Capítulo IX
IX
Caía la tarde cuando el asistente del capitán descubrió el cadáver.
Sus gritos, casi histéricos, se desparramaron por el oasis, e hicieron
que los hombres arrojaran al suelo sus palas y acudieran
corriendo para amontonarse en la pequeña barraca, de la que el sargento
mayor tuvo que expulsarlos a empujones.
Cuando se quedó al fin solo ante el cadáver y el charco de sangre
cubierto de moscas, tomó asiento en un taburete y maldijo su
suerte. El hijo de perra que había hecho aquello podía haber esperado
cuatro días.
No sentía pena alguna; ni el menor asomo de compasión por
aquel otro hijo de perra, el más hijo de perra de todos, que yacía
tendido frente a él, pese a que hubieran compartido tantos años de
vida en el infierno y fuera el único con el que había mantenido
alguna conversación medianamente coherente en ese tiempo. Sabía
a ciencia cierta que el capitán Kaleb-el-Fasi merecía la muerte, cualquier
tipo de muerte y en cualquier lugar del mundo, pero no deseaba
que fuera allí y precisamente en aquellas fechas.
Ahora le mandarían a un nuevo Comandante, no mejor ni peor,
sino simplemente distinto y pasarían años, quizás, antes de que
pudiera conocerle a fondo, encontrar sus puntos débiles, y conseguir
manejarle tal como había llegado a manejar al difunto.
Le preocupaba también el complicado trámite de la Comisión
Investigadora, pues ni siquiera él mismo, que era quien mejor los
conocía, se sentía capaz de señalar al asesino entre aquella pandilla
de asesinos que aguardaban, comentando excitados, a cinco metros
de la puerta.
Todos se le antojaban culpables, y cayó pronto en la cuenta de
que incluso él mismo podía resultar sospechoso, puesto que tenía
los mismos motivos que cualquier otro para desear la muerte a un
hombre que había hecho la vida imposible a cuantos sirvieron bajo
su mando.
Tenía que encontrar al auténtico culpable antes de que llegara
nadie, y entregar el caso resuelto si quería evitarse problemas.
Cerró los ojos y recorrió mentalmente los rostros de cada uno
de sus hombres, a la búsqueda de sospechosos, y advirtió que al
concluir le invadía una profunda sensación de desaliento.
No llegaban a la docena los que se sentía capaz de desechar
como probables inocentes. Cualquiera de los restantes hubieran
experimentado una profunda sensación de placer a la hora de rebanarle
el cuello a su comandante.
—¡Mulay! —aulló.
Un hombretón inmenso y malencarado penetró al instante y se
quedó muy quieto, pálido, desencajado y casi tembloroso, junto al
quicio de la puerta.
—A la orden, mi sargento —balbuceó con esfuerzo.
—Tú estabas de guardia, ¿no es cierto?
—Sí, mi sargento.
—¿Y no viste a nadie?
—Creo que me quedé adormilado en algún momento, mi sargento
—casi sollozó el gigantón—. ¿Quién iba a imaginar que a
plena luz del día...?
—Tú no, desde luego. Y lo más probable es que esto te lleve al
fin frente al pelotón de fusilamiento. Si no aparece el culpable, tú
eres responsable.
El otro tragó saliva, respiró con dificultad y avanzó las manos
en un gesto de súplica:
—Pero yo no fui, mi sargento. ¿Por qué iba a hacerlo? Dentro
de cuatro días nos iríamos en busca de esa caravana.
—Si vuelves a mencionar la caravana, me ocuparé personalmente
de que te fusilen. Y negaré que te hablara nunca de ella. Será
tu palabra contra la mía.
—Entiendo, mi sargento —se disculpó Mulay—. No volverá a
ocurrir. Sólo quiero que comprenda que yo era de los pocos que
deseaba que siguiera con vida.
El sargento mayor Malik-el-Haideri, se puso en pie, cogió de la
mesa el paquete de cigarrillos del difunto y encendió uno con un
pesado mechero de plata que se metió tranquilamente en el bolsillo.
—Lo comprendo —admitió—. Lo comprendo muy bien, pero
también comprendo que estabas de guardia y sabías que tu obligación
era disparar contra todo el que se aproximara a esta barraca.
¡Maldita sea! ¡Como descubra al que ha sido te juro que lo despellejo
vivo! Lanzó una última ojeada al cadáver, salió al exterior y se
detuvo a la sombra del porche, desde donde recorrió, uno por uno,
los rostros de los presentes. Estaban todos.
—¡Escuchadme bien! —dijo—. Tenemos que resolver este
asunto entre nosotros, si no queremos que nos manden a una serie
de oficiales que nos compliquen aún más la vida. Mulay estaba de
guardia, pero creo que no ha sido. Los demás, se supone que dormían
en el barracón. ¿Quién no estaba allí, y por qué?
