Capítulo VII
VII
El puesto militar de Adoras ocupaba un oasis en forma de triángulo
—poco más de un centenar de palmeras y cuatro pozos—, en
el corazón mismo de un extensísimo río de dunas, por lo que podía
considerarse un auténtico milagro de supervivencia amenazado
constantemente por la arena que lo cercaba protegiéndolo del viento,
pero convirtiéndolo, por ello mismo, en una especie de horno
que en los mediodías alcanzaba a menudo los sesenta grados centígrados.
Las tres docenas de soldados que componían la guarnición,
pasaban la mitad de su vida maldiciendo su suerte a la sombra de
las palmeras, y la otra mitad paleando arena en un desesperado
esfuerzo por hacerla retroceder y mantener libre la estrecha pista de
tierra que les permitía comunicarse con el mundo exterior, recibiendo
provisiones y correspondencia una vez cada dos meses.
Desde que treinta años atrás, a un coronel enloquecido se le
ocurrió la absurda idea de que el Ejército debía controlar aquellos
cuatro pozos, que eran, por otra parte, los únicos existentes en casi
cien kilómetros a la redonda, Adoras se había convertido en el
“destino maldito”, tanto para las tropas coloniales primero, como
para las nativas en la actualidad, y de las tumbas que se alzaban al
extremo del palmeral, nueve se debían “a muerte natural” y seis al
suicidio de quienes no habían soportado la idea de sobrevivir en
semejante infierno.
Cuando un Tribunal dudaba entre enviar a un reo al paredón,
condenarlo a prisión perpetua, o conmutarle la pena por quince
años de servicio obligatorio en Adoras, tenía plena conciencia de lo
que hacía, por más que dicho reo considerase en un principio que
con la conmutación habían querido favorecerle.
Para el capitán Kaleb-el-Fasi, comandante en jefe de la Guarnición
y autoridad suprema en una región tan extensa como media
Italia, pero en la que no vivían más allá de ochocientas personas, los
siete años que llevaba en Adoras constituían el castigo por haber
asesinado a un joven teniente que amenazó con descubrir las irregularidades
de las cuentas del Regimiento en su destino anterior.
Condenado a muerte, su tío, el famoso general Obeid-el-Fasi, héroe
de la Independencia, había conseguido, gracias a que había sido
uno de sus ayudantes y hombre de confianza durante la guerra de
Liberación, que se le permitiera rehabilitarse al frente de un destacamento
al que no se podía enviar a ningún otro militar de carrera
que no se encontrase en parecidas circunstancias.
Tres años antes, y basándose únicamente en los expedientes que
obraban en su poder, el capitán Kaleb había llegado a la conclusión
de que los componentes de su Regimiento sumaban más de una
veintena de muertes, quince violaciones, sesenta atracos a mano
armada, y un incontable número de robos, estafas, deserciones y
delitos de menor cuantía, por lo que, para dominar a semejante
“tropa” había tenido que echar mano a toda su experiencia, astucia
y violencia. El respeto que infundía, tan sólo era superado por el
que imponía su hombre de confianza: el sargento mayor, Malik-el-
Haideri, un hombre delgado, diminuto y aparentemente endeble y
enfermizo, pero tan cruel, astuto y valiente, que había logrado controlar
a semejante pandilla de bestias, sobreviviendo a cinco intentos
de asesinato y dos duelos a cuchillo.
Malik era la “muerte natural” más normal en Adoras, y dos de
los suicidados se volaron los sesos por no seguir sufriéndolo.
