Capítulo XI
XI
Alcanzó el borde de la salina cuando el sol estaba ya muy alto,
calentaba la tierra y empujaba a los mosquitos a sus refugios, bajo
las piedras y los matojos.
Se detuvo y observó la blanca extensión que brillaba como un
espejo a veinte metros bajo sus pies, hiriendo los ojos y obligándole
a entrecerrarlos, pues la sal devolvía la luz con furia, amenazando
con quemarle las pupilas aun acostumbrado como estaba, desde
niño, a la violenta luminosidad de las arenas del desierto.
Por fin, buscó una gruesa piedra, la alzó con las dos manos y la
dejó caer al fondo. Como esperaba, al llegar abajo la piedra quebró
la costra reseca por el sol y desapareció en el acto. Por el hueco que
había dejado surgió pronto, borboteando, una masa pastosa de
color castaño claro.
Continuó arrojando piedras, cada vez a mayor distancia del
escarpado borde, hasta que a unos treinta metros, comenzaron a
rebotar en la sal, sin atravesarla. Se inclinó luego hacia delante
sobre el talud, asomó con cuidado la cabeza y buscó los puntos por
los que podía filtrarse la humedad.
Por último empleó más de una hora en estudiar con detenimiento
la cornisa, para dar con el punto idóneo para intentar el
descenso con el mínimo riesgo.
Cuando abrigó la certeza de que su elección era correcta, obligó
al mehari a arrodillarse, colocó ante él tres puñados de cebada,
montó su campamento, y se durmió en el acto.
Cuatro horas más tarde, en el momento en que el sol iniciaba
tímidamente su descenso, abrió los ojos, como si un despertador
hubiese sonado de improviso a su lado.
Minutos después, de pie, en equilibrio sobre su montura, oteó
el desierto que había dejado a sus espaldas. No distinguió columna
alguna de polvo alzándose en el aire, pero sabía que la pesada grava
del erg no se elevaba cuando los vehículos se veían obligados a
avanzar muy despacio por culpa de las innumerables rocas.
Aguardó pacientemente y esa paciencia dio su fruto: un objeto
metálico devolvió, muy a lo lejos, el reflejo de un rayo de sol.
Calculó la distancia: necesitarían al menos seis horas para alcanzar
el punto en que se encontraba.
Saltó a tierra, tomó el ronzal de la bestia, y pese a sus sonoras
protestas, la condujo hasta el borde del talud por el que descendieron
con infinito cuidado, paso a paso, atentos, no sólo a no resbalar
y precipitarse abajo con riesgo de partirse el cuello, sino atentos,
también, a cada piedra, y cada laja de roca, pues le constaba que,
bajo ellas, allí, junto a la salina, anidaban por miles los alacranes.
Respiró satisfecho cuando alcanzó el fondo, se detuvo, y estudió
con detenimiento la costra que comenzaba a cuatro metros de
distancia. Avanzó y la tanteó con el pie. Parecía dura y resistente, y
dejó el ronzal libre cuan largo era, enrollándose el extremo en la
muñeca, consciente de que, si se hundía, el mehari lo sacaría, a rastras,
del peligro.
Sintió en el tobillo la picadura del primer mosquito. El sol
comenzaba a aflojar su fuerza y pronto la zona se convertiría en un
infierno.
Echó a andar, y le pareció escuchar el lamentarse de la costra
bajo la planta de sus pies, y en algunos puntos se onduló sin llegar
a quebrarse.
El mehari le siguió obediente, pero a los cuatro metros su instinto
debió avisarle del peligro, se detuvo indeciso y berreó malhumorado,
aunque su grito casi podía considerarse una protesta al
advertir la infinita extensión de sal en la que no se distinguía ni un
triste matojo.
—¡Vamos, estúpido...! —masculló—. ¡No te pares!
Le respondió un nuevo berrido, pero un brusco tirón y dos
sonoras palabrotas le decidieron. Avanzó diez metros y pareció
sentirse más tranquilo a medida que la costra salada iba endureciéndose
hasta constituir un piso firme y seguro.
Marcharon luego despacio, siempre hacia el sol que se ocultaba,
y ya entrada la noche trepó al mehari, y dejó que éste continuara su
camino, consciente de que no se desviaría de su ruta mientras descabezaba
un largo sueño, acurrucado allí, en la alta silla, bamboleándose
como sobre un agitado mar, pero tan seguro y a gusto
como si se encontrara bajo el techo de su jaima durmiendo junto a
Laila.
