Capítulo XV
XV
Los cuatro hombres emprendieron la marcha al unísono, uno
desde cada punto cardinal, con la orden expresa de coincidir a la
medianoche sobre el targuí, acabar con él si no había otro remedio,
y reemprender el camino para estar de regreso al amanecer.
El sargento mayor Malik-el-Haideri, no permitió que nadie ocupase
su puesto, y antes de que los mosquitos comenzaran a despertar
siguió las huellas que el fugitivo había dejado en el borde de la
sebhka, y se adentró en ella, con su rifle en bandolera, aun convencido
como estaba de que el sucio “Hijo del Viento” se había esfumado.
Cuándo lo había hecho, o dónde se encontraba en esos momentos,
no podía saberlo, y se preguntaba cómo se las arreglaría para
escapar a pie y sin agua del inmenso erg, si el pozo más próximo se
encontraba a más de cien kilómetros, cerca ya de las estribaciones
de las montañas de Sidi-elMadia.
“Cualquier día su cadáver aparecerá consumido por el sol, si no
lo han encontrado antes las hienas y los chacales”, se dijo, pero en
el fondo no estaba convencido de ello, porque aquel hombre le
había confesado que había ido dos veces a la “tierra vacía”, y estaba
seguro de que no mentía. Para el targuí, cien kilómetros de erg
no debían constituir probablemente una barrera insalvable, aunque
no contaba con el hecho de que, si no lo encontraba en la salina, él,
Malik, iría a esperarle al pozo.
Para el sargento mayor, aquella cacería se había convertido en
un asunto personal en el que estaba en juego algo más que el deseo
de zanjarlo sin que las autoridades interviniesen. El targuí se burló
de él en el oasis, degolló al capitán ante sus narices, lo correteó
como a un tonto de un lado a otro del desierto, y lo había mantenido,
por último, cinco días a la espera, sin saber exactamente qué
era lo que esperaba.
Sus hombres murmuraban por lo bajo y lo sabía. De regreso a
Adoras comentarían que al tan temido sargento mayor, le había
tomado el pelo un targuí analfabeto, y no era fácil dominar a aquella
tropa. Sin ayuda del terror que había logrado implantar, más de
uno emprendería la huida a través del desierto confiando en que si
resultaba posible matar a un capitán y largarse impunemente, por la
misma razón se podía liquidar a un sargento y desaparecer. Partiendo
de esa base, su vida no valdría ya ni un puñado de dátiles.
***
Al atardecer, el teniente Razmán, ordenó retirarse hacia el interior,
lejos de la embestida de la plaga, y mientras sus hombres desmontaban
la lona que servía de refugio, lanzó una última ojeada al
cabo que se alejaba con paso firme hacia el corazón de la salina, y
concentró de nuevo los prismáticos en el punto que le obsesionaba.
Los soldados que quedaban con él, ni siquiera hicieron un
comentario, convencidos de la inutilidad de preguntar, una vez más,
si el targuí se había movido. Estaba claro que los muertos no solían
moverse, y a ninguno le cabía ya la menor duda al respecto.
El “Hijo del Viento”, había tenido el coraje de permitir que el sol
le achicharrara, y con el tiempo la sal cubriría su cuerpo, momificándole
junto a su camello, de modo que quizás algún día, dentro de
cientos de años, alguien le descubriría incorrupto, y se preguntaría
por qué extraña razón había ido a morir a un lugar tan remoto.
El teniente Razmán sonrió para sus adentros pensando que
podía transformarse en el símbolo del espíritu de los tuareg para los
siglos venideros, cuando su estirpe hubiera desaparecido para siempre
de la faz de la Tierra.
Un orgulloso inmouchar, esperando impasible la muerte a la sombra
de su mehari, acosado por sus enemigos y convencido de que esa
muerte era mucho más noble y digna que la rendición y la cárcel.
“Se convertirá en una leyenda —se dijo—. Una leyenda como
Omar Muktar o Hamodú... Una leyenda que enorgullecerá a los de
su raza y les recordará que, en un tiempo, todos los imohag fueron
así”.
La voz de uno de sus hombres le volvió a la realidad.
—Cuando quiera, teniente...
Lanzó una última ojeada a la salina, puso el vehículo en marcha
y se alejaron una vez más de la región de los mosquitos, para ir a
establecer el nuevo campamento donde lo montaban cada noche.
