Capítulo I
I
“Alá es Grande. Alabado sea”.
Hace ya muchos años, cuando yo era joven y mis piernas me llevaban
durante largas jornadas sobre la arena y la piedra sin sentir
cansancio, ocurrió que en cierta ocasión me dijeron que había
enfermado mi hermano menor, y aunque tres días de camino separaban
mi jaima de la suya, pudo más el amor que por él sentía, que
la pereza, y emprendí la marcha sin temor, pues como he dicho, era
joven y fuerte y nada espantaba mi ánimo.
Había llegado el anochecer del segundo día cuando encontré un
campo de muy elevadas dunas, a media jornada de marcha de la
tumba del Santón Omar Ibrahím, y subí a una de ellas intentando
avistar un lugar habitado en el que pedir hospitalidad, pero sucedió
que no distinguí ninguno, y decidí por tanto detenerme allí y pasar
la noche guardado del viento.
Muy alta debiera haber estado la luna —si para mi desgracia no
hubiera querido Alá que fuera aquella noche sin ella—, cuando me
despertó un grito tan inhumano que me dejó sin ánimo, e hizo que
me acurrucase presa del pánico.
Así estaba cuando de nuevo llegó el tan espantoso alarido, y a éste
siguieron quejas y lamentaciones en tal número, que pensé que un alma
que sufría en el infierno lograba atravesar la tierra con sus aullidos.
Pero he aquí que de improviso sentí que escarbaban en la arena
y al poco aquel ruido cesó para aparecer más allá, y de esta forma
lo advertí sucesivamente en cinco o seis lugares diversos, mientras
los desgarradores lamentos continuaban, y a mí el miedo me mantenía
encogido y tembloroso.
No acabaron aquí mis tribulaciones porque al instante escuché
una respiración fatigosa, me tiraron puñados de arena a la cara, y
que mis antepasados me perdonen si confieso que experimenté un
miedo tan atroz que di un salto y eché a correr como si el mismísimo
Saitan, el demonio apedreado, me persiguiese. Y fue así que mis
piernas no se detuvieron hasta que el sol me alumbró, y no quedaba
a mis espaldas la menor señal de las grandes dunas.
Llegué, pues, a casa de mi hermano, y quiso Alá que se encontrase
muy mejorado, de tal forma que pudo escuchar la historia de
mi noche de terror, y al contarla al amor de la lumbre, tal como
ahora os la estoy contando, un vecino me dio la explicación a lo que
me había ocurrido, y me contó lo que su padre le había contado:
Y dijo así:
—Alá es grande. Alabado sea.
“Ocurrió, y de esto hace muchos años, que dos poderosas familias,
los Zayed y los Atman, se odiaban de tal modo que la sangre
de unos y de otros había sido vertida en tantas ocasiones que sus
vestiduras e incluso su ganado, podrían haberse teñido de rojo de
por vida. Y sucedió que habiendo sido un joven Atman el último
caído, estaban éstos ansiosos de venganza.
Ocurría también que entre las dunas donde tú dormiste, no lejos
de la tumba del Santón Omar Ibrahím, acampaba una jaima de los
Zayed, pero en ella habían muerto ya todos los hombres y tan sólo
se encontraba habitada por una madre y su hijo, que vivían tranquilos,
ya que incluso para aquellas familias que tanto se odiaban, atacar
a una mujer seguía siendo algo indigno.
Pero ocurrió que una noche aparecieron sus enemigos, y tras
maniatar a la pobre madre que gemía y lloraba, se llevaron al pequeño
con el propósito de enterrarlo vivo en una de las dunas.
Fuertes eran las ligaduras, pero sabido es que nada es más fuerte
que el amor de madre, y la mujer logró romperlas, pero cuando
salió al exterior ya todos se habían ido, y no distinguió más que un
infinito número de altas dunas, por lo que se lanzó de una a otra
escarbando aquí y allá, gimiendo y llamando, sabiendo que su hijo
se asfixiaba por momentos y ella era la única que podía salvarlo. Y
así le sorprendió el alba.
Y así siguió un día, y otro, y otro, porque la Misericordia de Alá
le había concedido el bien de la locura para que de este modo sufriera
menos al no comprender cuánta maldad existe en los hombres.