Ahora, sentado en la cumbre de la más alta duna que dominaba
el oasis por el Este, una vieja ghourds de más de cien metros de altura,
dorada por el tiempo y endurecida en su corazón, hasta convertir
la arena casi en piedra, el sargento Malik observaba sin interés
cómo sus hombres paleaban arena de las jóvenes dunas que amenazaban
con anegar el más apartado de los pozos, hasta que enfocó
los prismáticos hacia el solitario jinete, que había hecho su aparición
montando un blanco mehari, y que avanzaba sin prisas abriéndose
camino en dirección al puesto. Se preguntó qué buscaría un targuí
por aquellos andurriales, cuando hacía seis años que habían dejado
de frecuentar los pozos de Adoras, evitando todo contacto con sus
ocupantes. Las caravanas beduinas llegaban cada vez más espaciada-
mente, hacían aguada, descansaban un par de días en el extremo
más apartado del oasis procurando ocultar a sus mujeres y no rozarse
en absoluto con los soldados, y reemprendían la marcha suspirando
aliviados si no habían surgido incidentes. Pero los tuareg no. Los
tuareg, cuando frecuentaban los pozos, plantaban cara, altivos y desafiantes,
y permitían que sus mujeres anduvieran de un lado a otro
con el rostro descubierto y los brazos y las piernas al aire, indiferentes
al hecho de que aquellos hombres no hubieran disfrutado de una
mujer en años, y echando mano de sus fusiles y sus afiladas gumías
cuando alguno trataba de sobrepasarse.
Por eso, cuando dos guerreros y tres soldados murieron en una
riña, los “Hijos del Viento” prefirieron apartar el puesto militar de
su camino, pero ahora aquel jinete solitario avanzaba decidido,
abordaba la última cresta, se recortaba contra el cielo del atardecer
con su ropaje al viento, y se adentraba al fin entre las palmeras,
deteniéndose junto al pozo norte, a un centenar de metros de los
primeros barracones.
Se dejó deslizar sin prisas por la duna, atravesó el campamento
y llegó junto al targuí, que abrevaba su camello, capaz de beber cien
litros de agua de una sola sentada.
—¡Aselam, aleikum!
—Metulem, metulem —replicó Gacel.
—Buena bestia traes. Y muy sedienta.
—Venimos de lejos.
—¿De dónde?
—Del Norte.
El sargento Malik-el-Haideri odiaba el velo targuí porque se
preciaba de conocer a los hombres y saber, por la expresión de sus
rostros, cuándo decían la verdad y cuándo mentían. Pero con los
tuareg esa posibilidad nunca existía, pues apenas dejaban a la vista
una rendija para los ojos, que entrecerraban y empequeñecían a
propósito al hablar. La voz sonaba también distorsionada, y por lo
tanto se vio en la obligación de aceptar por buena la respuesta, ya
que, en efecto, le había visto llegar del Norte, y no tenía razón para
sospechar que Gacel se hubiera preocupado por dar una gran vuelta
y permitir que le viera avanzar desde aquella dirección, la opuesta
a la que en realidad traía.
—¿Hacia dónde te diriges?
—Al Sur.
Había dejado ya que su montura quedara espatarrada, con la
tripa rebosante de agua, satisfecha y abotagada, y se dedicaba a la
tarea de reunir ramas y preparar una pequeña hoguera.
—Puedes comer con los soldados —le hizo notar.
Gacel destapó un pedazo de manta y dejó al descubierto medio
antílope aún jugoso y cubierto de sangre seca.
—Tú puedes comer conmigo si lo deseas. A cambio de tu agua.
El sargento mayor Malik advirtió que su estómago daba un
salto. Hacía más de quince días que los cazadores no conseguían
una pieza, pues con los años las habían ido alejando de los alrededores,
y no había entre sus soldados ningún beduino auténtico
conocedor del desierto y sus habitantes.
—El agua es de todos —replicó—. Pero acepto con gusto tu
invitación. ¿Dónde lo cazaste?
Gacel sonrió para sus adentros a lo burdo de la trampa.
—Al Norte —replicó.
Había reunido ya la leña que necesitaba, y tomando asiento
sobre la manta de su montura, extrajo pedernal y mecha, pero
Malik le ofreció su caja de cerillas:
—Usa esto —pidió—. Es más cómodo. —Luego rechazó con
un gesto—. Quédatela. Tenemos muchas en el economato.
Había tomado asiento frente a él, y le observaba mientras clavaba
las patas del antílope en la baqueta de su viejo fusil disponiéndose
a asarlas lentamente a fuego bajo.
—¿Buscas trabajo en el Sur?
—Busco una caravana.
—No es época de caravanas. Las últimas pasaron hace un mes.