Fue la más silenciosa de las noches. No lloraba el viento, las
afelpadas patas del dromedario no levantaban el más mínimo
rumor al pisar sobre la sal, y allá, en el centro de la inmensa sebhka
no había hienas ni chacales que aullasen reclamando su presa. La
luna se alzó; plena, luminosa y limpia, sacando destellos plateados
a los mil millones de espejos de la llanura sin accidentes, sobre la
que la silueta del mehari y su jinete constituían una aparición irreal
y fantasmagórica saliendo de la nada de la noche hacia la nada de
las sombras, pura estampa de soledad absoluta, pues probablemente
ningún ser humano estuvo nunca tan solo como lo estaba aquel
targuí en aquella salina.
***
—¡Allí está!
Le tendió los prismáticos al sargento Ajamuk que siguió con ellos
la dirección de su brazo, los ajustó a su vista, y distinguió, en efecto,
al jinete que avanzaba despacio bajo el fuerte sol de la mañana.
—Sí —admitió—. Allí está, pero tengo la impresión de que nos
ha visto. Se ha detenido y mira hacia aquí.
El teniente Razmán tomó nuevamente los gemelos y enfocó
hacia el punto donde, a través de la calina que reverberaba sobre la
blanca superficie, Gacel Sayah miraba también hacia donde se
encontraban, en el borde de la sebhka. Le constaba que los ojos de
halcón de un targuí acostumbrado a las grandes distancias, equivalían
a la vista de un hombre normal ayudado por prismáticos.
Se miraron, aunque en realidad la distancia no le permitía distinguir
más que la confusa silueta de bestia y jinete que parecían
ondular por efecto de la reverberación, y le hubiera gustado saber
qué pensaría en el momento en que acababa de descubrir que se
encontraba atrapado en el centro de una trampa de sal que no ofrecía
escapatoria.
—Ha sido más fácil de lo que pensaba... —comentó.
—Aún no le hemos cogido... —señaló Ajamuk.
Se volvió a mirarle:
—¿Qué quieres decir?
—Lo que he dicho —replicó el sargento con naturalidad—.
Nuestros vehículos no pueden descender a la salina. Aunque encontráramos
una pendiente apropiada, nos hundiríamos en la sal. Y
a pie no los atraparemos nunca.
El teniente Razmán comprendió que tenía razón, extendió la
mano y tomó el auricular del radioteléfono:
—¡Sargento! —llamó— ¡Sargento Malik! ¿Me oye?
El aparato lanzó un silbido, gruñó, carraspeó y al fin llegó, clara,
la voz de Malik-el-Haideri.
—Le oigo, teniente.
—Estamos en el lado oeste de la sebhka y hemos localizado al
fugitivo. Viene hacia nosotros, aunque, por desgracia, creo que nos
ha visto.
Casi pudo escuchar la sorda maldición del sargento que, tras
una pausa, señaló:
—Pues yo no puedo continuar. He encontrado un sendero para
bajar, pero la costra no soporta el peso del jeep.
—No veo más solución que rodear la salina y esperar a que la
sed le obligue a entregarse.
—¿Entregarse...? —La voz era una mezcla de asombro e incredulidad—.
Un targuí que ha matado a dos hombres, nunca se
entregará. —Ajamuk hizo un gesto de asentimiento corroborando
sus palabras—. Puede que se deje morir, pero nunca se rendirá.
—Es posible... —admitió—. Pero está claro que no podemos ir
a por él. ¡Esperaremos!
—¡Usted manda, teniente...!
—Manténgase a la escucha. ¡Corto y fuera!
Cerró el interruptor y se volvió a Ajamuk.
—¿Qué le pasa? —masculló—. ¿Pretende que nos lancemos a
corretear a un targuí por esa llanura para que juegue con nosotros
o nos pegue un tiro...? —Hizo una pausa y se volvió a uno de los
soldados—. Prepare una bandera blanca —pidió.
—¿Pretende parlamentar? —se sorprendió Ajamuk— ¿Qué va
a sacar con eso?
Se encogió de hombros:
—No lo sé. Pero haré cuanto esté en mi mano para que no haya
más derramamiento de sangre.
—Déjeme ir a mí —rogó el sargento—. No soy targuí, pero he
nacido en estas tierras y los conozco bien.
Negó convencido:
—Yo soy ahora la máxima autoridad al sur de Sidi-el-Madia
—dijo—. Tal vez me escuche.