Los soldados se miraron entre sí, como si sospecharan los unos
de los otros, conscientes de la gravedad del problema y temerosos
ante la posibilidad de la llegada de una comisión investigadora. Al
fin, un cabo primero, señaló con timidez:
—No recuerdo que faltara nadie, sargento. El calor era insoportable.
Hubiera resultado extraño que alguien se quedara fuera en un
día así.
Hubo un murmullo de aprobación unánime.
El sargento meditó unos instantes:
—¿Quién salió a las letrinas?.
Tres hombres levantaron el brazo.
Uno de ellos protestó:
—Yo no estuve ni dos minutos. Este me vio y yo lo vi a él.
Se volvió al tercero.
—¿Y a ti te vio alguien?
El negro flaco se abrió paso desde el fondo.
—Yo. Fue hasta las dunas y regresó sin desviarse. También vi a
esos dos... No dormía y puedo asegurar, sargento, que nadie abandonó
el barracón más de tres minutos. El único que estaba fuera
era Mulay. —Hizo una pausa y añadió como sin darle importancia—:
Y usted, naturalmente.
El sargento mayor se agitó incómodo, por unas décimas de
segundo perdió su compostura y advirtió que un sudor frío le recorría
la espalda. Se volvió a Mulay que permanecía muy quieto, junto
a la puerta y lo fulminó con la mirada.
—Pues si no ha sido ninguno de ellos, yo tampoco, y no hay
nadie en cien kilómetros a la redonda, me parece que vas a tener
que... —Se interrumpió de improviso, porque una luz se había
encendido en su cerebro y lanzó una maldición que era, al mismo
tiempo, casi un grito de alegría—: ¡El targuí! ¡Por todos los diablos...!
¡El targuí! ¡Cabo!
—Diga, mi sargento.
—¿Qué es eso que me contaste sobre un targuí que no quería
que entrarais en su campamento? ¿Recuerdas al tipo?
El cabo se encogió de hombros con gesto de duda:
—Todos los tuareg son iguales cuando llevan velo, mi sargento.
—¿Pero podría ser el que acampó aquí ayer?
Fue el negro esquelético el que respondió por él.
—Podía ser, mi sargento. Yo también estaba allí. Era alto, flaco,
con una gandurah azul, sin mangas, sobre otra blanca, y una pequeña
bolsa o un amuleto de cuero rojo, colgando del cuello.
El sargento le detuvo con un gesto, y se diría que un suspiro de
alivio se le escapaba desde lo más profundo.
—Es él, no cabe duda —dijo—. El muy hijo de perra tuvo los
cojones de entrar aquí y degollar al capitán en nuestras propias
narices. ¡Cabo! Encierra a Mulay. Si se escapa, te mando fusilar.
Luego comunícame con la capital. ¡Alí!
—A la orden, mí sargento —dijo el negro.
—Pon a punto todos los vehículos... Máximo abastecimiento de
agua, combustible y provisiones. Encontraremos a ese cerdo aunque
se esconda en los mismos infiernos.
Media hora después, el Puesto Militar de Adoras bullía de una
actividad como no se recordaba desde los tiempos de su fundación,
o desde que hacían escala en él las grandes caravanas procedentes
del Sur.
X
No se detuvo en toda la noche, conduciendo del ronzal a su
montura, iluminado por una tímida luna y millares de estrellas que
le permitían distinguir el perfil de las dunas y el sinuoso contorno
de los pasos entre ellas: los gassi, caprichosos caminos que el viento
había trazado, pero que de tanto en tanto se interrumpían bruscamente,
obligándole entonces a iniciar el penoso ascenso sobre la
blanda arena, cayendo, resoplando y tirando del ronzal del mehari
que protestaba furiosamente por semejante esfuerzo y tan dura
caminata a unas horas en que, por lógica, le correspondía un descanso
y un tranquilo pastar por la llanura.
Pero el descanso tan sólo fue de unos minutos cuando alcanzaron
al fin el erg que se abrió ante ellos, infinito, planicie sin horizonte
compuesta por miles de millones de negras piedras cuarteadas
por el sol, y una arena muy gruesa, casi grava, que el viento no
lograba arrastrar más que cuando soplaba enloquecido con las
grandes tormentas.
Gacel sabía que no encontraría ahora en su camino ni un matojo,
ni una grara, ni aun el lecho seco de un viejo río, tan frecuentes
cuando se recorría la hamada y que tan sólo el hundimiento producido
por una salina de bordes encarpados alcanzaría, tal vez, a romper
la monotonía de un paisaje en el que un jinete era tan visible
como una bandera roja agitada en lo alto de una escoba.