—La mía me aguarda —fue la enigmática respuesta, y como
advirtió que el sargento le miraba fijamente, sin comprender, añadió
en el mismo tono—: Hace más de cincuenta años que me
aguarda.
El otro pareció caer en la cuenta y le observó con mayor detenimiento:
—“¡La Gran Caravana!” —exclamó al fin—. ¿Vas en busca de
“La Gran Caravana” de la leyenda? ¡Estás loco!
—No es una leyenda... Mi tío iba en ella... Y no estoy loco. Mi
primo Suleimán, que se pasa el día cargando ladrillos por un jornal
miserable, sí que está loco.
—Ninguno de los que fueron en busca de esa caravana, regresó
con vida.
Gacel señaló con un gesto de la cabeza las tumbas de piedra que
se adivinaban entre las dispersas palmeras, al fondo del oasis.
—No estarán más muertos que ésos... Y si la hubieran encontrado
serían ricos para siempre...
—Pero la “tierra vacía” no perdona: No hay agua, ni vegetación
que sirva de pasto a tu camello, sombra que te cobije, o referencia
alguna que valga para orientarte. ¡Es el infierno!
—Lo sé —admitió el targuí—. Estuve allí dos veces...
—¿Estuviste en las “tierras vacías”? —repitió incrédulo.
—Dos veces.
El sargento Malik no tuvo necesidad de verle el rostro para
comprender que decía la verdad, y un nuevo interés nació en él.
Llevaba suficientes años en el Sáhara como para valorar a un hombre
que había estado en las “tierras vacías” y había vuelto. Podían
contarse con los dedos de una mano desde Marruecos a Egipto, y
ni aun Mubarrak-ben-Sad, guía oficial del puesto, y al que tenía por
uno de los mejores conocedores de las arenas y los pedregales,
admitía haberse atrevido con ella.
—“Pero conozco uno...” —le había confesado una vez en el
transcurso de una larga expedición de descubierta al macizo del
Huaila—. “Conozco a un inmouchar del Kel-Talgimus, que fue y volvió...”
—¿Qué se siente allí dentro?
Gacel le miró largamente y se encogió de hombros:
—Nada. Hay que dejar fuera todo sentimiento. Hay que dejar
fuera hasta las ideas, y vivir como una piedra, atento a no realizar
un solo movimiento que consuma agua. Incluso en la noche debes
moverte tan despacio como un camaleón, y así, si consigues volverte
insensible al calor y la sed, y sobre todo, si consigues vencer el
pánico y conservar la calma, tienes una remota posibilidad de
sobrevivir.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Buscabas “La Gran Caravana”?
—No. Buscaba, en mí, restos de mis antepasados. Ellos vencieron
a las “tierras vacías”.
El otro negó convencido:
—Nadie vence a las “tierras vacías” —replicó seguro de lo que
decía—. La prueba es que todos tus antepasados están muertos y
ellas siguen tan inexplicables como cuando Alá las creó. —Hizo
una pausa, agitó la cabeza e inquirió como preguntándose a símismo—. ¿Por qué lo haría? ¿Por qué Él, capaz de crear cosas portentosas,
creó también este desierto?
La respuesta no resultó presuntuosa, aunque en un principio se
pensara que lo era:
—Para poder crear a los imohag.
Malik sonrió divertido.
—Realmente... —admitió—. Realmente... —Señaló la pierna de
antílope—. No me gusta la carne muy pasada —añadió—. Así está
bien.
Gacel apartó la baqueta, extrajo los dos pedazos de carne, le
ofreció uno y con ayuda de su afiladísima gumía, comenzó a cortar
gruesas tajadas del otro.
—Si alguna vez estás en dificultades —indicó—, no cocines la
carne. Cómela cruda. Come cualquier animal que encuentres y
bébete su sangre. Pero no te muevas. Sobre todo no te muevas
nunca.
—Lo tendré en cuenta —admitió el sargento—. Lo tendré en
cuenta, pero ruego a Alá que jamás me ponga, en semejante trance.
Concluyeron de cenar en silencio, bebieron agua fresca del
pozo, y Malik se puso en pie y se estiró satisfecho.