Y nunca más volvió a saberse de aquella infortunada mujer, y
cuentan que de noche su espíritu vaga por las dunas no lejos de la
tumba del Santón Omar Ibrahím, y aún continúa con su búsqueda
y sus lamentaciones, y cierto debe ser, ya que tú, que allí dormiste
sin saberlo, te encontraste con ella.
Alabado sea Alá, el Misericordioso, que te permitió salir con
bien y continuar tu viaje, y que ahora te reúnas aquí, con nosotros,
al amor del fuego. Alabado sea”.
Al concluir su relato, el anciano suspiró profundamente volviéndose
a los más jóvenes, aquellos que escuchaban por primera
vez la antigua historia dijo:
—Ved cómo el odio y las luchas entre familias a nada conducen
más que al miedo, la locura y la muerte y cierto es que en los
muchos años que combatí junto a los míos contra nuestros eternos
enemigos del Norte, los Ibn-Azíz, jamás vi nada bueno que lo justificase,
porque las rapiñas de unos con las rapiñas de otros se
pagan y los muertos de cada bando no tienen precio, sino que van
arrastrando nuevos muertos, y las jaimas se quedan vacías de brazos
fuertes y los hijos crecen sin la voz del padre.
Durante unos minutos nadie habló pues se hacía necesario
meditar sobre las enseñanzas que contenía la historia que el anciano
Suílem acababa de contar, y no hubiera resultado correcto olvidarlas
al instante pues para eso no valía la pena molestar a un hombre
tan venerable, que perdía horas de sueño y se fatigaba por ellos.
Al fin, Gacel, que había escuchado ya docenas de veces aquel
viejo relato, indicó con un gesto de las manos que era hora de que
todos se retiraran a dormir, y se alejó solo, como cada noche, a
comprobar que el ganado había sido recogido, los esclavos habían
cumplido sus instrucciones, su familia descansaba en paz, y reinaba
el orden en su pequeño imperio constituido por cuatro tiendas
de pelo de camello, media docena de sheribas de cañas entretejidas,
un pozo, nueve palmeras y un puñado de cabras y camellos.
Luego, también como cada noche, ascendió despacio hasta la
alta y dura duna que protegía su campamento de los vientos del
Este, y contempló a la luz de la Luna los restos de ese imperio: una
infinita extensión de desierto, días y días de marcha a través de arenas,
rocas, montañas y pedregales en los que él, Gacel Sayah, reinaba
con dominio absoluto, pues era el único inmouchar allí establecido,
y era, también, dueño del único pozo conocido.
Le gustaba sentarse sobre aquella cima, a dar gracias a Alá por
las mil bendiciones que a menudo arrojaba sobre su cabeza: la hermosa
familia que le había proporcionado, la salud de sus esclavos,
el buen estado de los animales, los frutos de sus palmeras, y el
supremo bien de haberlo hecho nacer noble dentro de los nobles
del poderoso pueblo del Kel-Talgimus, el “Pueblo del Velo”, los
indomables imohag, a los que el resto de los mortales conocían por
el apelativo de tuareg.
Nada había al Sur, al Este, al Norte, o al Oeste: nada que marcase
límite a la influencia de Gacel “el Cazador”, que había ido alejándose
poco a poco de los centros habitados, para establecerse en
el más lejano confín de los desiertos, allí donde podía sentirse por
completo a solas con sus animales salvajes, addax fugitivos que acechaban
durante días en la llanura; muflones de las altas montañas
aisladas entre grandes mares de arena; asnos salvajes, jabalíes, gacelas,
e infinitas bandadas de aves migradoras.
Había huido Gacel del avance de la civilización, de la influencia
de los invasores y del exterminio indiscriminado a las bestias de las
arenas, y sabida era, en toda la extensión del Sáhara, que la hospitalidad
de Gacel Sayah no tenía igual de Tombuctú a las orillas del
Nilo, aunque su furia solía abatirse sobre las caravanas de esclavos y
los “cazadores locos” que osaban adentrarse en su territorio.
—Mi padre me enseñó —decía no matar más que a una gacela
aunque la manada huya y cueste luego tres días alcanzarla—. Yo me
repongo de tres días de marcha, pero nadie devuelve la vida a una
gacela muerta inútilmente.