Tomó el mango de la pala a cuyo extremo el soldado había amarrado
un sucio pañuelo, se despojó de la pistola, y comenzó a descender
con cuidado por el peligroso terraplén.
—Si me ocurre algo, usted tiene el mando —puntualizó—.
Malik no debe tomarlo bajo ningún concepto. ¿Está claro?
—No se preocupe.
A trompicones, resbalando y a punto de precipitarse al abismo,
el teniente llegó abajo, observó con desconfianza la leve costra de
sal, y consciente de que sus hombres le observaban, hizo de tripas
corazón y echó a andar con paso decidido hacia la distante silueta
del jinete, rogando al cielo que el suelo no se hundiera bajo sus pies.
Cuando se sintió seguro continuó su marcha ondeando la triste
bandera bajo un sol que comenzaba a convertirse en plomo derre
tido, advirtiendo cómo, en la hoya que formaba la salina sin un
soplo de viento y recalentada por el sol, la temperatura aumentaba
más de cinco grados y el aire quemaba al llegar a los pulmones.
Observó cómo el targuí obligaba a arrodillarse a su montura y
le aguardaba en pie, junto a ella, con el rifle a punto, y a mitad de
camino se arrepintió de su acto, pues el sudor chorreaba por todo
su cuerpo, empapando su uniforme, y las piernas parecían a punto
de negarse a mantenerle.
El último kilómetro fue, sin ninguna clase de duda, el más largo
de su existencia, y cuando se detuvo a diez metros de Gacel necesitó
tiempo para recuperar las fuerzas, serenarse y musitar:
—¿Tienes agua?
El otro negó sin dejar de apuntarle al pecho:
—La necesito. Beberás cuando regreses.
Asintió comprensivo y se pasó la lengua por los labios donde no
encontró más que el gusto salobre del sudor.
—Tienes razón —admitió—. Soy un estúpido al no traer la cantimplora.
¿Cómo puedes soportar este calor?
—Estoy acostumbrado... ¿Has venido a hablarme del tiempo?
—No. He venido a pedirte que te entregues. ¡No puedes escapar!
—Eso sólo Alá puede decirlo. El desierto es grande.
—Pero esta salina no. Y mis hombres la rodean. —Lanzó una
ojeada a la fláccida gerba que colgaba de la montura. —Tienes poca
agua. No resistirás mucho... —Hizo una pausa—. Si vienes conmigo
te prometo un juicio justo.
—Nadie tiene por qué juzgarme —puntualizó Gacel con naturalidad—.
A Bubarrak lo maté en duelo, según las costumbres de
mi raza, y al militar lo ajusticié porque era un asesino que no respetó
las sagradas reglas de la hospitalidad... Según la ley targuí no he
cometido ningún delito.
—¿Por qué huyes entonces...?
—Porque sé que ni los infieles rumi ni vosotros, que habéis
copiado de ellos sus absurdas leyes, respetaréis las mías, pese a que
nos encontremos en el desierto. Para ti soy un sucio “Hijo del
Viento” que ha matado a uno de los tuyos, no un inmouchar del Kel-
Talgimus que hizo justicia según un derecho que se remonta a miles
de años; muchos años antes de que ninguno de vosotros soñara con
pisar estas tierras.
El teniente Razmán se dejó caer con cuidado tomando asiento
sobre la dura corteza de sal mientras negaba convencido:
—Para mí no eres ningún sucio “Hijo del Viento”. Eres un imohag
noble y valiente, y comprendo tus razones. —Hizo una pausa—. Y
las comparto. Probablemente yo hubiera reaccionado igual, sin permitir
una ofensa semejante. —Lanzó un sonoro suspiro—. Pero mi
obligación es entregarte a las autoridades evitando derramamiento de
sangre. ¡Por favor...! —suplicó—. No hagas las cosas más difíciles.
Hubiera jurado que su interlocutor sonreía burlonamente bajo
el velo cuando replicó irónico:
—¿Difíciles para quién? —Agitó la cabeza—. Para un targuí las
cosas comienzan a ser verdaderamente difíciles en el momento en
que pierde su libertad. Nuestra vida es muy dura, pero la compensa
el hecho de ser libres. Si perdemos esa libertad, perdemos la
razón de vivir. —Hizo una pausa—. ¿Qué harían conmigo? ¿Condenarme
a veinte años?
—No tienen por qué ser tantos...