—Tengo que irme —dijo—. He de dar el parte al capitán y ver
que todo esté en orden. ¿Cuánto tiempo te quedarás?
Gacel se encogió de hombros señalando que no lo sabía.
—Entiendo. Quédate cuanto quieras, pero no te acerques a los
barracones. Los centinelas tienen orden de tirar a matar.
—¿Por qué?
El sargento Malik-el-Haideri sonrió enigmáticamente, y con un
gesto de la cabeza señaló hacia la más apartada de las casetas de
madera.
—El capitán no tiene muchos amigos —puntualizó—. Ni él ni
yo los tenemos, pero yo sé cuidarme por mí mismo.
Se alejó cuando ya las sombras se iban escurriendo por el oasis,
asentándose en los bordes de las palmeras, y las voces resonaban
con mayor nitidez, mientras los soldados regresaban con sus palas
al hombro, cansados y sudorosos, anhelando el rancho y el jergón
que les condujera por unas horas al mundo de los sueños, lejos del
infierno de Adoras.
No hubo apenas crepúsculo, el cielo pasó, casi sin transición, del
rojo al negro, y pronto brillaron luces de carburo en las cabañas.
Únicamente la vivienda del capitán contaba con contraventanas
que impedían ver lo que ocurría en su interior, y antes de que cerrara
por completo la noche acudió un centinela que montó guardia,
rígido y con el arma a punto, a menos de veinte metros de la puerta.
Media hora después, esa puerta se abrió y en ella se recortó una
figura alta y recia. Gacel no tuvo necesidad de distinguir las estre
llas de su uniforme para reconocer al hombre que matara a su huésped.
Lo vio permanecer quieto unos momentos, respirando a pleno
pulmón el aire de la noche, y encender un cigarrillo. La luz de la cerilla
trajo a su memoria cada uno de sus rasgos y el brillo acerado y
despectivo de sus ojos cuando aseguró que él era la ley. Se sintió tentado
de montar su arma y acabar con él de un solo tiro. A tan corta
distancia, claramente recortado contra la luz interior, se sentía capaz
de meterle una bala en la cabeza apagando a la vez el cigarrillo en su
boca, pero no lo hizo. Se limitó a observarle a menos de cien metros
de distancia complaciéndose en imaginar qué pensaría aquel hombre,
de averiguar que el targuí al que había ofendido y despreciado
estaba sentado allí, frente a él, apoyado en una palmera y junto a los
rescoldos de una hoguera, meditando en la conveniencia de matarle
en ese momento o dejarlo para más adelante.
Para todos aquellos hombres de la ciudad transplantados al desierto,
al que nunca aprenderían a amar, y al que en realidad odiaban
anhelando escapar de él a cualquier precio, ellos, los tuareg,no
constituían más que una parte del paisaje, tan incapaces de distinguir
a uno de otro, como incapaces serían de diferenciar dos largas
dunas sifs de cresta de sable aunque estuvieran separadas entre sí
por más de medio día de marcha.
No tenían noción del tiempo, ni del espacio, ni de los olores y
colores del desierto, y del mismo modo, no tenían noción de lo que
separaba a un guerrero del “Pueblo del Velo”, de un imohag del
“Pueblo de la Espada”, a un inmouchar de un siervo, o a una auténtica
mujer targuí, libre y fuerte, de una pobre beduina esclava de un
harén.
Hubiera podido aproximarse a él, hablarle durante media hora de
la noche y las estrellas, de los vientos y las gacelas, y no hubiera reconocido
en “aquel maldito desharrapado maloliente”, al que había tratado
de enfrentársele cinco días antes. Durante años los franceses
habían intentado en vano que los tuareg se descubrieran el rostro.
Al fin, convencidos de que éstos nunca abandonarían el velo,
debieron llegar a la conclusión de que jamás distinguirían por la voz
o los gestos a uno de otro, y abandonaron por completo la esperanza
de diferenciarlos.
Ni Malik, ni el oficial, ni todos aquellos soldados que paleaban
arena eran franceses, pero se les semejaban por su ignorancia y su
desprecio hacia el desierto y sus habitantes.