Gacel fue testigo de cómo los “franceses” extinguieron a los
antílopes del Norte, a los muflones de la mayor parte del Atlas, y a
los hermosos addax de la hamada, al otro lado de la gran sekia que
fuera miles de años atrás río caudaloso, y por ello había elegido
aquel rincón de llanuras pedregosas, arenas infinitas y montañas
hirientes, a catorce días de marcha de El-Akab, porque nadie más
que él ambicionaba la más inhóspita de las tierras del más inhóspito
de los desiertos.
Habían quedado definitivamente atrás los tiempos gloriosos en los
que los tuareg asaltaban caravanas o atacaban aullando a los militares
franceses, y habían pasado igualmente los días de rapiña, lucha y
muerte corriendo como el viento por la llanura, orgullosos de su
sobrenombre de “bandoleros del desierto” y “amos” de las arenas del
Sáhara desde el sur del Atlas a las orillas del Chad. Se olvidaron también
las guerras fratricidas y las algaradas de las que los ancianos guardaban
tan grata y lejana memoria, y aquellos eran los años del ocaso
de la raza imohag porque algunos de sus más valientes guerreros conducían
camiones para un patrón “francés”, servían en el Ejército
regular, o vendían telas y sandalias a turistas de chillonas camisas.
El día que su primo Suleimán abandonó el desierto para vivir en
la ciudad, decidido a transportar ladrillos hora tras hora, sucio de
cemento y cal a cambio de dinero, Gacel comprendió que tenía que
huir y convertirse en el último de los tuareg solitarios.
Y allí estaba, y con él su familia, y gracias daba a Alá mil y una
veces, pues en todos aquellos años —tantos que ya había incluso
perdido la cuenta— ni una sola noche, allá, a solas en lo alto de su
duna se arrepintió de la decisión tomada.
El mundo había vivido en este tiempo extraños acontecimientos
de los que le llegaban muy confusos rumores a través de esporádicos
viajeros, y se alegró de no haberlos visto de cerca, pues las
viejas noticias hablaban de muerte y guerra; de odio y hambre de
grandes cambios cada vez más acelerados; cambios de los que
nadie parecía sentirse satisfecho y que no auguraban nada bueno
tampoco para nadie.
Una noche, sentado allí mismo, contemplando las estrellas que
tantas veces les guiaron por los caminos del desierto, descubrió de
pronto una nueva, fulgurante y veloz, que surcaba el cielo, decidida y
constante, sin el vuelo alocado y fugaz de las estrellas errantes que
caían de pronto a la nada. Se le heló por primera vez de terror la sangre,
pues nada existía en su memoria ni en la memoria de sus antepasados,
la tradición, o las leyendas, que hablara de una estrella así,
que regresaba siguiendo idéntica ruta noche tras noche, y a la que se
unieron en años sucesivos otras muchas hasta constituir una auténtica
jauría corredora que venía a turbar la antigua paz de los cielos.
Qué significado tenían, jamás pudo saberlo. Ni él, ni el anciano
Suílem, padre de casi todos sus esclavos, tan viejo, que su abuelo lo
había comprado, ya hombre, en Senegal:
—Nunca corrieron las estrellas como locas por los cielos, amo
—dijo—. Nunca, y eso puede significar que el fin de los siglos se
aproxima.
Preguntó a un viajero que no supo darle respuesta. Preguntó a
un segundo, que aventuró dudoso:
—Creo que es cosa de los “franceses”—. Pero no quiso admitirlo,
porque aunque mucho oyera hablar de los adelantos de los
franceses, no los creía tan locos como para perder su tiempo en llenar
aún más de estrellas el cielo.
“Debe tratarse de una señal divina —se dijo—. La forma con
que Alá quiere indicarnos algo, pero... ¿qué?”
Trató de buscar una respuesta en el Corán pero el Corán no
hacía mención a estrellas fugaces de matemática precisión, y con el
tiempo se habituó a ellas y a su paso, lo cual no quería decir que las
olvidase.
En el límpido aire del desierto, en la oscuridad de una tierra sin
una sola luz en cientos de kilómetros a la redonda, se tenía la
impresión de que las estrellas descendían hasta casi rozar la arena,
y Gacel extendía a menudo la mano como si realmente pudiera
tocar con las puntas de sus dedos las parpadeantes luces.