Pero Gacel sabía, también, que ningún camello podía competir
con su mehari por semejante terreno, que con sus infinitas rocas
puntiagudas y cortantes, de hasta medio metro de altura, constituían,
además, un obstáculo casi insalvable para los vehículos mecánicos.
Y, o mucho se equivocaba, o si los soldados salían en su busca,
lo harían en jeeps y camiones, pues no eran gentes del desierto, y
no estaban acostumbrados a las largas caminatas, ni a bambolearse
a lomos de un camello durante jornadas enteras.
El amanecer le sorprendió muy lejos ya de las dunas, que no
eran más que una leve y sinuosa línea en el horizonte, y calculó que
en esos momentos los soldados se estarían poniendo en movimiento.
Tardarían al menos dos horas en recorrer la pista que había
abierto en la arena hasta salir a la llanura, muy al este del punto en
que ahora se encontraba, y aun suponiendo que uno de los vehículos
se encaminara directamente hacia el erg, no alcanzaría su borde
hasta bien entrada la mañana, cuando el sol estuviera muy alto. Eso
le concedía un amplio margen de seguridad, por lo que desmontó,
encendió el pequeño fuego en el que asó apenas los últimos restos
del antílope, que ya comenzaba a apestar, rezó sus oraciones de la
mañana, de cara a La Meca, hacia el Este que era de donde debían
llegar sus enemigos, y tras cubrir bien de arena los restos del fuego,
comió con apetito, asió el ronzal de su montura y reemprendió la
marcha cuando el sol empezaba a calentarle la espalda.
Se dirigía al Oeste en línea recta, alejándose de Adoras y de
todas sus tierras conocidas; alejándose también de El-Akab que
dejaba al Norte, a su derecha, y que había decidido que sería su próximo
punto de destino.
Gacel era un targuí, un hombre del desierto para el que el tiempo,
las horas, los días, y aun los meses carecían de importancia.
Sabía que ElAkab había estado allí, desde cientos de años atrás, y
allí seguiría hasta que su recuerdo, y aun el de sus nietos, se hubiese
borrado de la faz del desierto. Tiempo tendría de volver sobre
sus pasos, cuando los soldados, siempre impacientes, se cansaran
de buscarle.
“Ahora están furiosos —se dijo—. Pero dentro de un mes, ni se
acordarán de mi existencia”.
Cerca ya del mediodía se detuvo obligando al mehari a arrodillarse
en una levísima hondonada que rodeó luego con piedras,
clavó en el suelo espada y rifle, extendió la manta que le servía de
techo proporcionándole la sombra tan necesaria a esa hora, y se
acurrucó bajo ella. Un minuto después dormía, y nadie hubiera
podido descubrirle a menos de doscientos metros de distancia.
Le despertó el sol dándole en la cara oblicuamente, tumbado
casi ya en el horizonte y atisbó entre las rocas, distinguiendo la leve
columna de polvo que se alzaba al cielo a espaldas de un vehículo
que avanzaba, muy lentamente, al borde de la llanura como si
temiera perder la protección de las dunas y adentrarse en la inhóspita
inmensidad del erg.
El sargento mayor Malik detuvo el vehículo, apagó el contacto
y recorrió con la vista, sin prisas, la inacabable llanura en la que se
diría que una mano de gigante se había entretenido en sembrar
negras rocas puntiagudas que amenazaban con hacerle trizas los
neumáticos o reventar el cárter al menor descuido.
—Me juego la cabeza a que ese hijo de puta está ahí dentro
—comentó mientras encendía, con parsimonia, un cigarrillo. Luego
extendió la mano sin mirar y el negro Alí le colocó en ella el
auricular del radioteléfono—. ¡Cabo! —llamó—. ¿Me oyes? La voz
llegó lejanísima.
—Le oigo, mi sargento. ¿Ha encontrado algo?
—Nada. ¿Y tú?
—Ni rastro.
—¿Has logrado establecer contacto con Almalarik?
—Hace un rato, mi sargento. Tampoco ha visto nada. Le he
mandado en busca de Mubarrak. Con suerte puede llegar a su campamento
antes de que anochezca. Me llamará a las siete.
—Entendido —replicó—. Llámame cuando hayas hablado con
él. Corto y cierro.
Devolvió el auricular, se puso en pie sobre el asiento, tomó los
prismáticos y recorrió de nuevo la llanura pedregosa para dejarse
caer al fin malhumorado, bajar a tierra, y orinar de espaldas a sus
hombres que aprovecharon para imitarle.
—Yo también me adentraría en ese infierno —masculló en voz
alta—. Ahí es más rápido y puede avanzar incluso de noche, mientras
nosotros nos dejaríamos hasta la última tuerca en el camino.