—¿No? ¿Cuántos entonces? ¿Cinco...? ¿Ocho...? —negó convencido—.
¡Ni un solo día, óyeme bien! He visto vuestras cárceles,
me han contado cómo se vive en ellas, y sé que no soportaría un
solo día. —Hizo un gesto expresivo con la mano indicando que se
marchara—. Si quieres cogerme, ven a buscarme...
Razmán se puso pesadamente en pie horrorizado por la idea de
reemprender la larga caminata bajo un sol que cada vez calentaba
con más furia:
—No vendré a buscarte... De eso puedes estar seguro —fue
todo lo que dijo antes de darle la espalda.
Gacel lo observó mientras se alejaba cansinamente, apoyándose
en el palo que había servido de asta a la bandera, dudando que
fuera capaz de alcanzar el borde de la sebhka sin caer víctima de una
insolación.
Por su parte, clavó en la dura sal la takuba y el rifle, montó un
techo y se refugió bajo él dispuesto a aguardar, paciente, el paso de
las más difíciles horas del día...
No durmió, con los ojos fijos en el punto en el que los vehículos
lanzaban al sol destellos metálicos, advirtiendo cómo, minuto a
minuto, la calina se iba espesando y el calor aumentaba hasta amenazar
con hacer hervir la sangre; un calor tan denso, agobiante y
pesado, que obligó a protestar al mehari acostumbrado como estaba
por su naturaleza a las más altas temperaturas.
No podría sobrevivir mucho tiempo allí, en el corazón de la salina,
y lo sabía. Le quedaba agua para un día.
Luego harían su aparición el delirio y la muerte: la más espantosa
de las muertes; aquella a la que los tuareg temían desde el mismo
día que nacían: la muerte por sed.
Capítulo XI
XII
Ajamuk observó con ojo crítico la altura del sol, y estudió con
detenimiento los bordes de la salina:
—Antes de media hora los mosquitos nos comerán vivos —señaló
convencido—. Tenemos que retirarnos. —Encenderemos
hogueras.
El sargento negó con firmeza:
—No existe hoguera ni protección posible contra la plaga —insistió—.
En cuanto comiencen a atacar, los soldados saldrán
corriendo y no me comprometo a detenerlos —sonrió—. Yo estaré
corriendo también.
Fue a decir algo, pero uno de los soldados le interrumpió señalando
con el brazo hacia la salina.
—¡Mire...! —gritó— ¡Se marcha...!
El teniente tomó los prismáticos y los enfocó hacia el punto
indicado.
En efecto, el targuí había alzado su ridículo campamento, y se
alejaba llevando su montura del ronzal.
Se volvió, pensativo, a su ayudante:
—¿Adónde irá...? —Ajamuk se encogió de hombros:
—¿Quién puede saber lo que piensa un targuí?. No me gusta.
—A mí tampoco.
El teniente meditó unos instantes visiblemente preocupado.
—Supongo que tratará de escurrirse de noche —aventuró—.
Usted irá al Norte con tres hombres. Saud, al Sur... Yo cubriré esta
zona, y Malik está con su gente en el Este... —agitó la cabeza—. Si
mantenemos los ojos bien abiertos no pasará.
El sargento no respondió, pero resultaba claro que no compartía
el optimismo de su superior. Era beduino, conocía bien a los tuareg,
y conocía bien, de igual modo, a sus soldados, montañeses que
cumplían el servicio militar obligatorio en un desierto que ni entendían,
ni deseaban entender.
Admiraba al teniente Razmán, apreciando los esfuerzos que
hacía por adaptarse a aquellas tierras, decidido a convertirse en un
auténtico experto, pero le constaba que era mucho lo que le faltaba
por aprender. El Sáhara y sus gentes no se asimilaban en un año,
ni en diez, y lo que jamás se asimilaba por completo era la mentalidad
de uno de aquellos ladinos “Hijos del Viento” aparentemente
simples por su forma de vida, pero profundamente complicados
en la realidad.
Tomó los prismáticos que descansaban sobre el asiento y los
enfocó hacia el hombre que se iba convirtiendo en un punto cada
vez más diminuto, seguido por su bamboleante cabalgadura.
Por qué se adentraba de nuevo en aquel horno abominable, no
podía saberlo, pero presentía, casi podía palpar, que algún truco se
escondía tras ello. Si un targuí con poca agua se movía y movía a su
montura, alguna poderosa razón existía.
Silbaron en su oreja y dio un respingo.