Dejaba pasar así un largo rato, a solas con sus pensamientos, y
descendía luego sin prisas para echar una última ojeada al ganado y
al campamento y retirarse a descansar al comprobar que, ni hienas
hambrientas, ni astutos chacales amenazaban su pequeño mundo.
A la puerta de su tienda, la mayor y más confortable del campamento,
se detenía unos instantes a escuchar. Si el viento no había
comenzado aún a llorar, el silencio llegaba a ser tan denso, que
incluso hacía daño en los oídos.
Gacel amaba ese silencio.
Capítulo II
II
Cada amanecer el anciano Suílem o uno de sus nietos ensillaba
el dromedario predilecto de su amo, el inmouchar Gacel, y lo dejaba
esperando a la puerta de su tienda.
Cada amanecer, el targuí tomaba su rifle, subía a lomos de su
blanco mehari de largas patas y se alejaba hacia cualquiera de los
cuatro puntos cardinales en busca de la caza.
Gacel amaba a su dromedario todo cuanto un hombre del desierto
es capaz de amar a un animal del que tan a menudo depende su
vida, y secretamente, cuando nadie podía oírle, le hablaba en voz alta
como si entendiera, llamándole “R.Orab, el Cuervo”, burlándose de
su blanquísimo pelo que se confundía a menudo con la arena convirtiéndole
en invisible cuando tenía una alta duna a sus espaldas.
No existía mehari más veloz ni resistente a este lado de Tamanrasset,
y un rico comerciante, dueño de una caravana de más de
trescientos animales, ofreció cambiárselo por cinco de los que él
quisiera elegir, pero no aceptó. Gacel sabía que si algún día, por
cualquier razón, algo le ocurría en una de sus solitarias andanzas,
“R.Orab” sería el único camello de este mundo capaz de llevarle de
regreso al campamento en la más oscura noche.
Con frecuencia solía dormirse, mecido por su balanceo y vencido
por el cansancio, y más de una vez su familia lo recogió a la
entrada de su jaima metiéndole en la cama.
Los “franceses” aseguraban que los camellos eran animales
estúpidos, crueles y vengativos que tan sólo obedecían a gritos y
golpes, pero un auténtico imohag sabía que un buen dromedario del
desierto, en especial un mehari pura sangre, cuidado y enseñado,
podía llegar a ser tan inteligente y fiel como un perro y, desde luego,
mil veces más útil en la tierra de la arena y el viento.
Los franceses trataban a todos los dromedarios por igual en
todas las épocas del año, sin comprender que en sus meses de celo
las bestias se volvían irritables y peligrosas, en especial si el calor
aumentaba con los vientos del Este, y por eso los franceses nunca
fueron buenos jinetes del desierto, y jamás pudieron dominar a los
tuareg, que en los tiempos de luchas y algaradas, les derrotaron
siempre, pese a su mayor número y su mejor armamento.
Luego, los franceses dominaron los oasis y los pozos, fortificaron
con sus cañones y sus ametralladoras los escasos puntos de
agua de la llanura, y los jinetes libres e indomables, los “Hijos del
Viento”, tuvieron que rendirse a lo que, desde el comienzo de los
siglos, había sido su enemigo: la sed.
Pero los franceses no se sentían orgullosos por haber vencido al
“Pueblo del Velo”, porque, en realidad, no llegaron a derrotarlo en
guerra abierta, y ni sus negros senegaleses, ni sus camiones, ni aun
sus tanques, fueron de utilidad en un desierto que los tuareg y sus
meharis dominaban, de punta a punta.
Los tuareg eran pocos y dispersos, mientras los soldados llegaban
de la metrópoli o las colonias como nubes de langosta, hasta
que amaneció un día en que ni un camello ni un hombre, ni una
mujer, ni un niño pudo beber en el Sáhara, sin permiso de Francia.
Ese día, los imohag, cansados de ver morir a sus familias, depusieron
las armas.
Desde ese momento fueron un pueblo condenado al olvido; una
“nación” que no tenía razón alguna de existir puesto que las razones
de esa existencia: la guerra y la libertad, habían desaparecido.