—Se abrochó la bragueta, recogió el cigarrillo que había dejado
sobre el capó del jeep y dio una larga chupada—. Si al menos tuviéramos
una idea de hacia dónde se dirige...
—Tal vez vuelva a casa —señaló Alí—. Pero está en dirección
contraria, hacia el Sudeste.
—¡Casa! —exclamó irónico—. ¿Cuándo has visto que uno de
esos malditos “Hijos del Viento” tenga casa? Lo primero que hacen
a la menor señal de peligro, es cambiar su campamento y enviar a su
familia a cualquier lugar remoto, a mil kilómetros de distancia. No
—negó convencido—. Para ese targuí su casa está ahora en donde
está su camello, desde la costa del Atlántico, a la del mar Rojo. Y ésa
es su ventaja sobre nosotros: no necesita nada, ni a nadie.
—¿Qué vamos a hacer entonces?
Observó al sol que teñía el cielo de rojo y estaba a punto de desaparecer
por completo. Movió la cabeza de un lado a otro, pesimista.
—No haremos nada ya —señaló—. Montad el campamento y
preparad la cena. Un hombre de guardia siempre, y al que se duerma
le pego un tiro ahí mismo. ¿Está claro?
No esperó la respuesta. Sacó un mapa de la guantera, lo extendió
sobre el motor y comenzó a estudiarlo con detenimiento. Sabía
que no podía fiarse de él. Las dunas cambiaban de lugar constantemente,
los caminos desaparecían bajo la arena, los pozos se cegaban
y sabía también, por propia experiencia, que quienes trazaban
tales mapas jamás se adentraban en el erg, a medirlo exactamente,
limitándose a dibujar sus contornos aproximados sin preocuparse
mucho de si faltaban o sobraban cien kilómetros.
Y a la hora de la verdad, esos cien kilómetros podían constituir
la diferencia entre la vida y la muerte, sobre todo cuando el jeep
había roto un eje y había que continuar a pie.
Por un momento estuvo tentado de mandarlo todo al diablo y
ordenar el regreso al puesto, pues al fin y al cabo, el capitán Kalebel-
Fasi se merecía mil veces el fin que había tenido. De no haber
conocido al targuí lo hubiera hecho, limitándose a mandar un parte
dando por zanjada la cuestión. Pero, personalmente, se sentía burlado
y ofendido; utilizado por un desharrapado “Hijo del Viento”
que había sabido engañarle, y que se habría estado riendo de él bajo
su sucio litham, mientras le contaba toda aquella absurda historia de
“La Gran Caravana” y sus tesoros.
—Le ayudé incluso a afianzar la carga del camello, asegurar el
agua y disponerlo todo para un larguísimo viaje, cuando en realidad
ya había planeado esconderse tras las primeras dunas y regresar ese
mismo día. —Lanzó una nueva mirada a la llanura que comenzaba
a convertirse en una mancha gris sin relieves—. Si te cojo —masculló
para sí—, juro que te arranco la piel a tiras.
***
Rezó sus oraciones de la tarde, se echó al hombro un saquillo de
cuero conteniendo un puñado de dátiles, y se los fue comiendo lentamente
mientras iniciaba la marcha, siempre hacia el Oeste, adentrándose
en las sombras que se habían adueñado ya de la tierra,
sabedor de que aquella noche de caminar sin prisas iba a poner, sin
embargo, una distancia insalvable entre él y sus perseguidores.
El camello había bebido hasta saciarse el día antes, no lo había
sometido a largas marchas ni a grandes esfuerzos, y se encontraba
gordo y fuerte, con la joroba llena y reluciente, lo que indicaba que
contaba con reservas suficientes para más de una semana al mismo
ritmo. Una bestia como aquélla podía perder tranquilamente más
de cien kilos de peso antes de comenzar a resentirse.
Para él, por su parte, acostumbrado a las largas cacerías, aquella
huida no era más que un paseo, semejante a otros muchos en busca
del rastro de una pieza herida o de un hermoso rebaño fugitivo. Se
sentía a gusto allí, a solas en el desierto, porque ésa era la vida que
en verdad amaba, y aunque a ratos pensara en su familia, y, por las
noches o al calor de la media tarde, le hiciera falta la presencia de
Laila, sabía a ciencia cierta que podía prescindir de ellos por todo
el tiempo que fuera necesario; el tiempo que le llevara concluir la
tarea que se había impuesto: la de vengar la ofensa que le hicieran.
Agradeció más tarde la salida de la luna que le alumbró el camino,
y a medianoche distinguió en la distancia el plateado reflejo de
una sebhka, un gran lago salado que se abría ante él como un mar
petrificado del que no alcanzaba a distinguir la otra orilla.