—¡Vámonos! —gritó—. ¡Los mosquitos!
Saltaron a los vehículos y comenzaban ya a palmearse las manos
y la cara cuando arrancaron, alejándose a toda la velocidad que permitía
el accidentado terreno, apartándose todo lo posible de la zona
pantanosa. Luego, se separaron tomando cada uno una dirección
distinta.
El teniente Razmán ordenó a los hombres que quedaban con él
que montaran el campamento y prepararan la cena, y se puso en
contacto con el sargento Malik-el-Haideri notificándole sus movimientos
y los del fugitivo.
—Tampoco yo sé lo que pretende, teniente —admitió Malik—.
Pero me consta que ese tipo es muy listo. —Hizo una pausa—.
Quizá lo mejor sea entrar a buscarle...
—Probablemente es lo que pretende... —replicó—. Pero
recuerde que es famoso por su puntería. Con un camello y un fusil
ahí dentro nos tendría a su merced. ¡Esperaremos...!
Y esperaron toda la noche, agradeciendo la luminosidad de la
luna, con las armas a punto y atentos al menor movimiento sospechoso.
Pero no ocurrió nada, y cuando el sol subió en el horizonte
regresaron al borde de la salina, y pudieron distinguir allí, casi en el
centro mismo, al mehari arrodillado y al hombre durmiendo tranquilamente
a su sombra.
Equidistante de los cuatro puntos cardinales, cuatro prismáticos
le enfocaron durante todo el día, sin que, ni jinete ni montura efectuaran
un solo movimiento perceptible a semejante distancia.
Cuando comenzaba a caer de nuevo la tarde, antes de que los
mosquitos abandonaran su refugio, el teniente Razmán estableció
línea abierta con sus hombres.
—No se ha movido —les hizo notar—. ¿Qué piensan de eso?
El sargento Malik recordó sus palabras: “Hay que vivir como
una piedra, atento a no realizar un solo movimiento que consuma
agua... Incluso de noche debes moverte tan despacio como un
camaleón, y así, si consigues volverte insensible al calor y la sed, y,
sobre todo, si consigues vencer el pánico y conservar la calma, tienes
una remota posibilidad de sobrevivir”.
—Guarda sus fuerzas... —señaló—. Esta noche se moverá... Lo
que hace falta es saber hacia dónde...
—Necesitará por lo menos cuatro horas para alcanzar el borde
de la sebhka —intervino Ajamuk—. Y una más para ascender en la
oscuridad y llegar donde estamos —calculó mentalmente—.
Tendremos que estar atentos hacia la medianoche. Si espera más,
no tendrá luego tiempo de alejarse aunque lograra pasar.
—Se le desbocará el camello —recordó Saud desde el extremo
sur—. Aquí los mosquitos forman nube. Hay una entrada de agua
y si se aproxima se hundirá sin remedio.
El teniente Razmán abrigaba el convencimiento de que el targuí
prefería que se lo tragaran las arenas a dejarse atrapar con vida,
pero no hizo comentario alguno. Se limitó a dar instrucciones.
—Cuatro horas de descanso —dijo—, pero a partir de ese
momento, todo el mundo atento...
La noche fue igualmente larga e igualmente tensa bajo una luna
que aún alumbraba con fuerza la llanura, y el amanecer les sorprendió
vencidos por el sueño y la fatiga, con los ojos enrojecidos de
otear la oscuridad, y los nervios destrozados por la presión que
habían soportado.
Y cuando se aproximaron de nuevo a la salina pudieron verle;
en el mismo punto, en idéntica postura, sin que, al parecer, hubiera
realizado un solo gesto.
La voz del teniente sonó nerviosa a través del micrófono.
—¿Qué piensan de eso...?
—¡Que está loco! —replicó Malik malhumorado. —Ya no le
puede quedar agua... ¿Cómo va a resistir un día más en ese horno?
—Nadie tuvo respuesta. Incluso para ellos, fuera de la hoya y con
agua suficiente en los grandes bidones, la idea de un día más bajo
aquel sol de fuego resultaba insoportable, y, sin embargo, el targuí
parecía dispuesto a dejar transcurrir otra jornada sin moverse.
—Es un suicidio... —musitó para sí el teniente—. Un suicidio,
y jamás creí que un targuí fuese capaz de suicidarse. Está buscando
la eterna condenación.
***
Ningún día fue tan largo.
Ni tan caliente.