Cuando el capitán concluyó su cigarrillo, lanzó la colilla a la
arena, saludó con desgana al centinela, y cerró la puerta, de la que
se pudo escuchar el sonoro correr del pesado cerrojo. Las luces se
fueron apagando una tras otra, y el campamento y el oasis quedaron
en silencio; un silencio roto únicamente por el susurro de los
penachos de las palmeras agitadas por la suave brisa, y el lejano
aullido de un chacal hambriento.
Gacel se envolvió en su manta, apoyó la cabeza contra la silla de
montar, lanzó una última ojeada a los barracones y a la fila de vehículos
aparcados bajo un tosco garaje y se quedó dormido.
El amanecer le sorprendió en lo alto de la más cargada de las
palmeras, lanzando al suelo pesados racimos de dátiles maduros.
Llenó un saco con ellos; llenó igualmente de agua sus gerbas, y ensilló
al mehari, que protestó ruidosamente, deseoso de quedarse más
tiempo a la sombra, cerca del pozo.
Los soldados habían comenzado a hacer su aparición orinando
contra las dunas o lavándose la cara en el abrevadero del mayor de
los pozos, y el sargento Malik-el-Haideri abandonó también su alojamiento,
y se aproximó con su paso rápido y seguro.
—¿Te vas? —inquirió, aunque la pregunta resultaba a todas
luces inútil—. Creí que te quedarías a descansar un par de días.
—No estoy cansado.
—Ya lo veo. Y lo siento. Agrada a veces hablar con un extraño;
Esta escoria no piensa más que en robar o en mujeres.
Gacel no respondió, afanado en afianzar los bultos para que los
vaivenes del camello, no los arrojaran al suelo a los quinientos
metros, y Malik le echó una mano desde el otro lado de la bestia, al
tiempo que preguntaba:
—¿Si el capitán me diera permiso, me llevarías contigo a buscar
“La Gran Caravana”?
El targuí negó con un gesto:
—La “tierra vacía” no es lugar para ti. Únicamente los imohag
podemos adentrarnos en ella.
—Yo aportaría tres camellos. Podríamos llevar más agua y provisiones.
En esa caravana hay dinero de sobra para todos. Le daría
una parte al capitán, con otra compraría mi traslado, y aún me quedaría
para pasar el resto de mi vida. ¡Llévame contigo!
—No.
El sargento mayor Malik no insistió, pero recorrió con la vista,
lentamente, las palmeras, los barracones y las dunas de arena que lo
cerraban todo por los cuatro costados, convirtiendo el puesto en
una prisión en la que los barrotes habían sido sustituidos por altas
dunas que amenazaban con enterrarlos de una vez para siempre.
—¡Once años más aquí! —murmuró luego como para sí—. Si
logro sobrevivir, seré un anciano, y me han negado incluso el derecho
al Retiro y la Pensión. ¿Adónde iré? —Se volvió de nuevo al
targuí—. ¿No sería mejor morir dignamente en el desierto, con la
esperanza de que un golpe de suerte pudiera cambiarlo todo?
—Tal vez.
—Es lo que vas a intentar, ¿no es cierto? Prefieres arriesgarte
que malvivir acarreando ladrillos.
—Yo soy targuí. Tú no...
—¡Oh, vete al infierno con tu maldito orgullo de raza! —protestó
malhumorado—. ¿Te crees mejor porque te acostumbraron
desde niño a soportar el calor y la sed? Yo he tenido que soportar
a esos hijos de puta, y te aseguro que no sé qué es peor. ¡Vete!
Cuando quiera buscar “La Gran Caravana” lo haré yo solo. No te
necesito.
Gacel sonrió levemente bajo el velo sin que el otro pudiera
advertirlo, obligó a ponerse en pie a su camello, y se alejó despacio,
conduciéndole del ronzal.
El sargento Malik-el-Haideri le siguió con la vista hasta que desapareció
por entre el dédalo de pasadizos que dejaban entre sí las
dunas, al sur de la pista de los vehículos, y regresó luego, pensativo,
hacia el mayor de los barracones.
Fín del fragmento de hoy, puedes volver al blog si lo deseas:
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