Se desvió hacia el Norte, bordeándolo a cierta distancia, porque
en las orillas pantanosas y enfangadas de aquellos lagos, los mosquitos
proliferan por miles de millones formando auténticas nubes
que, en la caída de la tarde, y los amaneceres, ocultaban el sol y
hacían la vida imposible a cualquier hombre o bestia que se aproximara.
Gacel había visto a camellos enloquecer de dolor cuando
los mosquitos se les metían a puñados en los ojos, y la boca, para
salir corriendo desbocados, tirar al suelo su carga o sus jinetes, y
perderse de vista para no regresar nunca.
El borde de las sebhkas había que afrontarlo, por tanto, a pleno
día, cuando el sol estaba alto y abrasaba las alas de los mosquitos
que osaban alzar el vuelo, y que permanecían por ello ocultos
durante las horas de más calor, como si no existiesen, como si no
constituyesen el mayor castigo que Alá podía enviar sobre los ya
mil veces castigados habitantes del desierto., Gacel no conocía personalmente
aquel lago salado, pero había oído hablar de él a
muchos viajeros, y no se diferenciaba gran cosa, salvo quizás en su
tamaño, de tantos otros que había encontrado en su vida.
Muchísimos años atrás, cuando el Sáhara era un gran mar y éste
se retiró, el agua quedó atrapada en multitud de hoyas semejantes,
en las que más tarde se desecó muy lentamente, amontonando en
el fondo una capa de sal que, en su centro, alcanzaba a menudo
varios metros de espesor. No era raro que, a veces, corrientes subterráneas
de aguas salitrosas los alimentaran también cuando llovía,
y de ese modo, cerca de las orillas se formaba una zona de arena
húmeda y salobre, pastosa, que el sol quemaba hasta convertir en
una costra endurecida, como una corteza de pan recién sacado del
horno. Esa costra presentaba el peligro de resquebrajarse en cualquier
momento lanzando al viajero a una pasta que recordaba a la
mantequilla semiderretida que se lo tragaba en pocos minutos, más
peligrosa aún que el traidor fesh-fesh, el suelo arenoso, sin apoyo, en
que de improviso hombre y camello desaparecían como si nunca
hubieran existido.
Gacel temía al fesh-fesh, imprevisible, que no avisaba jamás de su
presencia, pero al menos le agradecía la rapidez con que acababa con
su víctima, mientras que la arena movediza del borde de los lagos
salados se entretenía con su presa como con una mosca atrapada en
la miel, hundiéndola centímetro a centímetro, sin posibilidad alguna
de escapar, en la más larga agonía que cupiera imaginarse.
Por todo ello avanzaba ahora muy despacio hacia el Norte, buscando
rodear aquella blanca extensión que parecía no tener límites,
consciente de que era otra de las barreras que la Naturaleza interponía
entre él y sus perseguidores. La salina se tragaría cualquier
vehículo que pretendiera adentrarse en ella.
***
—Mubarrak ha muerto. Ese hijo de puta lo pinchó con su espada.
Almarik asegura que fue un duelo limpio, y que los Sal no están
dispuestos a iniciar una guerra de tribus por su causa. Para ellos el
problema está zanjado.
—Por desgracia, nosotros no podemos hacer lo mismo. Manteneos
con los ojos abiertos hasta nueva orden.
—Entendido, sargento. Corto y cierro.
Malik se volvió al negro.
—Necesito hablar con el puesto de Tidikén. Que se ponga el
teniente Razmán. Avísame cuando lo tengas.
Se alejó a pasear a solas en la noche, contemplando las estrellas
y la luna que extraía reflejos dorados de las altas dunas que se alzaban
a sus espaldas. Comprendió que, pese a la innegable dureza de
los días que le esperaban, se sentía feliz de encontrarse allí, al borde
del erg, comprometido en la difícil aventura de dar caza a un hombre
que, sin duda, conocía el desierto mucho mejor de lo que él
pudiera conocerlo nunca, y jugaría como una liebre jugaría con un
camello que quisiera atraparla. Pero, de una forma u otra, era eso:
una caza, y eso le hacía sentirse de nuevo en marcha, de nuevo activo,
de nuevo joven tal vez, como en los tiempos en que acechaba
oficiales franceses en las esquinas de la Casba para hundirles un
cuchillo en las tripas y perderse luego entre las sombras de las mil
callejuelas. O cuando arrojaba una bomba al interior de un café del
barrio europeo el día que se lanzaron al fin a la lucha abierta, convencidos
de que la libertad estaba cerca.
Era una hermosa vida aquélla, excitante y plena, tan distinta de
la monotonía del cuartel que llegó con la independencia, y tan distinta
del horror del destierro en Adoras, y su inútil y eterna lucha
contra la invasión de las arenas.
