleguemos al pozo.
Gacel negó con un gesto.
—No vamos al pozo —señaló.
—¡Pero tú dijiste...!
El targuí asintió:
—Sé lo que dije —admitió—. Tú lo oíste, y tus hombres también
lo oyeron... Y se lo dirán a los otros. —Hizo una pausa—. En
estos días, a solas en la salina, me pregunté cómo era posible que
me hubierais salido al paso si mi ventaja era tan grande, pero ayer
vi cómo hablabas por ese aparato y comprendí. ¿Cómo se llama?
—Radio.
—Eso es...: Radio. Mi primo Suleimán se compró una. !Dos
meses de cargar ladrillos para conseguir una cosa que sonaba y
hacía ruido¡ Fue así como me encontrasteis, ¿no es cierto?
El teniente Razmán asintió en silencio. Gacel extendió la mano,
tomó el auricular y lo arrancó lanzándolo lejos. Luego, con la culata
de su arma, destrozó lo que quedaba del aparato.
—No es justo —dijo—. Yo estoy solo y vosotros sois muchos.
No es justo que, además, utilicéis métodos franceses.
El teniente se había bajado los pantalones y defecaba en cuclillas
a no más de tres metros del jeep.
—A veces creo que no te has dado cuenta de cuál es la realidad
—señaló con naturalidad—. No se trata de una lucha entre tú y
nosotros. Se trata de que has cometido un delito y tienes que pagar
por ello. No se puede asesinar impunemente.
Gacel le había imitado descendiendo del vehículo y acuclillándose
también a cierta distancia sin abandonar por ello su arma.
—Es lo que le dije al capitán —replicó—. No debió asesinar a
mi huésped... —Hizo una pausa—. Pero nadie le castigó por ello.
Tuve que hacerlo yo.
—El capitán cumplía órdenes.
—¿De quién? —Ordenes superiores, supongo... Del gobernador.
—¿Y quién es el gobernador, para dar esas órdenes? ¿Qué auto
ridad tiene sobre mí, mi familia, mi campamento y mis huéspedes...?
—La que le da el ser el representante del Gobierno en la región.
—¿Qué gobierno?
—El de la República.
—¿Qué es una República?
El teniente soltó un resoplido, buscó a su alrededor una piedra
apropiada y se limpió con ella. Luego se puso en pie y se abrochó
con parsimonia los pantalones.
—No pretenderás que te explique ahora cómo funciona el
mundo...
El targuí buscó una piedra a su vez, se limpió, y luego se echó
repetidamente arena en el ano, aguardó unos instantes y se puso en
pie.
—¿Por qué no...? —quiso saber—. Quieres explicarme que he
cometido un delito, pero no quieres explicarme por qué. Me parece
absurdo.
Razmán había acudido al bidón de agua sirviéndose en el
pequeño cazo que colgaba de una cadena en la parte posterior del
vehículo, se enjuagó la boca y se lavó las manos.
—No la malgastes... —le hizo notar el targuí—. La voy a necesitar.
Obedeció y se volvió a mirarle:
—Puede que tengas razón... —admitió—. Probablemente
debería explicarte que ya no somos una colonia, y que, al igual que
todo cambió para los tuareg cuando llegaron los franceses, ha vuelto
a cambiar ahora que se han ido...
—Si se han ido, lo lógico es que volvamos a nuestras antiguas
tradiciones.
—No. No es lo lógico. Estos cien años no han pasado en vano.
Han ocurrido muchas cosas... El mundo, todo el mundo, se ha
transformado.
Gacel hizo un amplio ademán con la mano indicando a su alrededor.
—Aquí nada se ha transformado. El desierto continúa siendo el
mismo y lo será durante cien veces, cien años... Nadie ha venido a
decirme: “Toma agua; toma comida o municiones y medicinas,
porque los franceses se han ido. No podemos respetar por más
tiempo tus costumbres, leyes y tradiciones, que se remontan a los
antepasados de tus antepasados, pero a cambio vamos a darte
otras mejores, y a conseguir que la vida en el Sáhara sea más fácil;
tan fácil, que no necesites ya de esas costumbres...”
El teniente meditó unos instantes con la cabeza baja, contemplando
sus botas, como si en el fondo se sintiera culpable, y encogiéndose
de hombros, sentado como estaba en el estribo del jeep,
aceptó.
—Es cierto... Debieron decírtelo, pero somos un país joven que
acaba de acceder a la independencia, y necesitaremos años para
adaptarlo todo a la nueva situación.
—En ese caso... —La lógica de Gacel resultaba a su modo de
ver aplastante—. Mientras no estéis capacitados para adaptarlo
todo, lo mejor sería que respetarais lo que ya existe. Es estúpido
destruir sin haber construido antes.
Razmán comprendió que no tenía respuesta. En realidad, nunca
había tenido respuestas ni aun para sí mismo cuando las preguntas
se agolpaban en su mente en los momentos en que asistía, consternado,
al deterioro de la sociedad en que había nacido.
—Será mejor que lo dejemos —dijo—. Nunca nos pondríamos
de acuerdo... ¿Quieres comer algo?