Mientras uno de los soldados comenzaba a preparar la frugal
cena sobre un pequeño infiernillo de petróleo, abrió la radio y
llamó a la base.
Souad le respondió casi al instante:
—¿Lo has cogido? —inquirió con ansiedad.
—No. Aún no.
Hubo un largo silencio y al fin señaló sinceramente:
—Te mentiría si te digo que lo siento... ¿Vuelves mañana?
—¡Qué remedio! Se nos acaba el agua.
—¡Cuidate!
—¿Alguna novedad en el campamento...?
—Anoche estuvimos de parto... Una hembrita.
—Eso está bien. ¡Hasta mañana!
Cortó y permaneció unos instantes con el auricular en la mano,
contemplando pensativo la llanura, que comenzaba a cubrirse de
un manto gris.
Había nacido una camella y él andaba persiguiendo a un targuí
fugitivo. Se trataba, a todas luces, de una semana de excepcional
actividad en el Puesto Militar de Tidikén, donde transcurrían meses
sin que ocurriese absolutamente nada.
Se preguntó, una vez más, si eso era lo que imaginaba cuando
ingresó en la Academia Militar, o lo que soñó cuando leía la biografía
del coronel Duperey aspirando a emular sus hazañas y convertirse
en un nuevo redentor de las tribus nómadas, aunque no había
ya tribus nómadas en los alrededores de Tidikén, que evitaban el
Puesto y todo contacto con los militares, tras las desagradables
experiencias de Adoras.
Era triste reconocerlo, pero esos militares nunca supieron
atraerse a los nativos, que sólo veían en ellos a extranjeros desvergonzados
que requisaban sus camellos, ocupaban sus pozos y
molestaban a sus mujeres.
La noche había cerrado sobre la llanura pedregosa, la primera
hiena rió a lo lejos y tímidas estrellas parpadearon en un cielo que
pronto se cuajaría de ellas, en un portentoso espectáculo que nunca
se cansaba de admirar, pues eran, quizás, esas estrellas de las noches
en calma, las que le ayudaban a continuar en la brecha tras todo un
largo día de calor, tedio y desesperanza. “Los tuareg pinchan con sus
lanzas las estrellas, para alumbrar con ellas los caminos...” Era un
hermoso dicho del desierto; nada más que una frase, pero quien la
inventó conocía bien aquellas noches y aquellas estrellas, y sabía lo
que significaba contemplarlas durante horas tan de cerca. Tres
cosas le fascinaron desde niño: una hoguera, el mar rompiendo
contra las rocas de un acantilado, y las estrellas en un cielo sin
nubes. Mirando el fuego se olvidaba de pensar; mirando el mar se
sumergía en los recuerdos de su infancia, y contemplando la noche
se sentía en paz consigo mismo, con el pasado, el presente, y aun
casi en paz con su propio futuro.
Y de pronto nació de entre las sombras, y el brillo metálico del
cañón de su rifle fue lo primero que pudieron distinguir.
Le miraron incrédulos. No estaba muerto, ni se había convertido
en estatua de sal en el centro de la sebhka. Estaba allí, en pie,
frente a ellos, con el arma firmemente empuñada, y un revólver de
reglamento a la cintura. Y sus ojos, lo único que permitía distinguir
de su rostro, mostraban claramente que apretaría el gatillo a la
menor señal de peligro.
—¡Agua! —ordenó.
Hizo un gesto asintiendo, y uno de los soldados le tendió una
cantimplora con mano temblorosa. El targuí retrocedió dos pasos,
subió un poco el velo, y sin dejar de mirarles, sosteniendo el fusil
con una sola mano, bebió con ansia.
El teniente inició apenas un tímido movimiento en dirección a
la pistolera que descansaba sobre el asiento del vehículo, pero el
agujero del cañón le apuntó directamente, y advirtió cómo el dedo
se tensaba. Permaneció muy quieto, arrepentido de su gesto y consciente
de que no valía la pena arriesgar la vida por vengar al capitán
Kalek.
—Creí que estabas muerto —dijo.
—Lo sé —admitió el targuí, cuando concluyó de beber—.
También yo lo creí en algún momento... —Extendió la mano, tomó
el plato de uno de los soldados y comenzó a comer con los dedos
levantando apenas el lithan—. Pero soy un imohag —señaló—. El
desierto me respeta.