“Quiero atrapar a ese sucio targuí —se dijo—. Y atraparlo vivo,
para quitarle el velo, verle la cara, y que él vea a su vez la mía, y
comprenda que no va a ser el primero que se ría de mí”.
Había pasado toda una larga noche despierto en su camastro,
soñando con la idea de acompañarle a la “Tierra Vacía” en busca
de “La Gran Caravana”, imaginando las aventuras que correrían
juntos, y cuánto sería capaz de enseñarle un hombre como aquél,
que había sido capaz de ir y volver allá, no una, sino dos veces.
Durante toda una larga noche, aquel targuí se había convertido en
su amigo, le había devuelto la esperanza en un posible futuro, y de
pronto, en sólo unas horas, ese mismo targuí había roto sus sueños
por dos veces, negándose a que le acompañara y degollando al capitán
cuando ya había logrado convencerle.
No. No había nacido aún el “Hijo del Viento” que pudiera
hacerle eso y seguir vivo. No había nacido.
—¡Sargento! El teniente al aparato.
Corrió hacia allá.
—¿Teniente Razmán?
—Sí, sargento. ¿Atraparon al targuí?
—Todavía no, mi teniente. Pero tengo la impresión de que está
atravesando el gran erg del sur de Tidikem... Si manda a sus hombres,
podría cortarle el paso antes de que se adentre en las montañas
de Sidi-elMadia...
Se hizo un silencio. Por último, la voz del teniente llegó dubitativa.
—Pero eso está casi a doscientos kilómetros de aquí, sargento...
—Lo sé —admitió—. Pero si se mete en Sidi-el-Madia, ni todos
los ejércitos del mundo podrían encontrarle. Aquello es un laberinto.
El teniente Razmán meditó su respuesta. Despreciaba al sargento
Malik, al igual que despreciaba al capitán Kaleb-el-Fasi, cuya
muerte había celebrado, y al igual que despreciaba a todos cuantos
terminaban en Adoras, la escoria de un ejército que hubiera deseado
limpio y recto, y en el que canallas de su clase no debían tener
cabida ni aun para mantener abierto aquel puesto maldito.
Si un targuí había tenido el valor de meterse en aquel infierno,
matar al capitán y largarse con viento fresco, en su fuero interno
estaba de su parte, cualquiera que fuera la razón por la que lo
hubiera hecho. Pero comprendía también que era el prestigio de ese
mismo ejército el que estaba en juego y, que si se negaba a la petición
de ayuda y el targuí escapaba, el sargento aprovecharía para
cargarle con la responsabilidad ante sus superiores.
Dentro de dos años ascendería a capitán y se convertiría en la
máxima autoridad de la región. Si además cazaba al asesino de un
oficial —por puerco que este oficial hubiera sido en vida—, esos
dos años podían acortarse. Lanzó un suspiro y asintió con la cabeza
como si el otro pudiera verle.
—Está bien, sargento —replicó al fin—. Saldremos al amanecer.
Corto y fuera.
Dejó el micrófono sobre la mesa, cerró el interruptor y permaneció
muy quieto contemplando el emisor, como si esperase encontrar
en él una respuesta.
La voz de Souad le sacó de su abstracción devolviéndole a la
realidad.
—No te agrada esa misión, ¿verdad? —inquirió desde la cocina,
asomando apenas la cabeza.
—No, desde luego —admitió—. No he nacido para policía, ni
para perseguir a un hombre por el desierto simplemente porque
hizo lo que consideraba justo según su ley.
—Esa ya no es la ley y tú lo sabes —le hizo notar ella viniendo
a sentarse al otro extremo de la larga mesa—. Somos un país
moderno e independiente en el que todos debemos ser igual porque
si cada uno se rigiera por sus propias costumbres resultaríamos
ingobernables. ¿Cómo compaginar los hábitos de los hom
bres de la costa, con los de los montañeses, o los beduinos y tuareg
del desierto? Hay que cortar y empezar de nuevo imponiendo
una legislación común o nos precipitaremos al abismo. ¿Es que
no lo comprendes?
—Sí. Se puede comprender cuando se ha estudiado en una academia
militar, como yo, o en una universidad francesa, como tú.
—Hizo una pausa, buscó una curva cachimba de la media docena
que colgaban de un soporte de madera, en la pared, y comenzó a
cargarla con parsimonia—. Pero dudo que pueda comprenderlo
quien ha pasado toda su vida en el confín del desierto sin que nos
hayamos preocupado de notificarle que la situación ha variado.
¿Tenemos derecho a obligarle a aceptar de la noche a la mañana,
que su vida, la de sus padres y la de sus antepasados de hace dos
mil años, ya no tiene validez? ¿Por qué? ¿Qué les hemos dado a
cambio?