La sal le lanzaba los destellos del sol, multiplicando su fuerza,
convirtiendo casi en inútil su minúsculo refugio, anonadándole y
anonadando al mehari al que había amarrado las cuatro patas una
vez que lo tuvo arrodillado, aunque le dolía en el alma causarle un
sufrimiento que no se merecía después de tantos años de conducirle
a través de las arenas y los pedregales.
Rezó sus oraciones como entre sueños, y entre sueños dejó
pasar las horas, inmóvil, sin ni siquiera el gesto de espantar una
mosca, que no existían allí porque ni las moscas soportaban semejante
infierno. Luchaba por convertirse en piedra olvidando su
cuerpo y sus necesidades, consciente de que no quedaba ni una
gota de agua en las gerbas y sintiendo cómo su piel se iba secando,
con la impresión extraña de que la sangre se espesaba en sus venas
fluyendo por ellas cada vez más despacio.
Pasado el mediodía perdió el conocimiento y permaneció apoyado
en el cuerpo de la bestia, con la boca muy abierta, incapaz de
aspirar un aire que se había vuelto casi denso y parecía negarse tercamente
a bajar a sus pulmones.
Deliró, pero su seca garganta y su lengua amoratada no pudieron
emitir sonido alguno. Luego, un estremecimiento del mehari y
un lamento que nacía de las entrañas mismas de la pobre bestia le
devolvieron a la vida y abrió los ojos, pero tuvo que cerrarlos de
nuevo, vencido por el blanco fulgor de la salina.
Ningún día, ni aun aquel en que agonizó su primogénito escupiendo
sangre y lanzando a la arena pedazos de pulmón, devorado
por la tuberculosis, le pareció tan largo.
Ni tan caliente.
Luego llegó la noche. La tierra comenzó a enfriarse muy despacio,
el aire llegó más fácilmente a sus pulmones y pudo abrir los
ojos sin experimentar la sensación de que le clavaban puñales en las
retinas. El mehari salió también de su letargo y se agitó inquieto
berreando sin fuerzas.
Amaba aquella bestia y lamentaba su muerte inevitable. La había
visto nacer y desde el primer momento supo que sería un animal
brioso, resistente y noble. Lo cuidó con cariño y le enseñó a obedecer
su voz y el contacto de su talón en el cuello; un lenguaje propio
que únicamente ellos dos entendían. Jamás en todos aquellos
años había tenido que pegarle. Y el animal no intentó morderle o
atacarle, ni aun en los peores días de celo, en primavera, cuando
otros machos se volvían histéricos e intratables rebelándose contra
sus amos y lanzando una y otra vez al suelo su carga y sus jinetes.
Era en verdad una bendición de Alá aquella hermosa bestia, pero
había llegado su hora y lo sabía.
Aguardó a que la Luna hiciera su aparición sobre el horizonte y
sus rayos, devueltos por la sal, convirtieran casi la noche en día, y a
su luz, extrajo la afilada gumía y cercenó de un solo tajo, cruel, fuerte
y profundo, el blanco cuello.
Rezó la oración ritual, y recogió la sangre que manaba a borbotones
en una de las gerbas. Cuando estuvo llena, la bebió despacio
aún tibia y casi palpitante, con lo que pronto se sintió reconfortado.
Esperó unos minutos, recuperó su ánimo y tanteó con cuidado
el estómago del camello que atado como estaba, no se había movido
con la llegada de la muerte, limitándose a humillar la cabeza.
Cuando estuvo seguro del punto elegido, limpió la gumía en la raída
manta de la montura, y la clavó con fuerza, profundamente, retorciéndola
una y otra vez, buscando agrandar lo más posible la herida.
Cuando retiró el arma, manó un poco de sangre, y después un
chorro de agua verdosa y maloliente con la que llenó hasta rebosar
la segunda gerba. Por último se tapó la nariz con una mano, cerró
los ojos, y aplicó los labios a la herida, bebiendo directamente un
líquido repugnante pero del que sabía, a ciencia cierta, que dependía
su vida.
Consumió hasta la última gota pese a que su sed ya se había
aplacado, y el estómago amenazaba con estallarle.
Contuvo luego las arcadas esforzándose por pensar en otra cosa
y olvidar el olor y el sabor de un agua que llevaba más de cinco días
en el vientre del camello, y necesitó toda su voluntad de targuí dispuesto
a sobrevivir, para lograrlo.
Por último, se durmió.
Fín del fragmento de hoy, puedes volver al blog si lo deseas:
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