—Ya lo veo. Cualquier otro hubiera muerto. ¿Qué piensas hacer
ahora...? Gacel señaló el jeep con un ademán de la cabeza.
—Me llevarás a las montañas de Sidi-el-Madia. Allí nadie me
encontrará.
—¿Y si me niego...?
—Tendré que matarte y uno de ellos me llevará.
—No lo harán si yo ordeno que no lo hagan.
El otro le miró largamente, como calibrando la estupidez de lo
que acababa de decir:
—No te escucharán si ya estás muerto —sentenció—. No
tengo nada contra ellos... —añadió—. Ni contra ti. —Hizo una
pausa y señaló con tranquilidad—: Es bueno saber cuándo se gana,
y cuándo se pierde. Tú has perdido.
El teniente Razmán asintió con un gesto:
—Tienes razón —admitió—. He perdido. En cuanto amanezca
te llevaré a Sidi-el-Madia.
—Cuando amanezca, no. ¡Ahora!
—¿Ahora...? —se asombró—. ¿De noche?
—Pronto saldrá la Luna.
—¡Estás loco...! —exclamó—. Incluso de día resulta difícil
andar por el erg... Las piedras rajan los neumáticos y rompen los
ejes. De noche no avanzaríamos ni un kilómetro.
El targuí tardó en responder. Había extendido la mano tomando
el plato del segundo soldado, y sentado en el suelo con las piernas
cruzadas y el arma apoyada en la rodilla, tragaba con ansia, sin
saborear, casi atragantándose.
—Escucha... —le advirtió—. Si llegamos al pozo de Sidi-el-
Madia, vivirás. Si no llegamos, te mataré aunque la culpa no sea
tuya. —Dejó que meditara en lo que acababa de decir, y añadió por
último—: Y recuerda que soy un inmouchar y cumplo siempre mi
palabra.
Uno de los soldados, un muchacho muy joven, comentó convencido:
—Tenga cuidado, teniente. Está loco y le creo capaz de hacer lo
que dice.
El targuí no hizo comentario alguno. Se limitó a mirarle fijamente
y, por último, le apuntó con el arma:
—¡Desnúdate! —ordenó.
—¿Cómo has dicho...? —repitió incrédulo el muchacho.
—Que te desnudes... —luego apuntó al otro—. Tú también.
Dudaron. Intentaron protestar, pero había tanta autoridad en la
voz del targuí que parecieron comprender que no quedaba otra
opción y comenzaron a despojarse lentamente de sus uniformes.
—Las botas también...
Lo dejaron todo ante Gacel que lo cogió con la mano libre y lo
arrojó a la parte posterior del vehículo. Subió a ella, tomó asiento e
hizo un ademán con la cabeza a Razmán.
—Ya, ha salido la luna... —dijo— ¡Vamos...!
El teniente contempló a sus hombres, completamente desnudos,
y le invadió una profunda sensación de rebeldía. Por unos instantes
estuvo a punto de oponerse, e incluso intercambió con ellos
una mirada de inteligencia, pero negaron con un gesto, y el más
joven señaló con voz cansada:
—No se preocupe por nosotros, teniente... Ajamuk vendrá a
buscarnos.
—Pero al amanecer se morirán de frío... —Se volvió a Gacel—.
Dales al menos una manta...
El targuí pareció a punto de aceptar, pero al fin negó, y su tono
era humorístico al señalar:
—Que se entierren en la arena. Les protege del frío y es bueno
para adelgazar.
Razmán se llevó la mano a la frente en un desganado saludo,
puso el motor en marcha y encendió los faros, pero inmediatamente
el cañón del fusil se hundió en sus costillas:
—¡Sin luces!
Las apagó, pero agitó la cabeza pesimista:
—¡Estás loco...! —masculló malhumorado—. Completamente
loco.
Aguardó a que sus ojos se habituaran de nuevo a la oscuridad y
por último arrancó despacio, inclinándose lo más posible hacia
delante en su intento por distinguir los obstáculos. Fue una marcha
lenta y pesada durante las tres primeras horas, hasta que Gacel le
indicó que podía encender los faros con lo que avanzaron con
mayor rapidez, lo cual trajo aparejado, casi de inmediato, que una
de las ruedas reventara.
El teniente sudó y maldijo para cambiarla siempre vigilado por
el cañón del arma, y tuvo que hacer un esfuerzo para no aprovechar
la ocasión, lanzarle la llave inglesa y provocar un cuerpo a
cuerpo que pusiera fin de una vez a la embarazosa situación.