—Libertad.
—¿Es libertad entrar en su casa, matar a un huésped y llevarse
a otro? —Se asombró—. Estás hablando de una libertad política,
tal como la ve una estudiante en los “campus” y los bares, pero no
como puede verla un hombre que se ha considerado siempre
auténticamente libre, gobiernen los franceses, los fascistas o los
comunistas... El coronel Duperey, con todo y ser un “colonialista”,
hubiera sabido respetar mejor las tradiciones de ese targuí, que el
cerdo del capitán Kaleb, con todo lo que luchó a favor de la independencia...
—No puedes poner a Kaleb como un ejemplo. Era una carroña.
—Pero es ese tipo de carroña la que envían a tratar con nuestra
gente más pura, que deberíamos cuidar porque es la parte viva de lo
mejor de nuestra historia y nuestro pueblo. Son los Kalek, los Malik
y el gobernador Ben-Koufra, los que destinen a este desierto, al que
los franceses dedicaban, sin embargo, lo más selecto de sus oficiales.
—No todos eran el coronel Duperey, y lo sabes. ¿O te has olvidado
de la Legión Extranjera y sus asesinos? También ellos causaron
estragos entre nuestras tribus, las diezmaron, les quitaron sus
pozos, y sus pastos, y las empujaron a los pedregales.
El teniente Razmán encendió su pipa, echó una ojeada a la cocina
y señaló:
—Se te quema la carne. No... —añadió luego—. No me he olvidado
de la Legión y su brutalidad. Pero me consta que actuaban así
porque estaban en permanente guerra con las tribus rebeldes, y no
pararon hasta dominarlas. Era su misión, y la cumplieron, de la
misma forma que yo mañana voy a cumplir la misión de atrapar a
ese targuí porque se ha rebelado contra la autoridad establecida,
cualquiera que ésta sea. —Hizo una pausa y observó cómo ella
sacaba la carne del fuego y servía los platos que llevó luego a la
mesa—. ¿Cuál es entonces la diferencia? En guerra nos comportamos
igual que los colonialistas, pero en la paz, no somos capaces
de imitarles.
—Tú les imitas —señaló Souad suavemente y con indudable
amor en el tono de su voz—. Te esfuerzas por ayudar y comprender
a los beduinos, te preocupas por sus problemas, e incluso
pones en ello tu propio dinero...
—Agitó la cabeza con incredulidad—. ¿Cuánto te deben, y
cuándo te lo pagarán? Hace meses que no veo un céntimo de tu
paga, pese a que se suponía que aquí íbamos a ahorrar. —Le interrumpió
con un gesto—. No. No me quejo. Me basta con lo quetenemos. Únicamente quiero hacerte comprender que no está en
tus manos solucionar todos los problemas. No eres más que el
teniente de un destacamento que ni siquiera figura en los mapas.
Tómalo con calma... Cuando seas, como Duperey, coronel gobernador
del Territorio y amigo íntimo del Presidente de la
República, tal vez puedas hacer algo.
—No creo que para entonces quede nada que proteger —replicó
mientras comenzaba a masticar lentamente la carne, dura y
correosa de un viejo camello al que había mandado sacrificar antes
de que muriera sin necesidad de ayuda—. Y habremos aniquilado,
en el transcurso de una sola generación de nación independiente,
todo cuanto logró sobrevivir durante siglos. ¿Qué dirá de nosotros
la Historia? ¿Qué dirán nuestros nietos cuando vean el uso que hicimos
de nuestra libertad? —Fue a añadir algo, pero le interrumpió
un discreto golpear en la puerta, y volvió el rostro hacia allí—.
¡Adelante! —pidió.
En el umbral se recortó la altísima figura del sargento Ajamuk,
que se cuadró llevándose la mano al turbante.
—¡A sus órdenes, mi teniente! —saludó—. ¡Buenas noches!
—añadió respetuoso—. Sin novedad en el puesto. ¿Manda usted
algo?
—Sí. Pase, por favor —indicó—. Al amanecer saldremos hacia
el Sur.
Nueve hombres en tres vehículos. Yo iré al frente y usted se
quedará al mando aquí. Prepárelo todo, por favor.
—¿Cuántos días?
—Cinco... Una semana como máximo.
El sargento Malik sospecha que ese targuí puede estar cruzando
el erg en dirección a Sidi-el-Madia. —Advirtió la expresión del
otro que había torcido el gesto—. A mí tampoco me agrada, pero
se supone que es nuestro deber.
El sargento Ajamuk conocía perfectamente sus limitaciones,
pero conocía también al teniente Razmán y sabía que podía permitirse
el comentario:
—Con todo respeto, señor —dijo—. No debería permitir que
esa gentuza de Adoras le mezclase en sus problemas...