Aún quedaban familias dispersas, como la de Gacel, perdidas en
confines del desierto, pero ya no estaban compuestas por grupos
de guerreros orgullosos y altivos, sino por hombres que continuaban
rebelándose interiormente, sabiendo a ciencia cierta que jamás
volverían a ser el temido “Pueblo del Velo”, “de la Espada” o “de
la Lanza”.
Sin embargo, los imohag continuaban siendo dueños del desierto,
desde la hamada al erg o a las altas montañas batidas por el viento,
pues el verdadero desierto no eran los pozos en él desperdigados,
sino los miles de kilómetros cuadrados que los circundaban, y lejos
del agua no existían franceses, áscaris senegaleses, ni aun beduinos,
pues estos últimos, conocedores también de las arenas y los pedregales,
transitaban tan sólo por las pistas, de pozo a pozo, de pueblo
a pueblo, temerosos de las grandes extensiones desconocidas.
Únicamente los tuareg, y en especial los tuareg solitarios, afrontaban
sin miedo a la “tierra vacía”, aquella que no era más que una
mancha blanca en los mapas, donde la temperatura hacía hervir la
sangre en los mediodías calurosos, no crecía ni el más leñoso de los
arbustos, e incluso las aves migradoras las esquivaban en sus vuelos
a cientos de metros de altura.
Gacel había atravesado dos veces en su vida una de esas manchas
de “tierra vacía”. La primera fue un reto cuando quiso demostrar
que era un digno descendiente del legendario Turki, y la segunda,
ya hombre, cuando quiso demostrarse a sí mismo que seguía
siendo digno de aquel Gacel capaz de arriesgar la vida en sus años
mozos.
El infierno de sol y calor; el horno desolado y enloquecedor,
ejercían una extraña fascinación sobre Gacel; fascinación que nació
una noche, muchos años atrás, cuando al amor de la lumbre oyó
hablar por primera vez de “la gran caravana” y sus setecientos
hombres y dos mil camellos tragados por una “mancha blanca” sin
que ni uno solo de esos hombres o bestias regresara jamás.
Se dirigía de Gao a Trípoli y estaba considerada como la mayor
caravana que los ricos mercaderes haussas organizaron nunca, guiada
por los más expertos conocedores del desierto, transportando a
lomos de elegidos meharis una auténtica fortuna en marfil, ébano,
oro y piedras preciosas.
Un lejano tío de Gacel, del que él llevaba el nombre, la custodiaba
con sus hombres, y también se perdió para siempre, como si
jamás hubieran existido; como si hubiera sido sólo un sueño.
Muchos fueron los que en los años siguientes se lanzaron a la
loca aventura de reencontrar sus huellas con la vana esperanza de
apoderarse de unas riquezas que, según la ley no escrita, pertenecían
a quien fuera capaz de arrebatárselas a las arenas, pero las arenas
guardaron bien su secreto. La arena era capaz, por sí sola, de ahogar
bajo su manto ciudades, fortalezas, oasis, hombres y camellos, y
debió llegar, violenta e inesperada, transportada en brazos de su aliado,
el viento, para abatirse sobre los viajeros, atraparlos y convertirlos
en una duna más entre los millones de dunas del erg.
Cuántos murieron después persiguiendo el sueño de la mística
caravana perdida, nadie podía decirlo, y los ancianos no se cansaban
de rogar a los jóvenes que desistieran en tan loco intento:
—Lo que el desierto quiere para sí, es del desierto —decían—.
Alá proteja al que trate de arrebatarle su presa...
Gacel ambicionaba tan sólo desvelar su misterio; la razón por la
que tantas bestias y tantos hombres desaparecieron sin dejar rastro,
y cuando se encontró por primera vez en el corazón de una de las
“tierras vacías”, lo comprendió, pues se podría pensar que no setecientos,
sino siete millones de seres humanos se diluirían fácilmente
en aquel abismo horizontal del que lo extraño era que alguien, no
importaba quien, saliera con vida.
Gacel salió. Por dos veces. Pero imohags como él no había
muchos y por ello el “Pueblo del Velo” respetaba a Gacel “el
Cazador, inmouchar” solitario que dominaba territorios que ningún
otro pretendió nunca dominar.
Fín del fragmento de hoy, puedes volver al blog si lo deseas:
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