Pero comprendió que el targuí era más alto y más fuerte, y aun
en el caso improbable que pudiera arrebatarle el fusil, su enemigo
contaba aún con un revólver, una espada y una gumía.
Lo único que cabía era despedirse de un rápido ascenso, y rogar
porque las cosas no se complicaran más de lo que estaban. Dejarse
matar a los veintiocho años por alguien con cuyas ideas se estaba
de acuerdo, constituía una tremenda estupidez, y lo sabía.
***
A medianoche en punto los cuatro hombres convergieron sobre
el camello muerto; para ninguno constituyó una sorpresa constatar
que la presa había volado, y el sargento mayor Malikel-Haideri
aprovechó la ocasión para explayarse con todo lo más soez de su
vocabulario cuartelero, maldiciendo al targuí y maldiciendo también,
de paso, y más insistentemente, al “estúpido tenientillo” que
se había dejado engañar como un novato.
—¿Qué vamos a hacer ahora...? —inquirió, desconcertado, uno
de los soldados.
—El teniente no lo sé, pero yo, con su consentimiento o sin él,
voy a dirigirme al pozo de Sidi-el-Madia. Por muy targuí que sea ese
hijo de puta, no puede soportar tantos días sin beber.
Un veterano que había estado estudiando el cadáver del mehari
con ayuda de su linterna, señaló la herida en el vientre.
—Agua tiene... —comentó—. Un agua repelente, que mataría a
cualquiera, pero los tuareg son capaces de sobrevivir con eso. Y
también se bebió la sangre. —Hizo una pausa y añadió convencido—:
No lo encontraremos nunca...
El sargento mayor Malik-el-Haideri no respondió, echó una
última ojeada al animal muerto, dio media vuelta y emprendió el
regreso hacia su vehículo. Por el grado de descomposición, calculó
que el camello llevaba más de cuarenta y ocho horas muerto, lo que
significaba que el targuí debió sacrificarlo dos noches antes. Si
había emprendido la marcha inmediatamente, cosa que dudaba, su
ventaja era excesiva, pero si había dejado pasar un día más para
confiarlos y debilitar su vigilancia, no andaría muy lejos y tal vez
aún estuviera a tiempo de cortarle el paso.
No confiaba en la idea de alcanzarle en el erg porque, sin montura,
se enterraría en la arena en cuanto divisase de lejos un vehícu
lo, pero el agua ya casi digerida del estómago del camello no resistiría
otro día sin pudrirse, y el fugitivo necesitaba irremediablemente
una nueva provisión.
Los atankor de los valles y cañadas del macizo montañoso,
donde escarbando mucho se podía obtener a veces unos sorbos de
un líquido terroso y salobre, no bastaban para sobrevivir, y constituían
tan sólo una ayuda para el viajero que osara adentrarse en el
laberinto de sus infinitos contrafuertes rocosos.
Dominar el pozo significaba, por tanto, obligar al targuí a rendirse,
o condenarle a perecer. Inconscientemente apretó el paso y
se sorprendió a sí mismo casi corriendo en su ansia de alcanzar
cuanto antes el jeep. La luna se ocultó en el horizonte, pero su sentido
de la orientación era casi tan bueno como el de un nómada
después de tantos años de vivir en aquellos desiertos, y faltaba aún
una hora para el amanecer, cuando trepó como pudo por el terraplén
maldiciendo a los mosquitos que se lanzaban sobre él con
furia, para correr hacia sus hombres gritando a pleno pulmón.
Le rodearon asustados.
—¿Qué ha pasado...? —inquirió el negro Alí.
—¿Qué va a pasar? Se ha marchado. ¿Es que lo dudabas?
—¿Y qué vamos a hacer ahora?
El sargento no respondió. Había tomado el aparato de radio y
llamaba insistentemente.
—¡Teniente! ¿Está a la escucha, teniente?
Cuando hubo insistido cinco veces sin obtener respuesta, soltó
un reniego y puso el motor en marcha:
—Es tan estúpido, que le creo capaz de haberse quedado dormido...
¡Vamos!
Emprendió la marcha dando saltos bordeando la salina, rumbo
al Noroeste, y sus hombres tuvieron que aferrarse a todo lo que
encontraron a mano para no salir por los aires.
Fín del fragmento de hoy, puedes volver al blog si lo deseas:
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