—Son parte del Ejército, Ajamuk —le hizo notar—, Lo queramos
o no... ¡Siéntese, por favor! ¿Un dulce?
—Gracias, pero no quisiera molestar.
Souad ya se había encaminado a la cocina con los platos casi sin
terminar —la carne resultaba prácticamente incomestible y regresaba
con una bandeja de dulces caseros que hicieron refulgir los
ojos del recién llegado.
—¡Vamos, sargento! —rió ella—. Que le conocemos. Los saqué
del horno hace dos horas.
Una mano fue hacia ellos como si estuviera dotada de vida propia,
independiente de la voluntad de su dueño.
—Usted me pierde, señora —admitió Ajamuk—. A mi esposa,
por más que lo intenta, no le salen igual... —Clavó sus enormes y
blanquísimos dientes en la crujiente pasta de almendras, y la paladeó
recreándose en ella. Aún con la boca llena, añadió—: Con su
permiso, teniente, creo que debería permitirme ir con usted. Nadie
conoce como yo esa región.
—Alguien tiene que quedarse al frente de esto.
—Puede confiar en el cabo Mohamed. Y su esposa sabe manejar
la radio. —Hizo una pausa mientras tragaba—. Aquí nunca ocurre
nada.
El teniente meditó mientras Souad servía el té, hirviente y dulzón,
aromático y apetitoso. Le agradaba el sargento, disfrutaba de su
compañía y era el único, de entre sus hombres, que podía atrapar al
fugitivo. Quizá por eso, casi inconscientemente, trataba de dejarlo al
margen, ya que, en el fondo de su corazón, seguía estando de parte
del targuí. Se miraron por encima de los vasos de té, y se diría que
cada uno adivinaba lo que el otro estaba pensando.
—Si alguien tiene que atraparlo —insistió el sargento—, más
vale que seamos nosotros que Malik. En cuanto le eche la vista
encima le pegará un tiro para zanjar el asunto y que no intervenga
nadie.
—¿También usted lo cree?
—Estoy seguro.
—¿Y cree que le aguarda mucho mejor destino si se lo entregamos
al gobernador? —No obtuvo respuesta, y añadió seguro de lo
que decía—: El capitán Kaleb no se hubiera atrevido a matar a
aquel hombre sin el respaldo de Ben-Koufra. Y lo que me extraña
es que no mandara asesinar también a Abdul-el-Kebir. —Reparó
en la severa y preocupada mirada que su esposa le dirigía desde la
puerta de la cocina y suspiró con aire de fatiga—. ¡Bien...! —masculló.
No es asunto nuestro. De acuerdo... —admitió por último—.
Vendrá conmigo. ¡Despiérteme a las cuatro!
El sargento Ajamuk se puso en pie como impulsado por un
resorte, se cuadró sin poder disimular su satisfacción y se encaminó
a la puerta.
—¡Gracias, teniente! Buenas noches, señora... Y gracias por los
dulces.
Salió cerrando tras sí, pero el teniente Razmán le siguió a los
pocos instantes y fue a sentarse al porche, a contemplar la noche y
el desierto que se extendía ante él hasta perderse de vista en las
sombras.
Souad se reunió con él y permanecieron así, en silencio largo
rato, disfrutando del aire limpio y fresco después de todo un día de
calor agobiante.
Al fin ella señaló:
—No creo que debas preocuparte. El desierto es muy grande.
Lo más probable es que nunca lo encuentres.
—Si lo encuentro, tal vez me asciendan —replicó Razmán sin
mirarla—. ¿Lo has pensado?
—Sí —admitió ella con naturalidad—. Lo he pensado.
—¿Y...?
—Pronto o tarde ascenderás, y más vale que sea por algo de lo
que te sientas orgulloso, que por hacer de perro policía. Yo no
tengo prisa... ¿La tienes tú?
—Quisiera darte una vida mejor.
—¿Qué importa una estrella más y un aumento de sueldo, si
nunca usas uniforme y el sueldo continuarás prestándolo? Te deberán
más dinero, eso es todo.
—Quizá me destinarán fuera de aquí. Podríamos regresar a la
ciudad. A nuestro mundo...
Ella rió divertida:
—¡Oh, vamos, Razmán! —exclamó—. ¿A quién tratas de engañar?
Este es tu mundo, y lo sabes. Te quedarás aquí por mucho
que te asciendan. Y yo me quedaré contigo.
Él se volvió a mirarla y sonrió:
—¿Sabes...? —dijo—. Me gustaría que hiciéramos el amor
como la otra noche... Entre las dunas.
Ella se puso en pie, desapareció en la casa, y regresó con una
manta bajo el brazo.
Fín del fragmento de hoy, puedes volver al blog si lo deseas:
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