Gacel hizo un gesto de asentimiento y buscó en la gran caja de
madera que guardaba las provisiones. Abrió una lata de carne que
compartieron, añadiéndole galletas y un queso de cabra duro y
reseco, mientras el sol se alzaba en el horizonte, calentando la tierra
y sacando reflejos a las negras rocas de Sidi-el-Madia que se
dibujaban cada vez con mayor perfección en el horizonte.
—¿Adónde vamos? —quiso saber por último el teniente.
Gacel señaló un punto, a su derecha:
—Allí queda el pozo. Nosotros nos dirigimos a aquel otro farallón
de la izquierda.
—Una vez pasé por debajo. No se puede subir.
—Yo sí puedo. Las montañas del Huaila son como ésas. ¡Peores,
quizá! Voy allí a cazar muflones. Una vez maté cinco. Tuvimos carne
seca para un año y mis hijos duermen sobre sus pieles.
—Gacel, “el Cazador”... —exclamó el teniente sonriendo levemente—.
Te sientes orgulloso de ser quien eres y de ser targuí, ¿no
es cierto?
—Si no fuera así, cambiaría. ¿No te sientes tú orgulloso de ser
quien eres?
Agitó la cabeza.
—No demasiado... —admitió con sinceridad—. En estos
momentos preferiría estar de tu parte, que del lado en que estoy.
Pero así no se construye un país.
—Si los países se construyen haciendo las cosas injustamente,
mal andarán luego... —puntualizó el targuí—. Es mejor que nos
vayamos. Hemos hablado demasiado.
Reemprendieron la marcha, pincharon una rueda nuevamente,
y dos horas más tarde el motor comenzó a fallar, explosionó en
falso y se detuvo por completo a unos cinco kilómetros del punto
en que se alzaba, cortado a pico, el alto farallón en que iba a morir
el gran erg de Tidikén.
—¡Hasta aquí hemos llegado...! —dijo Razmán mientras observaba
con atención la lisa pared, negra y reluciente, que semejaba el muro
de un castillo de cíclopes—. ¿Realmente piensas trepar por ahí?
Gacel asintió en silencio, saltó a tierra y comenzó a introducir
en las mochilas de los soldados comida y municiones. Descargó las
armas, se cercioró, de que ni una sola bala quedaba en las recámaras
y estudió los fusiles de reglamento eligiendo el mejor mientras
dejaba el suyo sobre el asiento:
—Me lo regaló mi padre cuando era un niño —comentó—, y
nunca he usado otro... Pero ya está viejo y cada día resulta más difícil
conseguir munición de su calibre.
—Lo conservaré como pieza de museo —replicó el teniente—.
Le pondré una placa: “Perteneció a Gacel Sayah el “bandido-cazador”.
—No soy un bandido.
Sonrió tranquilizándole.
—Es sólo una broma...
—Las bromas son buenas en las noches, junto al fuego, y entre
amigos. —Hizo una pausa—. Ahora voy a decirte algo: no me persigas
más, porque si vuelvo a verte te mataré.
—Si me lo ordenan, tendré que perseguirte —le hizo notar.
El targuí se interrumpió en su labor de vaciar y aclarar con agua
limpia su vieja gerba y agitó la cabeza incrédulo:
—¿Cómo puedes vivir pendiente de lo que te ordenan? —inquirió—.
¿Cómo puedes sentirte hombre, y libre, dependiendo
siempre de la voluntad de otros? Si te dicen: “Persigue a un inocente”,
lo persigues. Si te dicen:
“Deja en paz a un asesino como el capitán”, lo dejas en paz. ¡No
lo entiendo...! —La vida no es tan sencilla como parece aquí en el
desierto.
—No traigáis entonces esa vida al desierto. Aquí está claro lo que
es bueno, malo, justo o injusto. —Concluyó de llenar la gerba y se cercioró
de que las cantimploras de los soldados estaban llenas también.
El bidón había quedado casi vacío, y el teniente lo advirtió:
—¿No me dejarás sin agua...? —inquirió preocupado—. Dame
al menos una cantimplora.
Negó decidido:
—Un poco de sed te hará comprender lo que sentí en la salina
—replicó—. Es bueno aprender a pasar sed en el desierto.
—Pero yo no soy targuí —protestó—. No puedo regresar a pie
a mi campamento. Está muy lejos y me perdería. ¡Por favor...!
Negó de nuevo.
—No debes moverte de aquí —le aconsejó—. Cuando haya llegado
a las montañas puedes prender fuego a las mantas y a la ropa
de tus soldados. Verán el humo y vendrán a buscarte. —Hizo una
pausa—, ¿Me das tu palabra de que esperarás a que llegue arriba?
Asintió en silencio y observó, sin moverse de su asiento, cómo
el targuí cargaba con mochilas, cantimploras, la gerba y sus armas.
No pareció notar el peso, y cuando comenzó a alejarse lo hizo con
paso firme, rápido y decidido, sin importarle el calor.
Estaba ya a más de cien metros cuando Razmán hizo sonar el
claxon insistentemente obligándole a volverse:
—¡Suerte...! —gritó.
El otro hizo un gesto con la mano, dio media vuelta y continuó
su camino.
Fín del fragmento de hoy, puedes volver al blog si lo deseas:
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